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La junta y los líderes comunitarios se habían reunido de nuevo en la sala de conferencias. Mientras la luz del sol se apagaba, las sombras danzaban sobre el rostro de Emily. En este nuevo mundo, llegar a casa antes del anochecer no era un simple consejo: era una necesidad.
Sin embargo, trazar un plan de acción para los próximos días era crucial. Emily estaba empeñada en que la planificación inicial se completara ese mismo día.
—Escuchad —comenzó Bob—, me han informado de que muchos de nuestros residentes han ido al centro de Tampa en busca de suministros esenciales como medicinas y alimentos.
Recorrió la sala con una mirada seria, asegurándose de tener la atención de todos.
—Aunque algunos consiguieron comprar cosas en pequeñas tiendas de barrio, me han dicho que los grandes supermercados y farmacias como Walmart, Target, Walgreens y CVS están cerrados. Por lo visto, el Walmart de Dale Mabry Highway fue saqueado.
Un murmullo tenso recorrió la sala. Sin perder el ritmo, Bob continuó:
—Lo bueno es que ninguno de nuestros residentes resultó herido. Pero no todos volvieron con lo que necesitaban.
Bob respiró hondo antes de concluir:
—Pero lo que más me preocupa es la sensación general de inseguridad que me han transmitido. No hay policías en las calles. Cada uno va a lo suyo.
La voz de Emily cortó los murmullos crecientes e impuso un silencio atento en la reunión.
—Esto —comenzó con tono firme— solo confirma lo urgente que es unirnos y establecer cierto orden.
Percibió asentimientos alrededor de la mesa y se sintió fortalecida por la unidad del grupo. Motivada, continuó:
—Tenemos que centrarnos en nuestras necesidades básicas de supervivencia: salud, agua, alimentos, seguridad y comunicación.
Se volvió hacia Josie Thornton y dijo:
—Empecemos por la salud.
Josie, una enfermera con años de experiencia, irradiaba calma con su blusa blanca impecable y sus pantalones azul marino.
—Necesitamos un equipo médico. Y suministros —afirmó, recorriendo la mesa con la mirada.
Se hizo el silencio mientras esperaban sugerencias. Emily tomó la iniciativa.
—Estamos cerca del Hospital General de Tampa, pero queda fuera de la isla y no sabemos si sigue funcionando. Necesitamos un centro médico local para nuestros vecindarios. Hay algunas consultas médicas en el norte de la isla; deberíamos ver si podemos conseguir medicamentos de allí.
La voz de Jim interrumpió a Emily.
—¿Qué quieres decir con «conseguir medicamentos», Emily? ¿Entrar a la fuerza y robar consultorios? ¿Eso es lo que propones?
Su voz destilaba indignación.
La calma de Emily vaciló por un instante. El camino que tenían por delante estaba plagado de decisiones difíciles.
—Ahora mismo no tenemos medicinas —comenzó Bob con gravedad—. Podemos intentar estas incursiones al centro de Tampa, negociar con farmacias e incluso con clínicas. Pero de un modo u otro, vamos a necesitar esos medicamentos. Si no los conseguimos, ponemos en riesgo las vidas de nuestra gente.
Hizo una pausa para que el peso de sus palabras calara.
—En una emergencia extrema, como esta sin duda lo es, hacer lo necesario para conseguir medicamentos podría ser nuestra única opción.
—Te pongo un ejemplo cercano, Jim. Clara, mi vecina, tiene un hijo llamado Matty que es autista —comenzó Emily, resuelta—. Para controlar su ansiedad, necesita un medicamento llamado Risperidona. Clara me confesó que está muy preocupada por poder mantener su tratamiento a largo plazo.
Jim asintió, sin querer prolongar el debate. Conocía a mucha gente que tomaba medicamentos para la tensión alta e incluso para la diabetes.
—La atención médica va a ser un gran desafío para todos —continuó Emily—. Creo que esta tarea debería dirigirla un profesional de la medicina. ¿Puedes encargarte de coordinarlo, Josie?
—Claro, ni tenías que pedirlo. Y contaré con la Dra. Roberts. Hablé con ella antes, y las dos estamos comprometidas a ayudar a toda la isla en lo que haga falta —respondió Josie, aceptando el desafío con valentía.
La Dra. Alicia Roberts era médica de urgencias, con el pelo negro azabache y unos penetrantes ojos grises. Era muy respetada por su capacidad para tomar decisiones rápidas, justo lo que necesitaban en ese momento.
—Totalmente de acuerdo. Ya he trabajado con la Dra. Alicia, y siempre ha sido de primera —aprobó Bob.
Un ambiente de consenso se extendió por la sala. Emily pasó al siguiente tema.
—¿Hablamos de seguridad? —preguntó, volviéndose hacia Sam—. Sam, creo que no hay nadie mejor preparado que tú para liderar esto. ¿Qué te parece?
—Cuenta conmigo —respondió Sam con convicción. Su rostro mostraba las marcas de una vida bien vivida y llena de experiencias—. Pasé la mayor parte de mi vida en el cuerpo de policía, y estoy seguro de que puedo ayudar.
—Acabo de pasar por la entrada de mi urbanización, y estaba desierta, abierta, sin guardias de seguridad —intervino Bob, levantándose de la mesa y acercándose a la ventana para aprovechar el calor del sol—.
No es culpa suya. Imagínate el pánico cuando todo se quedó a oscuras.
Pero no creo que vuelvan, al menos no en las próximas semanas.
—La mía también estaba abierta —añadió Emily en voz baja—. Y yo también creo que no volverán.
—Aquí igual. Me pareció muy raro —intervino Jim.
Sam se levantó y se acercó a Bob.
