74
—¿Oyes eso? —preguntó Jack, alzando un poco la voz para que se le oyera por encima del murmullo constante y el arrastrar de pies de la multitud que ahora abarrotaba las aceras, yendo y viniendo.
John aguzó el oído. Y sí, entre el zumbido de innumerables conversaciones y el roce de cientos de pies, un sonido distintivo conseguía abrirse paso por encima de todo: la melodía clara y evocadora de una guitarra acústica.
La reconoció al instante: el famoso slide desgarradoramente melancólico de «Dark Was the Night, Cold Was the Ground» de Blind Willie Johnson.
Era un gran aficionado al rock y al blues, tenía muchos discos en casa, incluidos los de Blind Willie.
John se maravilló de cómo aquel sonido, tan cargado de pena y soledad sin necesidad de una sola palabra, podía atravesar el ruido con tanta claridad.
Guió a Jack mientras se abrían paso con cuidado entre los peatones, siguiendo aquellas notas cautivadoras.
Lo encontraron arrinconado cerca del bordillo en una esquina: un hombre negro, seguramente de más de sesenta años, sentado tranquilamente en una simple silla de madera que debía de haber colocado allí.
Tenía el rostro surcado de arrugas profundas, marcado por el tiempo y el sol, y sus ojos parecían perdidos en la lejanía, o quizás cerrados, absortos en la música que brotaba de la gastada y algo maltrecha guitarra acústica apoyada en su rodilla.
Contra la silla descansaba un pequeño cartel escrito a mano: «No se necesitan monedas».
A sus pies, acurrucado fielmente sobre el hormigón, dormía un perro negro de tamaño mediano, un chucho desaliñado que conseguía descansar plácidamente pese al bullicio.
Las notas desoladas exigían atención, un lamento penetrante y emotivo que se elevaba con claridad por encima de la charla indistinta y el trajín de la calle abarrotada.
Su sonido sombrío, cargado de honda tristeza, parecía capturar a la perfección la tensión tácita que recorría la multitud inquieta.
—Vamos —dijo John, dándole un suave empujón en el hombro a Jack y guiándolo hacia aquella inesperada isla de blues en medio del caos.
Padre e hijo permanecieron escuchando mientras el hombre extraía las últimas notas evocadoras de su guitarra. Cuando el último sonido se desvaneció, ambos rompieron a aplaudir.
—Vaya, eso ha sido... genial —dijo John—. Y totalmente inesperado.
El hombre levantó la guitarra de su regazo, la apoyó en vertical en el suelo junto a él y la sujetó con suavidad por el mástil.
—Gracias. Siempre es un placer compartir música en la calle.
Jack bajó la mirada hacia el perro, cuya cola golpeó tímidamente la acera mientras alzaba la vista.
—Puedes acariciarlo, a Robert Johnson le encantan los niños —dijo el hombre.
John sonrió al oír el nombre: el perro se llamaba como la leyenda del blues.
—¿Y qué le ha traído a tocar aquí hoy? —preguntó John con curiosidad, señalando el cartel de «No se necesitan monedas».
—Bueno —comenzó el hombre con voz suave y tranquila pese al entorno—. Tengo sesenta y tres años. Mi esposa falleció, ahora está con el Señor. Así que solo quedamos Robert Johnson y yo.
Señaló al perro con un gesto.
—Y la música.
Jack le rascaba ahora al perro detrás de las orejas, y el chucho se había dejado caer de lado, meneando suavemente la cola, encantado con las atenciones.
—Veo que las cosas van mal —continuó el músico, paseando la mirada por los coches parados y la multitud inquieta—. Y cuando eso pasa... bueno, a veces solo la música puede ayudar.
—Desde luego que no —respondió John en voz baja.
El hombre suspiró suavemente, se levantó de la silla y empezó a guardar con cuidado la guitarra en un estuche blando y gastado.
—Nos vamos ya a casa, esa ha sido nuestra última canción.
Bajó la vista hacia el perro, casi como si consultara a un compañero de banda.
