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La joven señaló una pequeña sala acristalada. Lowell se dirigió hacia allí y encontró a Elise absorta en una avalancha de códigos crípticos repartidos por varias pantallas. Habría bastado para desconcertar a cualquier experto en informática.
Abrió la puerta y dijo sin más preámbulos:
—Elise.
—Señor presidente —respondió ella, sin poder disimular su asombro.
Lowell le indicó con un gesto que no se levantara mientras cerraba la puerta tras de sí. La sala quedó en silencio, salvo por el suave zumbido de los ventiladores del ordenador de Elise.
Ella lo observó con atención mientras él se acomodaba en la silla de enfrente. Entonces, con cierto sentimiento de culpa, comenzó:
—Lamento lo que ha pasado. Debería haberlo visto venir, Lowell —dijo, abandonando el tono formal.
Lowell levantó las manos para que se detuviera.
—Elise, esto no es culpa tuya. No te preocupes —dijo el presidente, aunque su semblante delataba el peso de los más de trescientos marineros estadounidenses que habían muerto bajo su mando—. Si acaso, la culpa es mía.
Elise negó con la cabeza, pero Lowell continuó.
—Pero puedes estar segura de que sus trágicas muertes no habrán sido en vano. Nos han puesto sobre aviso de fallos evidentes en nuestro sistema de defensa. ¿Quién sabe cuántos otros sistemas estarán comprometidos?
—Entiendo —susurró Elise tras una breve pausa, y sus palabras quedaron flotando en el aire.
Entonces él fue al grano.
—Elise, esto no puede volver a ocurrir —dijo con tono grave—. Por eso estoy aquí. Tenemos que actuar. ¿Cómo estamos en ciberseguridad?
Elise conocía bien el estilo de Lowell: no recrearse en el pasado, sino mirar siempre hacia delante. Así que empezó a explicar, eligiendo las palabras con cuidado.
—Hemos identificado el virus que utilizaron —respondió Elise con evidente orgullo—. Nos llevó más tiempo del previsto porque empleaba una sofisticada estrategia de camuflaje: usaba múltiples virus para enmascarar al verdadero responsable de todo este caos.
—¿Sabemos cómo eliminarlo de nuestros sistemas? —preguntó Lowell, con un atisbo de optimismo en la voz.
—Sí, señor —respondió Elise, que volvió a la formalidad casi sin darse cuenta—. Tengo un equipo ultimando un programa que, una vez instalado en los sistemas afectados, ayudará a prevenir tragedias como esta.
—Necesitamos un plan para distribuir este antídoto por todos nuestros sistemas —afirmó el presidente.
—Sí, señor. Puedo ocuparme de eso desde aquí.
—Gracias a Dios —murmuró el presidente, alzando la vista al cielo. Luego se volvió hacia Elise—. ¿Y aquí, en Mount Weather? ¿Están infectados nuestros sistemas?
—No, señor. No lograron acceder al sistema de aquí. Nuestros sistemas son invulnerables a cualquier ataque externo. Solo alguien dentro del complejo con autorización de alto nivel podría hacer algo así. Y eso no ha ocurrido.
El presidente suspiró aliviado. Un virus interno en Mount Weather era lo último que necesitaban. Su mente empezó a barajar distintos escenarios, y Elise enseguida notó el cambio en su expresión.
—También estás pensando en el asunto del que te informé esta mañana, ¿verdad? —preguntó Elise. Lowell asintió.
Respiró hondo para ordenar sus ideas e introdujo una secuencia en su portátil. La pantalla digital de alta resolución se iluminó y mostró una proyección en tiempo real de las redes satelitales globales.
—Señor presidente… Lowell —comenzó Elise, sin saber si mantener el tono formal dada la gravedad del asunto o hablar con franqueza a un viejo amigo—. Hemos desarrollado una contramedida única capaz de neutralizar la ofensiva cibernética china.
Al ver la expresión desconcertada de Lowell, decidió aclarar.
—Imagina que nuestros sistemas son una casa. Los hackers chinos descubrieron puntos de entrada aislados, lo que les permitió acceder a gran parte de nuestros sistemas militares conectados.
—Gracias a infiltrados que les abrieron las puertas —intervino Lowell con gesto adusto.
—Exacto. Sin embargo, la situación puede revertirse. Básicamente dejaron una puerta trasera abierta que podemos usar para infiltrarnos en sus defensas, recorriendo a la inversa el camino que usaron para acceder a las nuestras.
Con una oleada de entusiasmo, Elise continuó.
