La saga de la larga noche – Libros I, II y III 79
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Avanzaban a toda velocidad hacia el sur por lo que quedaba de International Drive.

John pedaleaba con las piernas ardiendo, mientras Jack se mantenía en equilibrio precario sobre las clavijas traseras, aferrado a sus hombros.

La gente se volvía a mirarlos cuando pasaban junto a grupos de caminantes agotados: la bicicleta atraía miradas curiosas, a veces envidiosas.

Más de una vez, alguien les gritó intentando que se detuvieran.

—¡Eh! ¿Adónde vais con eso? —gritó un hombre cuando se acercaban a un grupo que avanzaba despacio.

John ni siquiera lo miró; se limitó a apretar el manillar con más fuerza.

—Agárrate —murmuró a Jack, y apretó los pedales con más fuerza.

Aceleraron y pasaron de largo, dejando la pregunta del hombre sin respuesta, flotando en el aire polvoriento.

John sabía que la bicicleta los convertía en un blanco fácil, que llevaban una diana pintada en la espalda.

No era seguro, no a la larga. Pero, maldita sea, necesitaban la velocidad.

Por ahora, tenían que sacarle todo el partido posible a aquella máquina.

Echó un vistazo al sol; habían recorrido casi cincuenta kilómetros desde que cogieron la bicicleta en la obra.

Impresionante, pero las referencias lejanas —señales que apuntaban hacia Walt Disney World, ya a solo unos kilómetros— eran un recordatorio brutal de lo mucho que les quedaba por delante.

¿Cuánto tiempo podrían conservar la bicicleta antes de que fuera demasiado peligroso, o antes de que simplemente se desarmara?

No era precisamente nueva, y daba la impresión de que podía caerse a pedazos en cualquier momento.

No estaba seguro, pero incluso con la bicicleta, no veía forma de llegar a casa en menos de cuatro días.

Notó que Jack se movía a su espalda.

—Hay neblina más adelante —gritó Jack por encima del zumbido de los neumáticos sobre el asfalto agrietado.

John entornó los ojos. Jack tenía razón. Una cortina parda y grisácea flotaba en el aire, desdibujando el horizonte. Y entonces lo olió: un tufo acre, leve al principio, que enseguida se intensificó y se le quedó pegado en la garganta. No era solo humo de leña; por debajo había un amargor químico.

—Sí, lo huelo —respondió John, reduciendo un poco el ritmo—. Algo gordo se está quemando.

El aire se volvió más espeso, más denso.

A John empezaron a llorarle los ojos, y detrás de él Jack tosió con un sonido seco y áspero.

Otros que iban cerca, algunos a pie, algunos en bicicletas rescatadas, también acusaban el humo: se frotaban los ojos, se tapaban la boca con las camisetas.

La neblina ya no solo les tapaba la vista; era como respirar a través de una gasa.

—Esto es… esto es más que un simple incendio, papá —dijo Jack con la voz ronca. Volvió a toser, más fuerte esta vez.

John frenó, bajó la pierna y estabilizó la bicicleta. Escudriñó el sur, tratando de ver a través del humo cada vez más denso. Le escocían los ojos, pero se obligó a mantenerlos abiertos.

—Ahí —dijo, señalando. Por un claro momentáneo en la neblina, pudo verlo: no eran llamas visibles, sino una columna más oscura y furiosa de humo negro que se alzaba contra el cielo gris. Era enorme—. Ese es el origen.

Un silencio denso se instaló entre ellos, roto solo por la tos de Jack y el crepitar lejano que traía el aire cargado de humo.

La bicicleta, su garantía de velocidad, de pronto les pareció un lastre, un ancla.

La pregunta flotaba en el aire sin que nadie la formulara: ¿desviarse hacia un peligro desconocido o seguir adelante?

—¿Y? —preguntó Jack, secándose los ojos llorosos—. ¿Vamos a echar un vistazo?

Todos sus instintos le gritaban que siguiera adelante, que aprovechara la bicicleta, que cubriera kilómetros, que se ciñera al plan.

El tiempo apremiaba. Pero aquella columna de humo, su magnitud, la posibilidad de que hubiera gente atrapada…

El soldado que llevaba dentro, el protector, no le dejaba ignorarlo.

Miró a Jack a los ojos, con el rostro cubierto de sudor y polvo del camino.

