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—Buena suerte, Leonard… Cuídate —dijo John en voz alta mientras el hombre mayor y su perro, Robert Johnson, dejaban International Drive y se encaminaban hacia su casa.
—Gracias, tío. Igualmente —respondió el músico con calidez—. Si alguna vez te apetece escuchar buen blues del de verdad, suelo andar por aquí.
—Trato hecho —dijo John, sonriendo.
Miró a su hijo; Jack también parecía entusiasmado, pero tenía los ojos puestos en el perro, que de verdad parecía algo triste por tener que separarse de ellos.
—Cuando las cosas se calmen y se arreglen, cuenta con que estaré entre el público.
Padre e hijo continuaron por la amplia avenida. John siguió con el rabillo del ojo a la pareja que se alejaba hasta que desapareció de su vista.
—Buen tipo —comentó en voz baja a Jack—. Espero que le vaya bien.
Jack asintió.
Siguieron caminando, ahora en silencio; el ritmo constante de sus pasos sobre el pavimento había sustituido la energía de la conversación.
Ambos parecían absortos en sus pensamientos, reflexionando sobre el encuentro con el músico.
Poco a poco, John empezó a notar que su hijo aflojaba el paso; Jack comenzaba a quedarse ligeramente rezagado.
No dejaba de mirarlo de reojo para asegurarse de que Jack no se quedara atrás.
—No te separes, Jack. Quédate cerca —dijo, con un deje de preocupación paterna que afilaba su voz.
La intensidad de la mañana estaba pasándole factura a Jack. No era solo haber corrido; era el peso aplastante de lo que estaba ocurriendo. A su alrededor, el caos iba en aumento. La gente buscaba información desesperadamente, blandiendo móviles inútiles en el aire.
Al cruzar una intersección importante, un estornudo repentino y fuerte rasgó el barullo. John se giró en seco, sobresaltado. Era Jack, con los ojos llorosos y enrojecidos.
Un sonido que ayer no habría significado nada, ahora resonaba como una señal de alarma.
—¿Jack? ¿Estás bien? —preguntó John, con la preocupación asomando en su voz.
—Tranquilo, papá. Solo me duele la garganta. Seguramente del frío que pasé anoche antes de llegar a casa de Joanna —respondió Jack, con la voz ya algo ronca.
—La última vez que me dijiste «tranquilo», acabamos en el hospital —le recordó John, pensando en la tos que se había convertido en una visita frenética a urgencias y un diagnóstico de neumonía aguda hacía apenas unos meses.
Jack se encogió de hombros y siguió andando, intentando convencerse de que no era nada. Pero John ya estaba pensando dónde podría encontrar medicamentos.
Llevaba preocupado desde el día anterior. Jack, con su gran corazón y su carácter responsable, había crecido enchufado al mundo digital. Ahora, con todo patas arriba, John temía cómo le afectaría a su hijo un cambio tan drástico.
De repente, un zumbido electrónico agudo cortó el murmullo de conversaciones y el sonido de pasos.
Era un ruido antinatural en aquel mundo donde todo lo electrónico había muerto, y atrajo la atención al instante.
La gente alzó la vista a lo largo de la acera.
Dejaron de caminar, se protegieron los ojos del resplandor y señalaron hacia el cielo mientras una ola de murmullos confusos se extendía entre los peatones cercanos.
—¡Mirad! —gritó alguien justo delante de John y Jack—. ¡Ahí arriba! ¿Qué es eso?
Jack se pegó instintivamente a su padre, con el corazón martilleándole en el pecho. Los dedos que señalaban, la tensión repentina que se apoderaba de la multitud, aquella cosa zumbante y extraña que surcaba el cielo azul: todo resultaba profundamente inquietante.
John siguió los dedos que señalaban, recorriendo el cielo con la mirada hasta que localizó la fuente del zumbido insistente.
Un pequeño dron gris oscuro, de quizás metro y medio de envergadura, pasaba veloz por encima de ellos, volando con rumbo norte a unos cien metros de altura.
John lo observó con atención, el cuerpo en tensión mientras seguía su trayectoria decidida, analizando su forma y movimiento contra el cielo azul.
Velocidad constante, trayectoria inquebrantable: no era el comportamiento de un simple dron perdido.
—¿Qué es esa cosa? —preguntó Jack, entornando los ojos. Era la misma pregunta que John oía murmurar a otros a su alrededor.
—Un dron —confirmó John de forma automática, mientras su mente seguía procesando. Lo observó hasta que casi se perdió de vista, grabándose su imagen en la memoria.
—Pero… ¿cómo puede estar volando? —Jack puso voz a la pregunta que todos se hacían—. Todo está frito. El coche se paró, las luces…
—Exacto —dijo John, con la mente aguzada—. La electrónica civil está frita, Jack.
Hizo una pausa mientras la evaluación inicial encajaba.
—Si esa cosa sigue operativa después del pulso que nos alcanzó, es porque está construida de otra manera. Blindada. Reforzada.
Miró a Jack a los ojos; la primera capa de la sombría verdad empezaba a asentarse.
—Eso significa que es militar, Jack.
