La saga de la larga noche – Libros I, II y III 89
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Jack estaba tumbado en el sofá, envuelto en una sudadera que le proporcionaba cierta protección contra el frío penetrante.

Una corriente helada se filtraba por el escaparate que John había destrozado horas antes para entrar.

La lluvia había cesado momentáneamente, pero los relámpagos seguían iluminando el cielo y proyectaban sombras inquietantes de los muñecos de Mickey Mouse esparcidos por la tienda.

Sus rostros, habitualmente alegres, ahora parecían sacados de una película de terror.

John notó que la respiración de su hijo se había normalizado y que la tos había remitido. Esperaba que una noche en calor, junto con la pastilla de ibuprofeno, evitara una gripe severa.

Con el suave resplandor de su linterna, John examinó la tienda con más detenimiento. Quizás encontraran algo útil. Dados los desafíos de su primer día, cualquier ayuda sería bienvenida.

En la pared detrás del mostrador estaba pintado lo que parecía ser el nombre de la tienda: «DISNEY GIFTS». John sonrió para sus adentros: podrían haber sido un poco más imaginativos.

Junto a la caja registradora, una imagen de Jesucristo en la cruz captó su atención. Instintivamente, John buscó el rosario que llevaba al cuello y lo apretó con fuerza.

—Señor —susurró con reverencia—, guíanos sanos y salvos a casa para que podamos reunirnos de nuevo como familia. Protege a mi esposa, Emily, y a mi hija, Sarah, a quienes amo profundamente. Bendice y protege a Jack, especialmente ahora.

Al terminar su súplica, susurró:

—Amén.

Su atención volvió entonces al mostrador.

Había una pila de mapas de Florida, seguramente recuerdos para turistas primerizos.

John cogió uno y lo extendió sobre la superficie de cristal.

Rápidamente, localizó su ubicación actual, justo al lado del icónico Walt Disney World.

Luego desplazó la mirada hacia el oeste, hacia Tampa, hasta detenerse en Harbour Island: su hogar.

Trazó la ruta entre los dos puntos, siguiendo la línea que representaba la Interestatal 4.

Teniendo en cuenta la escala del mapa, hizo un rápido cálculo mental: les quedaban entre 130 y 145 kilómetros.

El viaje aún estaba lejos de acabar. Si recorrían los mismos 24 kilómetros que habían avanzado ese día, podrían llegar en cinco días.

Sin embargo, dependiendo del estado de Jack, podría llevarles hasta una semana. O más.

Su mente divagó: el rostro de Emily y la radiante sonrisa de Sarah llenaron sus pensamientos.

En el fondo, sentía que estaban a salvo.

Conocía a Emily. Conocía su espíritu y su tenacidad.

Probablemente estaría en primera línea en Harbour Island, reuniendo y organizando a la gente, preparando a todos para lo que les esperaba.

John sonrió, imaginando a su esposa en acción.

Decidido a continuar su exploración, John paseó el haz de la linterna por la tienda y descubrió una sección que no había visto antes.

Al barrer la habitación con el haz, iluminó estanterías llenas de ropa y peluches. Cogió uno y comprobó que no estaba hecho de material de alta calidad. No eran productos oficiales, pero sin duda harían las delicias de cualquier niño.

Entonces, una elegante vitrina de cristal en la esquina captó su atención. La exposición «La Edad de Oro de Disney: ¡Un Viaje por los Años 60!» contenía tesoros que lo transportaron a su juventud en Long Island.

Entre los artículos clásicos de esa época —coloridos juegos de mesa, encantadores peluches de Mickey y Minnie, postales en tonos sepia con imágenes del Magic Kingdom en su inauguración y pins esmaltados de varios personajes— también había un radiocasete Zenith.

Era un robusto aparato de plástico color crema con forma de las orejas de Mickey.

Junto a él había una colección de cintas de casete de colores.

John estaba fascinado. Los recuerdos le parecían a la vez cercanos y distantes de su realidad actual. Entonces lo comprendió: los dispositivos electrónicos antiguos, desprovistos de las complejas funcionalidades actuales, podrían haberse salvado del pulso electromagnético.

¿Podría esta reliquia seguir funcionando?

Era una posibilidad remota. Pero valía la pena comprobarlo.

Presa de la urgencia, John rompió el cristal protector con la parte trasera de su linterna y recuperó la radio.

Al revisar el compartimento de las pilas, lo encontró vacío.

Rebuscó ansiosamente en los cajones y mostradores de la tienda hasta que encontró un par de pilas C en una caja etiquetada como «Stock Antiguo».

Tras insertar las pilas, John vaciló un momento antes de encender el aparato. El suave zumbido de la estática fue música para sus oídos.

—¡Fantástico! —exclamó, y su risa resonó por la tienda.

John sintonizó cuidadosamente el Zenith en la banda AM, donde algunos operadores de radioaficionados estaban transmitiendo.

Estos operadores, a menudo llamados «preppers» de la vieja escuela, utilizaban porciones del espectro AM para comunicaciones de larga distancia, sobre todo en tiempos de emergencia.

