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Tras llamar por tercera vez, Emily oyó los pasos apresurados de Bob y su voz:
—¡Ya voy, ya voy!
Sus pasos resonaban en el suelo de madera del salón.
La puerta se abrió de golpe y Bob se mostró visiblemente sorprendido al ver a Emily.
—¡Emily, buenos días! Me alegro de que seas tú. Pensé que era otro de esos vendedores a domicilio —bromeó.
—¿A las seis y media de la mañana, Bob? —rio Emily, siguiendo la broma.
—Cada día son más atrevidos —siguió Bob el juego—. Pasa. Como sabes, llevamos sin electricidad desde ayer.
Emily entró en la estancia en penumbra, con las paredes llenas de fotos de la esposa, los hijos y los nietos de Bob.
—¿Te apetece un café? —ofreció Bob, encaminándose ya hacia la cocina.
—¿Café? ¿Cómo te las has arreglado sin electricidad? —preguntó Emily con curiosidad.
—Ah, el café es la prioridad número uno —respondió, señalando una pequeña parrilla en el porche.
Una tetera metálica burbujeaba sobre las brasas e inundaba la casa con su intenso aroma.
—Ya sabes que no me van nada esas cafeteras de cápsulas.
—Lo sé, Bob —dijo Emily con una sonrisa—. Y sabes que no puedo resistirme a un café así.
Bob sirvió el café en una taza decorada con una foto de su nieta de seis años, Julia, y una tierna inscripción: «Te quiero, abuelo».
—¿Cómo está John? —preguntó Bob, mientras el tentador aroma del café impregnaba el ambiente.
—En realidad, no consiguió volver de Orlando anoche. Jack está con él —respondió Emily con evidente preocupación—. Fueron a ver un partido de baloncesto.
—¿Pasó algo? —preguntó Bob, sorprendido.
—Bob, voy a ser directa contigo —comenzó Emily.
—No esperaba menos de ti —respondió Bob, siempre caballeroso.
—Esto no es solo un apagón o una sobretensión. Es algo diferente.
—¿Tiene que ver con la explosión de los cuadros eléctricos de ayer en nuestra calle o con el ciberataque que mencionó el presidente? —preguntó Bob, recordando el anuncio del presidente Lowell.
—Más o menos. Todo empezó con el ciberataque, pero lo que vino después fue otra cosa. Te lo demuestro enseguida. Vamos a tu coche —sugirió Emily, levantándose del sofá.
—Me has picado la curiosidad —respondió Bob, cogiendo el mando del coche y dirigiéndose al garaje, donde tenía aparcado su preciado Lincoln Nautilus plateado.
Al acercarse al coche, Bob pulsó el botón de desbloqueo, pero no pasó nada. Emily permaneció impasible. Bob abrió la puerta manualmente con la llave e intentó arrancar el motor.
De nuevo, silencio. El coche estaba muerto.
Tras un suspiro de resignación, Bob se volvió hacia Emily:
—De acuerdo, Emily, dime qué está pasando.
—Como te decía, esto no es solo un corte de luz o una sobretensión. Es consecuencia de algo mucho mayor.
—¿El qué? —preguntó Bob, ansioso por entender por qué su querido coche no arrancaba.
—Bob, sabes que la energía es mi especialidad. Desde mi punto de vista —comenzó Emily, midiendo sus palabras—, estoy casi segura de que nos ha alcanzado un pulso electromagnético, lo que se conoce como PEM.
—¿PE qué? —respondió Bob, desconcertado, mirando su llave ahora inútil—. Soy un juez jubilado, Emily, no un mago de la tecnología.
—Bob, lo que tienes que saber es que es un tipo de bomba que probablemente ha afectado a más territorio que Florida. Está relacionado con la inestabilidad eléctrica que sufrimos ayer —explicó Emily.
El rostro de Bob se ensombreció. Dejó el café sobre una mesa cercana.
—¿Una bomba? —preguntó, alarmado.
—Muy probablemente —respondió Emily, en un tono que dejaba entrever otras posibilidades—. Por eso ningún aparato electrónico funciona, ni siquiera los que van con pilas.
—Pero ¿qué tiene que ver la bomba con los aparatos electrónicos, Emily? —replicó, más confundido que nunca.
—No es una bomba normal. El pulso electromagnético fríe todos los dispositivos electrónicos fabricados en los últimos años. Ni siquiera tienen que estar enchufados —aclaró Emily—. Es como una enorme onda de energía que viaja por el aire y destruye estos aparatos.
Bob palideció, mudo. Recordó la noche anterior, sus intentos inútiles de usar el móvil, el iPad y el portátil, todos aparentemente muertos.
—¿Es peligroso? El pulso, digo. ¿Debería preocuparme?
—El pulso en sí no es peligroso para las personas. Pero sí, todos deberíamos preocuparnos. Créeme —afirmó Emily con convicción.
—Pero... —comenzó Bob, visiblemente confundido—. Mi coche va con gasolina, no es uno de esos eléctricos modernos.
—Aun así, lleva componentes electrónicos en su interior. Sensores, inyección de combustible... cualquier coche posterior a los años sesenta o setenta está lleno de ellos —afirmó Emily, mirando fijamente a Bob.
Con los años, como vecinos, Bob y Emily habían forjado un sólido vínculo de confianza. Ese vínculo se había afianzado aún más cuando empezaron a trabajar juntos en la junta de la asociación de vecinos de Harbour Island, con Bob como presidente y Emily como vicepresidenta.
—John y Jack puede que sigan cerca de Orlando. No sé dónde están exactamente porque no pude contactar con ellos. Ahora, sin coches, tendrán que volver andando —continuó Emily.
—¡Dios mío, eso son más de ciento sesenta kilómetros! —exclamó Bob.
—Sí. Pero conozco a mi John. Moverá cielo y tierra, pero estará aquí en unos días. Lo sé. Lo presiento —respondió ella, tocando su pequeño crucifijo. Sin embargo, su voz dejaba entrever cierta aprensión y una ansiedad de fondo que intentaba disimular.
Bob le puso una mano en el hombro para reconfortarla, prometiéndole en silencio todo su apoyo.
Tras unos instantes que se hicieron eternos, Emily prosiguió:
—Bueno, ya dije que el pulso no supone un peligro inmediato, pero la situación podría agravarse deprisa.
El pánico colectivo puede hacer que el mundo que conocemos se desmorone en cuestión de horas.
Por eso estoy aquí. Tenemos que convocar al Consejo de Harbour Island cuanto antes. A ser posible, esta misma mañana.
—Buena idea, Emily —dijo Bob, pasándose los dedos por el cabello canoso—. Pero antes necesito más detalles.
Bob se acomodó en su mullido sofá mientras Emily empezaba a explicar la situación con más detalle.
Le contó lo que había observado la noche anterior y le expuso sus recomendaciones sobre cómo proceder.
Mientras tanto, Bob la escuchaba con atención, echando alguna que otra mirada a las fotos de sus seres queridos, con sus sonrisas inmortalizadas en tiempos más felices.
El día apenas había comenzado, pero el peso de lo que les aguardaba hacía que ya pareciera el más largo de sus vidas.