—Sí —dijo, sintiendo el peso de la decisión—. Vamos. Puede que alguien necesite ayuda. No esperes que lleguen los servicios de emergencia.

Apoyó la bicicleta con cuidado contra una marquesina destrozada. Por ahora, la velocidad que tanto les había costado conseguir tendría que esperar.

Jack asintió y se agarró de nuevo a los hombros de John mientras este arrancaba, dirigiendo la bicicleta directamente hacia la columna de humo que manchaba el cielo del sur.

Volvieron a coger velocidad, con los neumáticos zumbando sobre el asfalto agrietado, pero avanzar se hacía cada vez más difícil.

Con cada pedalada, el aire se espesaba más; el humo acre les arañaba la garganta y les hacía llorar los ojos.

Jack tosía ya casi sin parar, un sonido áspero y seco justo detrás de la oreja de John.

John lo notaba en la lengua: un regusto amargo y químico.

Era un olor que no había percibido en años, no desde sus misiones en el extranjero, pero lo reconoció al instante, con una familiaridad enfermiza.

Era el olor de la muerte.

Los sonidos empezaron a llegarles a través de la neblina: toses entrecortadas que no eran solo las suyas, sollozos ahogados, un murmullo sordo de angustia.

La visibilidad se redujo drásticamente. John tuvo que aminorar la marcha, zigzagueando para esquivar los escombros esparcidos por la carretera.

Doblaron la esquina de un hotel grande de varias plantas, con las ventanas reflejando el cielo humeante…

De pronto, la escena se desplegó ante ellos en toda su crudeza: los restos del avión en llamas, la gente tambaleándose, el caos absoluto que se extendía por el aparcamiento del centro comercial.

John reaccionó por instinto, frenando en seco e intentando esquivar un trozo grande de escombros oculto por el humo rasante.

La rueda delantera se bloqueó y derrapó violentamente sobre el asfalto resbaladizo.

—¡Cuidado! —gritó Jack cuando la bicicleta se fue al suelo y los lanzó a los dos rodando por el asfalto, en un revoltijo de brazos, piernas y metal.

Se levantaron de un salto; la adrenalina les hacía ignorar cualquier rasguño.

—¿Estás bien? —preguntó John bruscamente, repasando a Jack con la mirada.

—Sí, creo que sí —respondió Jack, sacudiéndose el polvo de los vaqueros, con los ojos ya clavados en la escena inimaginable que tenían delante.

John echó un vistazo fugaz a la bicicleta.

La rueda delantera estaba doblada en un ángulo grotesco, el manillar retorcido y la cadena rota.

Inservible. Su ventaja de velocidad, conseguida a duras penas, yacía hecha un amasijo en el suelo junto a ellos.

Apartó ese pensamiento de la cabeza y centró toda su atención en la devastación.

Ahora estaban a pie, justo en el borde de la zona del desastre.

El calor que irradiaban los restos les abofeteó el rostro.

John reconoció el modelo: un Embraer E190, probablemente un vuelo de American Airlines a juzgar por los fragmentos quemados de la librea visibles en el estabilizador vertical.

Quizá cien almas a bordo. El fuselaje estaba abierto como una lata de conservas y dejaba a la vista el interior carbonizado.

Las dos alas se habían desprendido con el impacto y yacían a varios metros, como extremidades rotas.

El aire, espeso y denso, era un cóctel repugnante de queroseno quemado, plástico derretido, metal chamuscado y ese otro olor indescriptible que hablaba de violencia y pérdida. Cada bocanada era como inhalar veneno.

La mirada de John recorrió la escena mientras su mente catalogaba automáticamente la devastación y reprimía las náuseas.

Jack se quedó paralizado a su lado, mudo ante la magnitud de la tragedia.

Entre el metal retorcido y el equipaje esparcido, el coste humano quedaba expuesto en toda su crudeza.

Había cuerpos por todo el campo de escombros: algunos lanzados lejos, otros aún parcialmente atrapados.

Rostros contorsionados en los últimos instantes de terror, extremidades en ángulos imposibles.

Objetos personales —ropa que asomaba de maletas reventadas, el peluche de un niño ennegrecido y desgarrado, fotos familiares rotas— yacían esparcidos como trágicos signos de puntuación, recordatorios escalofriantes de las vidas que se habían apagado en un instante.