—El Proyecto Halcón Fantasma se detuvo porque requería una puerta trasera en los sistemas militares chinos. Pero ahora la tenemos. Estamos reutilizando los programas desarrollados durante el proyecto para crear una potente arma cibernética, un virus propio, capaz de explotar esta vulnerabilidad.
El presidente parecía esperanzado, ansioso por conocer los detalles de la estrategia.
—El virus actúa como una ojiva digital. Está diseñado para navegar por sus sistemas y causar el máximo daño en su infraestructura militar y redes satelitales.
No solo desactivará sus operaciones cibernéticas actuales contra nosotros, sino que también alterará la información transmitida por sus satélites.
Es como hacer que su GPS persiga señuelos con coordenadas falsas y manipular sus imágenes satelitales.
En esencia, los cegaría y desorientaría temporalmente, igual que ellos hicieron con nosotros.
—Entonces, no solo los echamos de nuestra casa, sino que hacemos que la suya se derrumbe, ¿no? —concluyó Lowell.
—Exacto —confirmó Elise—. Estamos convirtiendo su punto fuerte en su talón de Aquiles.
—¿Y cómo desplegamos este virus? Quiero entender qué riesgos conlleva.
—El proceso consta de varios pasos —comenzó Elise, dando a entender que nada era sencillo—.
Primero, tenemos que camuflar nuestro virus.
Lo envolvemos en un paquete de datos normal.
Es como un caballo de Troya. El sistema chino, al creer que son datos normales, lo dejará pasar.
Entonces es cuando nuestro virus entra en acción: toma el control de la red china, bloquea a sus usuarios y sobrescribe datos críticos.
Lowell asintió, instándola a continuar.
—Además, tendremos la ventaja añadida de identificar no solo a los chinos, sino a todos los actores implicados.
Al rastrear las direcciones IP de cada entidad afectada, quedará claro quién está asociado con ellos.
Y como todos están conectados a través de la misma red comprometida, eso los hace igualmente vulnerables.
Lowell asimiló la información e intentó contener su entusiasmo, que parecía fuera de lugar dado lo ocurrido ese día.
—¿Y qué hay de los riesgos, Elise? —preguntó con firmeza—. Supongo que no hay garantía de que pase inadvertido, ¿verdad?
Elise asintió.
—Quedaríamos expuestos en cuanto vulneremos sus sistemas.
Más de lo que ya lo estamos. Calculamos que tendremos unos quince minutos de acceso sin ser detectados.
Quince minutos antes de que detecten la intrusión e intenten contener nuestras acciones.
Durante ese tiempo, tenemos que neutralizar la amenaza, restaurar nuestros sistemas y desbaratar sus operaciones.
Si lo conseguimos, podríamos poner fin a esta ciberguerra.
La palabra «guerra» resonó en la mente de Lowell y lo llevó a otra pregunta.
—¿Podríamos restaurar nuestros sistemas? ¿Es lo que me estás diciendo?
—Puede que no logremos restaurarlo todo, pero esperamos recuperar buena parte. Tendremos que ir con cuidado, pero podemos empezar a reconstruir desde dentro —le aseguró Elise.
—No atacaremos a civiles, ¿verdad? —Lowell buscaba confirmación—. No somos monstruos. No quiero cargar con bajas civiles en mi conciencia.
—Nuestro ataque será quirúrgico, señor presidente —explicó ella—. Nos centraremos en desactivar la infraestructura militar y de comunicaciones, no las instalaciones civiles. Somos conscientes de lo importante que es no involucrar a la población civil.
—¿Cuánto tardaremos en poder lanzar el ataque? —preguntó finalmente el presidente, mientras empezaba a planificar los siguientes pasos.
—El núcleo del programa está completo. Pero no podemos permitirnos errores ni descuidos. Calculo que estaremos listos para lanzarlo en unas treinta y seis a cuarenta y ocho horas —respondió mientras hacía cálculos mentales.
Lowell asintió sin apartar la mirada del rostro de Elise.
—Elise, adelante con el plan. Mantenme informado de cada avance. Esta información es confidencial. No podemos subestimar su alcance. Nada de riesgos.
—Entendido, señor presidente —asintió Elise.
Lowell le dedicó entonces una sonrisa amistosa a Elise y se puso de pie. Mientras salía de la habitación, la voz de Elise se alzó, con un tono que entrelazaba determinación y seguridad.
—No lo defraudaremos, señor —declaró. Y luego, con un toque personal, añadió—: No te defraudaré, Lowell.
El presidente se detuvo en seco y se volvió para mirarla antes de responder.
—Nunca me has defraudado, Elise.