Un murmullo nervioso recorrió el pequeño grupo de curiosos que habían escuchado.
Pero John no había terminado. Seguía visualizando el dron: el perfil de las alas, la forma del fuselaje, el conjunto de cola…
No era un Predator ni un Reaper, obviamente demasiado pequeño.
Tampoco un Raven o un Puma, la configuración no cuadraba.
Repasó mentalmente los perfiles de los UAV tácticos estadounidenses que conocía de sus años en el ejército…
ninguno coincidía del todo. Pero la cola…
esos estabilizadores verticales gemelos, ligeramente inclinados hacia fuera.
Y cómo el fuselaje parecía algo aplanado, diseñado para cargas de sensores específicos…
Un escalofrío helado le recorrió la espalda. Había leído sobre esa configuración específica. Era un aparato desarrollado por el EPL, diseñado para unidades de reconocimiento de fuerzas terrestres, para precisamente este tipo de observación del campo de batalla.
Se detuvo y puso brevemente una mano en el hombro de Jack, con la mirada clavada en el cielo del norte, donde el dron había desaparecido.
—Espera —dijo en un susurro, con la voz baja y tensa—. Ese dron…
Jack lo miró, desconcertado por aquella intensidad repentina.
—¿Papá? ¿Qué pasa?
John por fin miró a su hijo, con la sombría certeza endureciéndole el rostro.
—Ese no era nuestro.
—Pero si acabas de decir que era militar…
—Sí —John asintió lentamente mientras la última pieza, la más terrible, encajaba—. Militar, desde luego.
Pero no del ejército estadounidense.
—Esa configuración específica… esas aletas de cola inclinadas… Es chino, Jack. Del Ejército Popular de Liberación.
El nombre quedó flotando en el aire entre ellos, pesado y amenazador.
—Entonces —a Jack apenas le salían las palabras, con la voz estrangulada por el miedo—, ¿es esto… es todo esto cosa de China?
John vaciló mientras su mente daba vueltas.
—Es… posible. El mundo es un lugar complicado, hijo. Todo se reduce a intereses —dijo, intentando simplificarlo.
Pero las piezas del rompecabezas empezaban a encajar en la mente de John, y los recuerdos de sus simulaciones de WarSight afloraban de nuevo. China siempre había sido el enigma: la nación con el potencial de desatar un caos sin precedentes.
—Sigamos caminando —dijo John, echando un vistazo a su alrededor. De pronto se sintió observado.
* * *
Oyó la tos seca de Jack y una nueva oleada de preocupación lo invadió.
Algo en la respiración de su hijo no andaba bien.
Jack se veía más pálido, más demacrado. Necesitaba un descanso.
John recorrió el área con la mirada y divisó una obra en construcción más adelante, parcialmente oculta por barreras. Podría servirles de refugio.
—¿Qué tal un descanso? ¿Comemos algo? —sugirió.
—Claro —aceptó Jack, cayendo de pronto en la cuenta de lo hambriento que estaba—. Dos hamburguesas jugosas, por favor —bromeó.
Se acercaron con cautela y se colaron por una puerta entreabierta. Dentro, el esqueleto de un futuro hotel se alzaba imponente, rodeado de pilas de materiales y equipos abandonados. John recorrió el lugar con la mirada, aguzando el oído. Al cabo de un momento, quedó claro que estaba desierto.
—Parece que recogieron y se largaron sin más —observó Jack.
—Hoy no trabaja nadie —susurró John—. Pero hay que andarse con ojo al entrar, pasa demasiada gente.
Echaron un vistazo rápido y aparentemente casual hacia atrás para asegurarse de que nadie les prestaba especial atención en medio de la confusión general, y se colaron por la puerta.
Al instante, el murmullo constante y el trajín de la calle quedaron amortiguados, sustituidos por un silencio casi desconcertante dentro del recinto de la obra.
La estructura esquelética del hotel de varias plantas se alzaba sobre ellos, proyectando largas sombras geométricas.
Pilas de madera, montones de bloques de hormigón, sacos de cemento y maquinaria inactiva —excavadoras, elevadores, generadores— permanecían en silencio, cubiertos por una capa de polvo.
John se movió rápidamente hasta situarse detrás de una alta pila de tableros de contrachapado, arrastrando a Jack consigo.
Se detuvo, aguzó el oído y recorrió con la mirada la obra desierta: ventanas sin cristales, puertas que no conducían a ninguna parte. Vacío. Abandonado por el día, al menos.
—Parece que lo dejaron todo tal cual —susurró Jack, absorbiendo la quietud del lugar.
—Probablemente. Ayer fue difícil trabajar con la luz yendo y viniendo… —respondió John con gesto sombrío, mientras su mirada recorría el equipo pesado y silencioso—. ¿Hoy? Imposible.
Jack señaló en silencio hacia un gran contenedor metálico apartado de la estructura principal, del tipo que suele usarse como oficina de obra. Se acercaron con cautela, aprovechando las pilas de materiales dispersos para cubrirse. Al llegar, Jack probó la cerradura.
—Maldita sea —susurró—. Está cerrada con llave.