—No creo que tengamos problemas en ese frente —afirmó con confianza, con esa mirada firme de policía—. Pienso traer a Vince y a Martínez.
Vince era un expolicía veterano, conocido por su olfato de detective y su físico imponente. Carmen Martínez era una exsargento de la Marina que, tras licenciarse, había montado una empresa de seguridad privada. Los dos eran opciones excelentes para diseñar un plan de seguridad sólido.
—En cuanto salga de aquí, paso por sus casas y empezamos a darle vueltas al tema cuanto antes —concluyó Sam.
—Genial, Sam —respondió Emily con una sonrisa—. Ahora, pasemos a un tema complejo pero vital: el agua.
—Me gustaría encargarme de eso —intervino Marty con voz firme—. Me especializo en hidráulica y creo que puedo ser de gran ayuda. No será fácil, pero tenemos opciones.
—No se me ocurre nadie mejor, Marty —sonrió Emily, que tenía buena relación con su colega ingeniero—. Solo puedo imaginar lo difícil que va a ser…
Emily tenía la sensación de que la reunión avanzaba bien. No eran decisiones definitivas, pero sí un punto de partida para no perder tiempo innecesariamente.
—Ahora, hablemos de comida —retomó Emily, pasando a otro tema crucial. La sala quedó en silencio, consciente de la importancia del asunto.
—Me preocupa que no todo el mundo tenga una reserva importante de alimentos —reflexionó Bob.
—No más de una semana, diría yo —coincidió Jim, siempre práctico—. La gente simplemente no se prepara para situaciones así.
—Tenemos dos pequeños mercados en la zona norte —sugirió Sam—. Podríamos revisar qué tienen y ver si están dispuestos a compartir o hacer trueques. Si no me equivoco, los dos propietarios viven en los apartamentos de Harbour Island.
—Eso no va a ayudar mucho —se lamentó Caleb Dawson, representante del vecindario de Port Royal.
—¡Pero es mejor que nada! —replicó Sam con cierta impaciencia.
—Tranquilos, tranquilos. Aquí no hay respuestas correctas o incorrectas. Y desde luego no hay decisiones fáciles —intervino Bob, intentando mediar.
—No es lo ideal, pero recoger alimentos no perecederos de edificios vacíos podría ser una opción. También podemos hacer trueques con los restaurantes de la zona.
—Eso podría funcionar —coincidió Jim—. Al menos durante un tiempo. Nos dará margen para planificar mejor.
—Podemos pescar en el Garrison Channel. El único problema es la cantidad que necesitaríamos —intervino Lexi, representante de The Pointe.
Alexandra «Lexi» Reynolds era una nutricionista nacida en Texas. Se dedicaba activamente a promover hábitos saludables en Harbour Island y hacía poco había abierto una clínica en la zona norte de la isla.
El grupo se detuvo a considerar la idea. Lexi continuó:
—Pero podemos hacer más. Podemos comer verdolaga marina, una planta costera. Sus hojas se pueden comer crudas o cocidas y son ricas en omega-3 —explicó—. También podemos plantar y cosechar moras, uvas, caquis, por ejemplo.
—Creo que tenemos a la persona perfecta para coordinar esto —intervino Emily, mirando directamente a Lexi, quien aceptó el reto con un asentimiento orgulloso—.
Además de estas propuestas, creo que tendremos que seguir haciendo viajes a la ciudad.
Habrá que organizar expediciones de aprovisionamiento.
—Si la situación se vuelve más peligrosa, podemos organizar estas expediciones con alguien del equipo de seguridad —sugirió Sam.
Varios asintieron alrededor de la mesa.
—Amigos, no quiero alargar esto porque está anocheciendo —continuó Emily—. Por último, tenemos Energía y Comunicaciones. Yo me encargo de ese tema. Como soy ingeniera eléctrica, ya estoy trabajando en algunas alternativas y creo que tendré novedades en los próximos días.
—Me parece bien, Emily —asintió Bob.
—Hablando de alternativas —comenzó Emily, y se detuvo un momento para crear expectación—, encontré algo valioso en mi garaje: diez walkie-talkies resistentes a pulsos electromagnéticos. Son equipos especiales diseñados para situaciones como esta.
—¡Eso es fantástico! —exclamó Sam, que ya estaba pensando en cómo usarlos para comunicarse con el equipo de seguridad.
—Exacto, Sam. Pensé en dejarte algunos. Pero no son solo para comunicación punto a punto. También pueden sintonizar emisoras de radio.
Todos la miraron desconcertados.
—Pero... ¿hay alguien, alguna emisora transmitiendo? —preguntó Bob, expresando la confusión de todos.
—Creo que sí. Necesitamos saber qué está pasando en otros lugares —enfatizó Emily—. Y estoy segura de que muchos radioaficionados, algunos de ellos preppers, estarán activos, si no ahora, pronto.
Emily hizo una pausa para que sus palabras calaran.
—Y como he trabajado con el gobierno, también estoy segura de que intentarán establecer un canal para unir al país.
—Tiene sentido —coincidió Bob.
Una mirada por la ventana le recordó a Emily que el crepúsculo se acercaba y que hacía un frío invernal evidente. Recorrió la sala con la mirada para asegurarse de que todos le prestaban atención.
—Creo que podemos dejarlo aquí por hoy, ¿no? Se está haciendo tarde —dijo, y todos asintieron—. Propongo que nos reunamos a diario.
—Me parece bien, Emily —respondió Bob con rapidez, siempre práctico y notando ya el frío que arreciaba—. Quedamos mañana al mediodía. ¿Todos de acuerdo?
Un murmullo de aprobación recorrió la sala. Con entendimiento mutuo y determinación en la mirada, el grupo empezó a levantarse y marcharse.
Era hora de volver a casa.