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Tras abandonar el lugar del accidente, John le dio a Jack dos pastillas de ibuprofeno. Poco a poco, un tono rosado volvió a las pálidas mejillas de su hijo y la tos comenzó a remitir. John sintió cierto alivio, pero estaba claro que debían permanecer alerta.
Los dos siguieron adelante, envueltos en un denso silencio reflexivo. Las inquietantes secuelas del accidente aéreo aún los perseguían, e incluso el habitualmente sereno John comenzaba a mostrar signos de fatiga.
—Necesitamos descansar —dijo al fin, rompiendo el silencio con su voz profunda y ronca—. Hemos recorrido más de veinticuatro kilómetros desde que salimos del Sports Arena. A este ritmo, llegaremos a casa en menos de una semana.
—Eso estaría bien, papá —respondió Jack, asintiendo.
En ese momento, las calles estaban inquietantemente silenciosas, y la multitud de caminantes que había estado con ellos apenas unas horas antes había desaparecido casi por completo. «¿Ya estarán todos en casa?», se preguntó John.
Entonces, un rugido repentino y amenazador rompió el silencio. Los ojos de John se dirigieron de inmediato hacia la tormenta que se aproximaba desde el oeste. Las nubes oscuras eran presagios ominosos, a punto de desatar su furia.
—Tenemos que darnos prisa —advirtió John con voz preocupada—. Se acerca una tormenta. En nuestra casa probablemente ya esté lloviendo.
—¿Una tormenta? ¿En diciembre? —preguntó Jack con voz ligeramente ronca y el ceño fruncido por la sorpresa—. Eso es inesperado, papá.
John se encogió de hombros sin apartar los ojos del cielo amenazador.
—Tiempos extraños —murmuró.
—¿Dónde podemos refugiarnos esta noche, papá?
John hizo una pausa mientras trazaba mentalmente el mapa de la zona.
—Hay varios hoteles por aquí. Probablemente sigan funcionando de algún modo —especuló—. Todavía tengo algo de efectivo. ¿Qué tal si buscamos una habitación cerca de Disney Springs?
—¿Vamos a dormir con estilo? —bromeó Jack, aunque el humor parecía fuera de lugar dada la sombría situación.
Continuaron hacia la puerta de entrada del complejo Disney. Los hoteles estaban cerca, a no más de ochocientos metros.
Aceleraron el paso, ansiosos por encontrar una cama. Pero apenas unos pasos después, una fuerte ráfaga de viento los golpeó, seguida de inmediato por las primeras gotas de lluvia.
—¿Qué demonios? —exclamó John, sorprendido por aquel fenómeno tan fuera de época.
Las gotas comenzaron suavemente, como un pellizco delicado en la piel.
Pero pronto la situación se intensificó.
La llovizna se convirtió rápidamente en un aguacero, y las ráfagas subsiguientes fueron igual de feroces.
Barrieron las calles con un rugido: la naturaleza exhibía su poder y les recordaba a todos su furia impredecible.
Nubes espesas oscurecieron la luna y sumieron los alrededores en una oscuridad total, como si estuvieran atrapados en una cueva completamente negra.
Con temperaturas apenas por encima de los 7 grados y sin perspectiva inmediata de cambiarse de ropa, John y Jack no tardaron en empezar a temblar. La ropa empapada se les pegaba incómodamente a la piel.
Avanzar se convirtió en un juego peligroso en la oscuridad impenetrable. El riesgo de lesionarse era algo que no podían ignorar. No podían usar las linternas por miedo a que se estropearan con la lluvia.
—¡Cambio de planes! Olvídate del hotel. Necesitamos encontrar refugio ahora, Jack —la voz de John, apenas audible sobre el estruendo de la tormenta, sonaba urgente.
—¡Papá! —la voz de Jack atravesó el viento aullante—. Hay una gasolinera a unos noventa metros de aquí. ¡Tiene techo!
—¡Demasiado lejos! —gritó John por encima de la lluvia torrencial—. Necesitamos algo más cerca. Además, esos sitios no están construidos para aguantar este tipo de viento. ¡Podría ser aún más peligroso!
Jack miró a su padre, a la espera de instrucciones.
—Jack, recuerdo haber visto unas tiendas a nuestra derecha, cerca de donde estamos. Vamos hacia allá —dijo John.
Jack levantó el pulgar, apenas visible en la oscuridad casi total.
—¡Cógeme la mano! —gritó John mientras aferraba la de su hijo—. No podemos separarnos.