—¿Van ustedes hacia el oeste?
—Así es.
—¿Les importa si les acompañamos un rato? —preguntó el hombre.
—Será un placer, señor —respondió John.
* * *
—No me sorprendió cuando todo se quedó a oscuras —dijo Leonard, negando lentamente con la cabeza mientras caminaban—. Después de todo lo que pasó ayer, con tanto hablar de problemas en el norte... La verdad, me sorprendió que aún tuviéramos algo de electricidad aquí abajo.
John se limitó a asentir. Jack caminaba en silencio a su lado.
—Pero las explosiones... —Leonard dejó escapar un largo suspiro—. Tío, esas casi me matan del susto.
—¿Explosiones? —preguntó Jack con los ojos muy abiertos.
—Sí, sí —respondió Leonard, ajustando el agarre del estuche de la guitarra mientras avanzaban—.
Fue sobre las nueve de la noche, creo. Estaba intentando ver las noticias, como seguramente todo el mundo en Estados Unidos.
Pero la imagen no paraba de cortarse, la luz parpadeaba...
Y entonces oí un estruendo enorme, muy cerca de casa.
Robert Johnson aquí presente —palmeó al perro que caminaba a su lado— se puso a ladrar como un loco, la luz se fue del todo, y se oía a la gente gritando en la calle. Luego más estruendos, uno tras otro.
—Los transformadores —dijo John en voz baja.
—Sí, hoy me he dado cuenta al ver los que estaban quemados —dijo Leonard—. Pero ¿anoche? ¿A oscuras? Parecía que estuviéramos bajo ataque.
—En el centro también explotaron muchos transformadores —añadió Jack.
—Y hubo incendios —continuó Leonard—. Vi chispas, y luego llamas saliendo de las cajas eléctricas de algunas casas. De la mía no, gracias a Dios. Pero fue un caos durante un rato: gente corriendo, gritando, alguien con un extintor...
—Me lo imagino —dijo John, mientras sus pensamientos volaban por un instante a su propia casa, con la esperanza de que estuviera bien.
—Y cuando todo eso se calmó... quizá una hora después... entonces llegó lo peor.
—¿El qué? —preguntó Jack.
—El miedo —dijo Leonard sin más—. Creo que, al principio, la adrenalina hizo que la gente se moviera, ¿sabes?
Echándose una mano, apagando incendios. Pero después de una hora o así, empezó a calar de verdad...
que las luces no iban a volver pronto. ¿Y ese miedo frío...
esa sensación de que las cosas quizá no volverían a ser como antes?
Hizo una pausa; el recuerdo le pesaba en la voz.
—Fue... horrible.
—Sí —dijo John en voz baja, compartiendo aquel sentimiento mientras sorteaban a un grupo de caminantes más lentos.
—Es un pulso —afirmó Leonard, con un tono de quien sabe de lo que habla que captó de inmediato toda la atención de John—. Un pulso electromagnético.
—Sí, lo es, Leonard —confirmó John, observando al hombre mayor con renovado interés—. Eres el primero que oigo llamarlo así por esta zona.
—Bueno —Leonard esbozó una sonrisa irónica—. Pasé mucho tiempo en el Ejército. He vivido bastantes conflictos sirviendo a este país. Aprendes a reconocer cuando algo no cuadra.
—Exacto —asintió John—. ¿Dónde serviste?
—Estuve en la 82.ª División Aerotransportada. Me tiraba de aviones que funcionaban perfectamente —Leonard soltó una risita—. ¿Y tú?
—Fuerzas Especiales —respondió John escuetamente.
—Vaya. ¿Las FE, eh? —Leonard parecía realmente impresionado—. Eso son palabras mayores, tío. No me imagino las cosas que habréis visto.
—Todos somos hermanos de armas, Leonard. Distintos trabajos, pero la misma familia verde —dijo John, mirándolo a los ojos—. Es un honor conocerte.
—Igualmente —respondió Leonard, asintiendo brevemente con respeto.