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Bajo la dorada luz de la mañana, los miembros de la junta se reunieron en la sala de conferencias acristalada de la Oficina de Administración de los Condominios de Harbour Island. Los rayos del sol se filtraban por las ventanas, iluminando la pulida mesa de caoba en el centro de la sala.
La Oficina de Administración era un encantador edificio de dos plantas, con un diseño que evocaba el atractivo costero de la isla. Las tejas desgastadas lucían un suave tono gris que armonizaba con el mar cercano.
La sala estaba abarrotada, con casi veinte asistentes.
Bob, el presidente de la junta, permanecía de pie junto a la ventana; la intensa luz del sol le deslumbraba ligeramente.
Aun así, había elegido ese lugar para disfrutar de la reconfortante calidez del sol.
Junto a él estaba sentada Emily, con la mirada aguda y concentrada.
Conocida por mantener la compostura incluso en los debates más acalorados, estaba a punto de presentar a la junta una información que cambiaría todo.
Necesitaba no solo convencerlos de la veracidad de lo que iba a contarles, sino también proponer una serie de medidas que probablemente provocarían controversia entre los residentes.
Junto a Emily estaba James «Jim» Tucker, el tesorero. Corpulento como un leñador, tenía un carisma arrollador. Su experiencia al frente de una exitosa consultoría local le había inculcado un agudo sentido de la prudencia financiera, convirtiéndolo en un celoso guardián de los fondos del vecindario.
También en la mesa estaba Linda Wells, una mujer cuya gracia y amabilidad reflejaban sus años como educadora.
La jubilación no había apagado su pasión por el servicio comunitario.
Junto a Linda se sentaba la figura desgarbada de Martin «Marty» Silva, el ingeniero civil de la junta.
Sus ojos brillantes, visibles tras las gafas, delataban una mente rebosante de ideas prácticas y soluciones.
Parecía más cómodo en una obra que en un entorno formal, pero su experiencia en hidráulica había resultado invaluable para Harbour Island en múltiples ocasiones.
Otro asiento lo ocupaba Sam Rodríguez, el miembro más nuevo del grupo. Excapitán de policía, Sam era un hombre cuya postura y mirada intensa imponían respeto. Su amplia experiencia en seguridad pública resultaba invaluable.
Alrededor de la mesa se encontraban los once representantes de los distintos vecindarios de Harbour Island: Harbour Bay Townhome, Harbour Court, Harbour Home, Harbourside, Homes of Harbour Bay, Island Homes, Port Royal, Seddon Cove, St. Tropez, The Keys y The Pointe.
Salvo el sonido rítmico del océano rompiendo contra las costas de la isla, un pesado silencio dominaba la sala.
Excepto Bob y Emily, los demás miembros desconocían la magnitud del problema que estaban a punto de afrontar.
Nunca la calma que precede a la tormenta se había sentido tan intensa en aquella sala.
Bob se volvió hacia la mesa y dio un paso atrás para captar la atención de todos los presentes. Hablar en público era una habilidad que había perfeccionado durante sus años en los tribunales. Su voz llenó el espacio, resonando en el silencio.
—Amigos —comenzó—, esta mañana Emily y yo hemos hablado de algunos problemas a los que nos enfrentaremos en las próximas semanas. Dado su impacto directo en todos nosotros, he convocado esta reunión urgente para tratar el asunto cuanto antes.
—¿Problemas? —La palabra escapó de labios de Sam, rompiendo la quietud de la sala—. ¿De qué problemas estamos hablando?
—¿Todos habéis visto la cantidad de cajas eléctricas que se incendiaron anoche? —comenzó Bob, con voz apremiante—. ¿Y el apagón desde las nueve de la noche? Por no hablar de…
Pero antes de que pudiera continuar, un murmullo inquieto recorrió la sala y lo interrumpió.
Bob levantó la mano para pedir silencio.
—Señoras y señores, necesitamos mantener la concentración. Si no lo hacemos, solo conseguiremos hundirnos más en el caos.
Hizo una pausa para que sus palabras calaran antes de continuar:
—Cedo la palabra a Emily para que nos explique la situación con más detalle.
Emily se levantó, proyectando una calma imponente.
—Como decía Bob —comenzó con voz firme—, todos hemos sido testigos de los inquietantes sucesos de anoche: los incendios en las cajas eléctricas y el apagón. Pero hay más, mucho más de lo que parece a simple vista.
Jim, deseoso de aportar algo, intervino:
—Y también estaba ese ciberataque que mencionó el presidente en las noticias.
—Cierto —reconoció Emily con un gesto de asentimiento hacia Jim—. Sin embargo, el ciberataque no es la única causa de todos nuestros problemas…
Dejó la frase en suspenso, dando pie a que otros intervinieran. La mirada de Emily se encontró con la de Marty, que parecía absorto en sus pensamientos. Cuando sus ojos se cruzaron, él le hizo saber en silencio que comprendía la situación.