Corrieron hacia el lugar mientras la lluvia fría los golpeaba como balas, les helaba los huesos y les empapaba la ropa. Con pura determinación, desafiaron la tormenta; cada ráfaga y cada gota parecían querer detenerlos.
Cuando el cuerpo de John sintió el duro impacto contra el escaparate frío y rígido, una oleada de alivio lo invadió.
—¡Aquí! —gritó John por encima del aguacero—. ¡Quédate ahí, Jack, y cúbrete los ojos! ¡Voy a romper el cristal!
Soltó la mano de su hijo e intentó calcular el tamaño del escaparate incluso en la oscuridad, mientras Jack permanecía quieto como se le había indicado.
—¡Entendido! —la voz de Jack apenas logró atravesar el ruido de la lluvia.
Con la mochila protegiéndole las manos, John asestó un golpe poderoso al cristal.
Nada.
Murmuró una maldición al darse cuenta de que la tienda que habían encontrado tenía cristal reforzado. Golpeó de nuevo, esta vez con más fuerza, y una red de grietas se extendió de inmediato junto con el sonido de cristales al romperse.
John amplió la abertura con la mochila y finalmente se coló dentro.
Sacó la linterna de su bolsa y la encendió.
El débil haz atravesó la oscuridad e iluminó el rostro empapado de Jack.
Al ver a su hijo bajo la luz, aunque solo fuera por un breve instante, John sintió que una oleada momentánea de alivio lo invadía.
—¡Entra rápido! —ordenó John mientras movía el haz de la linterna para guiar a Jack a través de la ventana rota.
Jack temblaba y le castañeteaban los dientes por el frío que se le había filtrado hasta los huesos.
Ambos estaban calados hasta la médula; el frío les atravesaba la ropa mojada y les entumecía la carne.
Jack no paraba de estornudar y tenía una tos seca. John lo ayudó de inmediato a quitarse la ropa mojada y la colgó en una silla para intentar secarla. Hizo lo mismo con la suya.
—Necesitamos secarnos y entrar en calor, Jack —dijo John con la preocupación evidente en el rostro mientras miraba a su hijo. Jack asintió; aún le castañeteaban los dientes.
La tormenta seguía rugiendo fuera, implacable.
Sin dejar de mover la linterna, John se lanzó a una búsqueda desesperada de cualquier cosa que pudiera darles algo de calor.
Los estantes estaban repletos de un mosaico vibrante de recuerdos, juguetes y libros, todos con los alegres y coloridos logotipos de los personajes de Disney.
Entre la variada mercancía, divisó una zona con camisetas, sudaderas y pantalones de forro polar.
Junto a ella había algunas toallas con motivos temáticos.
Jack solo podía quedarse quieto mientras el frío se apoderaba de su cuerpo junto con los primeros signos de lo que parecía ser fiebre, dejándolo sin fuerzas.
John corrió hacia las toallas, secó primero a Jack y luego lo envolvió en unas limpias y secas. Después, buscó las sudaderas y camisetas.
—Jack —la voz de John se impuso al fragor de la tormenta—. Toma, hijo.
Jack se puso rápidamente dos camisetas, una sudadera y pantalones de felpa. Poco a poco empezó a entrar en calor, aunque su cuerpo seguía temblando sin control. Una vez atendido su hijo, John también se secó y se cambió de ropa.
Cuando terminó, miró a Jack con más preocupación que nunca. La lluvia era lo último que necesitaban. Se sentó junto a su hijo y le puso una mano en la frente.
—¿Te sientes mejor?
Jack asintió. Aún le castañeaban los dientes, pero los temblores eran menos violentos. John aprovechó el momento para abrir su mochila y sacar una botella de agua y una pastilla de amoxicilina. Lo más probable era que la situación empeorara, y no podrían prescindir del antibiótico.
Dejó la botella en el mostrador y empezó a buscar con la linterna una oficina administrativa que les sirviera de mejor refugio. Enseguida encontró una puerta. Al entrar, descubrieron una zona de empleados con un escritorio robusto, un ordenador que no funcionaba y, por suerte, un sofá cómodo.
Jack no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se lanzó al sofá y se improvisó una cama con algunos peluches dispersos a modo de almohadas. John volvió al mostrador y recogió unas sábanas con estampado de princesas Disney.
Al cabo de unos instantes, la respiración acompasada de Jack indicó que se había quedado dormido. John observó a su hijo con atención, intentando anticipar los distintos escenarios posibles.
Fuera, la lluvia seguía cayendo.