La saga de la larga noche – Libros I, II y III 90
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Cinco grupos de voluntarios desafiaron el frío glacial para buscar a Matty y Paul en Harbour Island. Linterna en mano, dos grupos se concentraron cerca de la residencia de la familia, mientras los otros tres se adentraron más lejos.

Mientras resonaban los gritos llamando a Matty, más voluntarios salieron de sus casas para unirse a la búsqueda.

De repente, una voz emocionada crepitó en los walkie-talkies.

—¡Hemos encontrado a Paul! Repito, hemos encontrado a Paul —anunció el voluntario—. Pero no hay rastro de Matty.

Encontraron a Paul deambulando cerca de uno de los lagos, con los ojos enrojecidos y la ropa empapada. Temblaba sin control, con claros signos de hipotermia incipiente. Sin embargo, parecía en trance, consumido por la necesidad imperiosa de encontrar a su hijo.

—Ayúdenme —la voz de Paul temblaba—. Matty... ha desaparecido.

Los voluntarios llevaron al angustiado Paul hasta la casa de Emily. Cuando Clara lo vio, corrió a sus brazos. El abrazo fue desgarrador: dos almas unidas por el dolor y la angustia en estado puro.

Dos voluntarios lo llevaron a un dormitorio y lo ayudaron a quitarse la ropa mojada. Lo envolvieron en las mantas secas que Emily había preparado y lo sentaron frente a la chimenea encendida del salón. Conforme pasaban los minutos, el color fue volviendo poco a poco a su piel pálida.

Paul no dejaba de murmurar una frase, más para sí mismo que para los demás.

—Yo... no pude encontrar a Matty. Simplemente... se desvaneció.

La búsqueda se intensificó. Los voluntarios revisaron los perímetros de las casas, inspeccionaron coches, recorrieron los puertos deportivos y los barcos, e incluso alumbraron los árboles con sus linternas.

Pero Matty parecía haberse esfumado.

Con el paso del tiempo, un pesado manto de tensión fue envolviendo el ambiente hasta hacerlo sofocante. Cuando los grupos de búsqueda empezaron a regresar a casa de Emily con las manos vacías, sus expresiones abatidas lo decían todo. En sus rostros se leía el fracaso y el peso de la derrota.

Bob, que observaba la escena, se acercó a Emily, enfrascada en una seria conversación con otros vecinos.

—Emily —comenzó Bob, con la voz cargada de pesar—, todos los grupos han vuelto. Han buscado por todas partes.

Hizo una pausa, intentando aferrarse a un destello de esperanza.

—Podríamos organizar turnos de vigilancia. Quizás... quizás si Matty se mueve, alguien lo vea.

Ninguno de los dos se atrevió a expresar el escalofriante pensamiento de que a Matty pudiera haberle ocurrido algo terrible.

—Bob —la voz de Emily flaqueó, al borde del colapso—. Cada segundo que pasa ahí fuera en el frío, las posibilidades...

Su voz se apagó, incapaz de articular la conclusión que todos temían.

—Pero Emily —continuó Bob, bajo las miradas atentas de los voluntarios, que esperaban ansiosos alguna indicación o plan.

Pero los ojos de Emily se encontraron con la mirada desconsolada de Clara.

—Clara —Emily probó una última táctica—, ¿hay algún lugar? ¿Algún sitio donde Matty se sienta seguro, lleno de buenos recuerdos?

Las lágrimas brillaron en los ojos de Clara mientras susurraba:

—Solíamos pasear por el barrio, hasta el parque del final de la calle, pero no era nada especial...

La madre se derrumbó; sus sollozos desgarradores eran el eco de la angustia colectiva. Gimió y sacudió la cabeza.

—Mi niño...

Mientras los sollozos de Clara llenaban el aire y conmovían todos los corazones, Emily tocó suavemente el pequeño relicario que llevaba, adornado con la imagen de Cristo en la cruz. Cerró los ojos y rezó en voz alta, reuniendo toda su fe.