—Mi coche no arrancaba. Intenté poner en marcha mi Suburban, pero estaba completamente muerto. Tuve que usar la llave para abrir la puerta, pero ni siquiera había luces. Ni el teléfono ni el reloj me funcionaban.
—Te entiendo, Marty, pero ¿cuál es el problema exactamente? —interrumpió Sam, con un deje de irritación adquirido durante sus años en el cuerpo—. Estamos sufriendo una sobrecarga eléctrica, y leo sobre ciberataques a diario… ¿A qué viene tanto drama?
—Sam, entiendo tu confusión —intervino Emily con voz tranquilizadora.
Con la atención de todos puesta en ella, Emily continuó; su voz cortó la tensión de la sala.
—Un ciberataque puede paralizar nuestra red eléctrica, desde luego, tal como hemos visto. Y sí, la explosión de las cajas eléctricas podría estar relacionada con eso. Incluso el mal funcionamiento de los dispositivos conectados a internet tiene sentido en ese escenario.
Hizo una pausa para que sus palabras calaran mientras recorría con la mirada a todos los presentes.
—Pero —continuó, con un tono cada vez más intenso— eso no explica por qué un coche, que no está conectado ni a la electricidad ni a internet, está completamente muerto.
O por qué juguetes, calculadoras, cerraduras digitales, relojes de pulsera, teléfonos fijos, timbres, electrodomésticos de cocina…
en definitiva, cualquier cosa con un circuito interno, queda inoperativa.
Emily pudo ver cómo la comprensión iba aflorando en los ojos de quienes la rodeaban. Aprovechó el momento para rematar su argumento.
—Como he dicho —declaró con voz firme—, lo que estamos viviendo no es solo consecuencia de un ciberataque. Es algo que llevo años estudiando. Un pulso electromagnético. Una vez liberado, inutiliza todos nuestros preciados dispositivos electrónicos.
La sala estalló en conversaciones simultáneas, creando una cacofonía indescifrable. Bob hizo un gesto para que cesaran los corrillos. Cuando volvió el silencio, Linda levantó la mano y captó la atención de Emily.
—¿Qué es un pulso electromagnético? —preguntó Linda, visiblemente concentrada.
—Un pulso electromagnético, o PEM, es básicamente una descarga de energía electromagnética —comenzó Emily tras respirar hondo—.
Es un fenómeno que pueden desencadenar ciertos eventos naturales, como una llamarada solar, o incluso una detonación nuclear.
El problema es que esta energía viaja a la velocidad de la luz y puede causar daños graves a los dispositivos electrónicos.
Recorrió la sala con la mirada para asegurarse de que todos la escuchaban.
—Veréis, nuestra tecnología moderna, prácticamente cualquier cosa con un microchip, es especialmente vulnerable a los PEM.
La energía electromagnética de un PEM puede inducir altos voltajes y corrientes en los circuitos electrónicos.
Dicho de forma sencilla, los sobrecarga y les causa daños permanentes.
Entonces rebuscó en su bolso y sacó un documento grueso y gastado. El título rezaba: «Informe de la Comisión para Evaluar la Amenaza a los Estados Unidos de un Ataque de Pulso Electromagnético (PEM)».
—Esto —dijo, sosteniendo el informe en alto para que todos lo vieran— es un estudio exhaustivo encargado por el Congreso. Analiza en profundidad la amenaza que representan los PEM y cómo pueden afectar a la infraestructura de nuestra nación.
—Escuchad esto —comenzó, pasando a una página marcada—.
«La electrónica, omnipresente hoy en día, está integrada en electrodomésticos, vehículos, aviones, entretenimiento electrónico de todo tipo y, por supuesto, en ordenadores, dispositivos móviles y similares.
El PEM es uno de los pocos peligros capaces de poner en riesgo la existencia continuada de la sociedad civil estadounidense actual».
Emily pasó unas cuantas páginas hasta encontrar otro pasaje.
—Aquí hay más —dijo—. «Los campos electromagnéticos producidos por armas diseñadas y desplegadas con la intención de generar un PEM tienen una alta probabilidad de dañar los sistemas de energía eléctrica, la electrónica y los sistemas de información de los que depende vitalmente cualquier sociedad razonablemente avanzada, muy especialmente la nuestra.
Sus efectos sobre los sistemas e infraestructuras dependientes de la electricidad y la electrónica podrían ser lo suficientemente devastadores como para calificarse de catastróficos para la nación».
Emily respiró hondo, consciente de la gravedad del momento. Pasó a otra sección del informe, recorriendo con los dedos las líneas de texto que había resaltado para una ocasión como aquella.
—«Si se perdieran partes significativas de la infraestructura eléctrica durante un período de tiempo sustancial, la Comisión considera que las consecuencias probablemente serían catastróficas, y muchas personas podrían acabar muriendo por falta de los elementos básicos necesarios para mantener la vida en comunidades urbanas y suburbanas densamente pobladas».
Emily alzó la vista, con la mirada intensa.