La saga de la larga noche – Libros I, II y III 66
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Hizo una pausa para examinar los alrededores mientras su cautela habitual se activaba. Al no ver ningún peligro inmediato, continuó:

—Pero pasados unos días, las cosas podrían ponerse feas, sobre todo en la autopista principal.

Tendremos que ir por carreteras secundarias, quizá atravesar algunos pueblos.

Unos días serán más largos que otros, pero hay que mantener un ritmo constante.

Nos encontraremos con problemas: gente peligrosa, bichos o simplemente el agotamiento.

Volvió a mirar a Jack a los ojos.

—Mira, son solo unos ciento sesenta kilómetros, que parece poco, pero no subestimes lo duro que va a ser.

—Lo sé, papá.

—Cuando las cosas se tuercen así —suspiró John, pasándose una mano por el pelo—, la gente se desespera.

Se vuelve impredecible. Comida, agua, medicinas...

todo va a escasear rápido. Hay quien hará cualquier cosa por sobrevivir, cualquier cosa por proteger a los suyos —continuó mientras seguían caminando—.

Podríamos toparnos con gente desesperada que quiera lo que tenemos, o incluso con bandas intentando hacerse con el control.

Hay que estar alerta, preparados para cualquier cosa.

—¿Por qué no apretamos el paso? —preguntó Jack tras hacer unos cálculos rápidos—. Si hacemos, digamos, seis kilómetros por hora durante diez horas al día, podríamos llegar a casa en dos, quizá tres días. No está tan mal. Hemos hecho caminatas más largas, papá.

John volvió a suspirar con la mirada fija al frente.

—Suena simple, Jack, pero no lo es. Tenemos que dosificarnos. Forzar demasiado la máquina solo nos agotará antes y nos convertirá en blancos fáciles. Ahora mismo, conservar las fuerzas es nuestra mejor defensa.

Jack alzó la vista con un destello de desafío en los ojos.

—Apuesto a que lo conseguimos sin problema, papá —replicó, tratando de sonar optimista.

John lo miró.

—Eso espero, hijo, pero hay que estar preparados.

Además, está la propia naturaleza. Ya no estamos en Jersey; esto es Florida.

Este estado está lleno de pantanos y humedales, ¿sabes?

Pueden ser traicioneros, peligrosos incluso —explicó, queriendo que su hijo entendiera que no todo serían carreteras asfaltadas—.

Habrá que ir con cuidado, atentos a serpientes, caimanes, esas cosas.

Y el clima aquí es de locos. Puede hacer un calor abrasador un minuto y estar lloviendo a cántaros al siguiente. Hay que estar preparados para todo.

Jack asintió con gesto decidido.

—Podemos con esto, papá. Nos mantendremos juntos y afrontaremos lo que venga.

A medida que el sol ascendía, la autopista fue llenándose de gente que caminaba en ambas direcciones.

A la luz del día, podían ver el alcance completo del desastre con mayor claridad: cientos, quizá miles de coches parados en seco, atascados en ángulos extraños.

Los capós estaban levantados, las puertas colgaban abiertas... Era una escena extraña e inquietante.

La gente deambulaba por el asfalto, la mayoría en pequeños grupos.

Algunos hablaban gesticulando, mientras otros simplemente arrastraban los pies en silencio, con aspecto derrotado.

Los únicos sonidos que rompían la quietud de la mañana eran el canto de los pájaros en lo alto, ajenos al caos, y el murmullo apagado de quienes se removían en sus coches, muchos aún con la esperanza de que algún milagro lo reiniciara todo y devolviera el mundo a la normalidad.

Se fundieron con el flujo de gente y caminaron varios kilómetros. Los dos estaban en forma; John siempre se había encargado de eso.

—Necesitamos encontrar provisiones —dijo John al fin, rompiendo el silencio—. Joanna nos dio algo de agua y unos tentempiés, pero ni de lejos basta para llegar a casa.

—¿No hay un Walmart por aquí cerca? —preguntó Jack mientras recorría con la mirada el borde de la carretera en busca de algo familiar.

—No vale. Esos sitios grandes no estarán abiertos. Todo está automatizado, necesita electricidad, necesita la red... —dijo John con un deje de amargura—. Nada de eso funciona ahora. Necesitamos sitios más pequeños, tiendas de barrio quizá.

Jack se estrujó el cerebro, pero no se le ocurrió ninguna tienda pequeña por la zona, aunque vivían cerca de Orlando.

—Supongo que tendremos que ir atentos por el camino, papá.

—Todavía es temprano —señaló John, y miró el reloj por instinto antes de recordar que ya no servía de nada.

Se quitó el Apple Watch, lo observó un segundo —un pisapapeles de alta tecnología, eso era ahora— y lo tiró al asfalto.

El crujido de la pantalla al romperse sonó como un adiós definitivo al mundo que conocían.

—¡Papá! ¡Ese reloj costaba como trescientos dólares! —protestó Jack.

—Ahora es peso muerto, Jack —respondió John con severidad—. No podemos permitirnos cargar con nada que no nos ayude a sobrevivir.

Un silencio pesado cayó entre ellos. El mundo que Jack conocía ayer había desaparecido, sustituido por aquel paisaje extraño y peligroso.

La autopista se extendía ante ellos, pero John divisó algo.

—¿Ves eso? ¿A nuestra izquierda? —comenzó—. Esa es International Drive. Zona de turistas. Seguro que encontramos alguna tienda abierta por allí. Merece la pena echar un vistazo.

Jack asintió. Siguieron caminando hasta que vieron la silueta familiar de los Premium Outlets.

—Jack, vamos a cruzar por aquí —declaró John, señalando el enorme complejo—. Conozco este outlet. Hay una salida directa a International Drive en el otro extremo.