John había tratado con varias personas en Florida y confiaba en que alguien estuviera transmitiendo, especialmente en su zona.

Comenzó a escanear desde los 530 kHz, girando el dial hacia arriba. A pesar de la persistente estática, John se mantuvo paciente, con la esperanza de encontrar una estación activa.

Cuando el dial se acercaba a los 1600 kHz, un cambio distintivo en la estática captó su atención. Sonaba como una voz, pero estaba muy distorsionada. Ajustó el dial mientras recordaba su juventud, cuando intentaba captar transmisiones del extranjero.

Poco a poco, la voz se hizo más clara y la estática se desvaneció, dejando oír una transmisión.

—Aquí W4XYZ, transmitiendo desde Kissimmee. Si hay alguien ahí fuera, espero que estéis sintonizados. Soy Jim Sparks y, que yo sepa, podría ser el único canal activo en las zonas de Orlando, Poinciana, Lake Buena Vista, Hunters Creek, Meadow Woods y Celebration.

»Para los que acaban de sintonizar, puede que os estéis rascando la cabeza, preguntándoos cómo esta estación sigue transmitiendo cuando el mundo se ha quedado a oscuras.

Bueno, es gracias a cierta previsión y a mi fiable fuente de energía independiente y no digital.

No es un equipo normal; estamos hablando de algo realmente de la vieja escuela.

Y parece que aquellos de vosotros que estáis captando esta señal tenéis equipos similares.

También he oído que las radios antiguas a pilas siguen funcionando.

Así que aquí estoy, amigos, vuestra voz constante en esta oscuridad inexplicable, decidido a mantenernos conectados, informados y unidos.

John corrió de vuelta a donde estaba Jack y se dejó caer junto a él en el sofá. Cogió un bloc de notas y un bolígrafo de una mesa cercana, listo para anotar cualquier información crucial. La voz de Jim volvió a llenar la habitación.

—Pero amigos, esto no es solo un apagón.

No es un fusible fundido ni un transformador reventado; es algo que nunca he visto en todos mis años en el aire.

Los informes que estoy recibiendo… coches parados en las carreteras, ningún dispositivo electrónico que funcione…

es un caos de una escala sin precedentes.

Algunos susurran sobre una bomba, algún tipo de ataque terrorista, o incluso algo mayor.

Pero no voy a alimentar especulaciones hasta que tengamos datos concretos.

Las noticias falsas no nos harán ningún bien.

Hizo una pausa; la gravedad de sus palabras flotaba en el aire cargado de estática.

—Lo que puedo confirmar, amigos, es que lo que estamos afrontando no se limita a nuestra zona.

Mis contactos en el espectro de radioaficionados informan del mismo escenario sombrío desde sus propias localidades.

Por lo que puedo deducir, confirmo con seguridad que todo el estado de Florida está sufriendo actualmente un apagón eléctrico.

Hubo una breve pausa antes de que su voz volviera a salir de la pequeña y colorida radio.

—Pero eso no es lo peor. He ido captando fragmentos de conversaciones y retazos de informes que apuntan a un escenario aún más alarmante. Esto no es algo aislado, amigos. Parece que estamos hablando de un apagón que abarca todo el país.

John negó con la cabeza. Sus sospechas se estaban confirmando. Aquello afectaba a toda la nación. Ya no le quedaba ninguna duda. Estaban en guerra.

—Lo que pretendo con esto es que nos mantengamos unidos, que compartamos información fiable. Si alguien quiere aportar algo o necesita ayuda, contactad conmigo a través de mi frecuencia habitual.

Tras una breve pausa, Jim continuó:

—Ahora os cuento lo que he podido comprobar en nuestra zona.

Esta mañana fui al Hospital Dr. Phillips.

Aquello es el caos absoluto. Un consejo: no vayáis a los hospitales a menos que sea estrictamente necesario.

No tienen luz, ni equipos, ni ayuda del gobierno.

Están abandonados a su suerte —en la voz de Jim se notaba la rabia—.

Y otra cosa, amigos: la gente está muy alterada.

Manteneos lejos. La cosa puede ponerse violenta.

John garabateó en el bloc: hospitales, zonas prohibidas. Esperaba que Jack no empeorara hasta el punto de tener que verse en esa situación.

Tras una breve pausa, Jim continuó:

—Mucha gente sigue intentando volver a casa, y se han producido episodios de violencia. Por lo que he oído, es mejor evitar la Ruta 192 Oeste porque hay problemas con moteros. La Interestatal 4 parece tranquila, al menos hasta Davenport... a partir de ahí, la cosa se complica.

John sacó el mapa y marcó las rutas seguras. El cansancio se le había esfumado. Pasaría toda la noche pegado a W4XYZ.

Miró a Jack, que seguía profundamente dormido. Con determinación renovada, se inclinó hacia el rostro de su hijo y le susurró con absoluta convicción:

—Saldremos de esta, campeón. Pronto estaremos en casa.

Fuera, la lluvia volvió a caer, implacable como la situación que afrontaban.