—Cristo, guíanos en esta oscuridad. Por favor, muéstranos el camino hacia tu hijo Matty.

Uno a uno, los voluntarios empezaron a murmurar sus propias oraciones, elevándolas al cielo nocturno. En aquel profundo silencio, todos los corazones convergieron en una única súplica.

Entonces, inexplicablemente, los ojos de Clara se iluminaron con una cálida esperanza.

—¡El faro! —gritó, captando la atención de todos.

En su mente pervivía el vívido recuerdo del último cumpleaños de Matty.

Para celebrarlo, Paul, Clara y Matty habían hecho un picnic en el muelle de madera que llevaba al histórico faro de Harbour Island.

Matty había quedado hipnotizado por la serena inmensidad del mar, el sonido de las olas rompiendo en las orillas de la isla y las gaviotas sobrevolando sus cabezas.

—Le encantaba estar allí. Las historias que le contaba, la vista, el faro... ¡Mi Matty está allí! —declaró Clara, ahora llena de una convicción contagiosa.

Bob, contagiado por la escena, también se llenó de esperanza.

—¡Vamos, amigos! ¡Al faro! —animó Bob, que ya echaba a andar hacia allí.

El trayecto habría sido sencillo de día, pero ahora, en aquellas circunstancias, todo era diferente.

Reinaba una oscuridad implacable. El asfalto y las rocas de la orilla estaban resbaladizos por la lluvia, y el barro hacía los jardines casi intransitables.

Pero nada de eso disuadió al grupo. Siguieron adelante con las linternas encendidas, guiados por la fe inquebrantable de una madre.

Cuando por fin se acercaron al faro, todos quedaron impresionados por el esplendor de la escena. El cielo estaba ahora despejado; las nubes oscuras habían dado paso a una miríada de estrellas. El mar en calma reflejaba los infinitos puntos dorados, perturbado solo por las olas contra la orilla.

Y en medio de todo aquello, una figura solitaria permanecía sentada en el muelle, junto al faro: Matty.

El tiempo pareció detenerse. Los latidos del corazón de Clara llenaron la noche silenciosa mientras gritaba con todas sus fuerzas.

—¡Mi niño! —exclamó mientras corría hacia él y lo envolvía en un torbellino de alivio, amor y lágrimas.

Matty, en medio del abrazo, simplemente miró a su madre y señaló el cielo.

—Mamá —murmuró Matty, con los ojos brillantes—, mira las estrellas...

Junto a Matty había una sudadera mojada que se había quitado, quedándose solo con la más gruesa y seca que llevaba debajo. Emily sonrió, impresionada por la inteligencia del niño.

Paul se unió al abrazo y fortaleció el vínculo familiar. Los voluntarios fueron llegando al muelle y permanecieron en silencio, inmersos en la emoción del reencuentro. Uno a uno, apagaron sus linternas para dejar que el resplandor etéreo de las estrellas iluminara sus espíritus.

Emily se quedó un poco apartada, visiblemente conmovida. Sarah y Laura no tardaron en unirse a ella, y las tres se abrazaron.

—Gracias, Señor, por tu guía —susurró Emily, tocando de nuevo su collar.

Un aplauso espontáneo resonó por todo el espacio. Era una celebración no solo para la familia reunida, sino para todos los presentes que habían creído, incluso cuando parecía imposible.

El peso de los desafíos del día dio paso a una sensación de triunfo. Lo que antes parecía insuperable ahora resultaba menos intimidante. Fluyeron las emociones, cayeron las lágrimas, y todos quedaron unidos por un vínculo profundo.

El aplauso se convirtió entonces en un grito colectivo de alivio, y los puños se alzaron en señal de triunfo.

Esa noche, bajo el cielo estrellado de Harbour Island, la verdadera fuerza de la comunidad brilló como nunca antes.