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Mount Weather - Suite del presidente Thomas Lowell, Virginia - Primera hora de la mañana
El país se tambaleaba ante el primer ataque en suelo estadounidense de una nación extranjera en décadas: una cicatriz que marcaría a cada ciudadano.
Tenía que estar a la altura. Respiró hondo. Sí, era hora de liderar.
—¿Entiendes lo que esto significa, Lowell?
Las palabras de Elise resonaban en su mente. Un espía, un traidor en uno de los lugares más seguros del planeta. Cerca de él.
La traición escocía y dejaba un sabor amargo. Pero no había tiempo para la conmoción.
¿Quién, por el amor de Dios, quién? Si no lo descubría pronto, morirían más estadounidenses.
Su mente repasaba nombres. Su círculo íntimo, los de mayor confianza: Elise, por supuesto. Fuera de toda duda. El Dr. Liam Kennedy. Años de amistad. La vicepresidenta Evelyn Pierce. El secretario de Estado Alexander Martínez.
Negó con la cabeza. Eran leales. Pero ¿y el círculo más amplio, donde las grietas invisibles podían estar supurando? ¿Cómo encontrar al traidor?
—¿Entiendes lo que esto significa, Lowell?
Franklin Davis, Seguridad Nacional. Bridget Lee, Inteligencia. Andrew Collins, Defensa. ¡Tendría que haberlo visto venir! ¿Incompetencia? ¿O... traición?
Rebecca Scott, fiscal general. No confiaba en ella, en absoluto. «Nada de qué preocuparse», había dicho hacía apenas unos días. ¿Era mentira? ¿O simple ceguera?
¿Una conexión militar? Pensó en Hawley, el jefe del Ejército. Un hombre de honor... pero ¿quedaba alguien por encima de toda sospecha? Y el almirante Vincent Black...
Analistas, soldados, cualquiera con acceso... el traidor podría estar escondido a plena vista. Tenía que cortar la hemorragia antes de que el daño fuera mayor. ¿Hasta dónde llegaba aquello? ¿Habría un nuevo ataque? Cada posibilidad le provocaba un escalofrío.
Los rostros de las tripulaciones del USS Sea Tiger y el USS California desfilaron ante él. Muertos por culpa de aquello... por culpa suya. Les había fallado. ¡Tendría que haberlo sabido!
Dresden, las plantas nucleares de Palo Verde... almas perdidas porque no lo vio venir. La culpa le retorcía las entrañas.
¿Estaba hecho para esto?
Lowell se levantó de la cama, se dio una ducha rápida y se vistió. Por último, ajustó el nudo de la corbata roja. Sin darse cuenta, deshizo un nudo perfecto y volvió a hacerlo, absorto en sus pensamientos.
Luego echó un vistazo a un papel sobre la mesa, donde había anotado las tareas del día:
Reunir al círculo íntimo y hablar del traidor
Encontrar al traidor
Supervisar el plan de contraataque de Elise
Contactar con el Congreso
Garantizar la seguridad de Susie
Susie. En sus ojos brillantes veía un futuro por el que merecía la pena luchar.
No podía perderla, ni ante el enemigo ni ante el destino.
La ausencia de Tara lo desgarraba, un recordatorio escalofriante de su fracaso.
El dolor de haberla perdido por el cáncer alimentaba una determinación feroz.
No permitiría que esa oscuridad tocara a su hija.
Susie estaría a salvo, costara lo que costara.
Un golpe en la puerta anunció el comienzo del día. No había más tiempo para dudas. Respiró hondo y se dirigió a la puerta, listo para lo que viniera.