La saga de la larga noche – Libros I, II y III 53
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El primer estallido golpeó como un martillazo; luego otro, y otro más, resonando alrededor del Sports Arena.

John se agachó de golpe, arrastrando a Jack consigo.

Sobre sus cabezas, los transformadores eléctricos explotaban uno tras otro, escupiendo arcos de fuego azul blanquecino.

Los cables de alta tensión se soltaron y azotaron el pavimento como cuerdas ardientes.

Un panel LED gigante sobre la entrada principal —donde normalmente se reproducían los mejores momentos de los Magic— estalló en llamas naranjas, iluminando la fachada con un resplandor infernal.

En la calle, todos los coches murieron a la vez: los motores se apagaron, los faros se extinguieron, los airbags saltaron con sacudidas erráticas.

De los capós abollados escapaban vapor y humo acre con un siseo.

Un caos distinto se apoderó de la calle.

Los coches, en pleno movimiento, simplemente...

murieron. Un chirrido de neumáticos, un crujido nauseabundo de metal cuando alguien chocó por detrás contra un vehículo detenido, y luego un silencio inquietante roto solo por el pum-siseo de los airbags al desplegarse.

Humo fino y acre empezó a brotar de los capós de varios coches.

Los conductores salieron tambaleándose, aturdidos, algunos agarrándose la cabeza.

—¡Abajo! ¡Quédate abajo! —gritó John, cubriendo a Jack mientras un pesado cable de alta tensión golpeaba el asfalto cerca de ellos y lanzaba chispas como un fuego artificial maligno. Vio el cobre expuesto, reluciente—. ¡Venga, muévete! ¡Ahora!

Levantó a Jack de un tirón, lo apartó del cable chispeante y lo empujó hacia la relativa seguridad entre las filas de coches muertos.

Se abrieron paso entre personas desconcertadas que deambulaban con las caras desencajadas.

Algunos gritaban; otros simplemente miraban fijamente el letrero del estadio en llamas o sus vehículos silenciosos.

Encontraron un remanso de relativa calma detrás de un camión de reparto detenido; el rugido de la multitud que aún salía del estadio era un extraño contrapunto a la repentina e innatural quietud de la calle.

John se apoyó contra el camión, respirando con dificultad, el corazón martilleándole en el pecho.

Recorrió la escena con la mirada, y entonces la verdadera magnitud lo golpeó.

Oscuridad. No solo la ausencia de las luces del estadio, sino todo .

Las farolas, apagadas. Las vallas publicitarias, en blanco.

Los semáforos, muertos. Ninguna luz de emergencia parpadeaba.

La única iluminación provenía de los transformadores en llamas y del infierno que consumía el letrero del estadio, sumiendo todo lo demás en una sombra profunda y desorientadora.

El aire crepitaba con olor a ozono y plástico quemado. La calle parecía un fotograma congelado de una evacuación que había salido mal. Coches abandonados cubrían la calzada. La gente se agrupaba alrededor de ellos, y las voces se alzaban en un murmullo confuso y airado.

—¿Qué demonios? ¡Mueve ese cacharro! —gritó alguien, seguido del golpe seco de un puño contra el metal.

Jack agarró el brazo de John con los nudillos blancos.

—¿Papá? ¿Qué está pasando? ¿Por qué se han apagado las luces? Los coches...

Su voz sonaba débil, tensa de miedo.

John se obligó a respirar despacio, intentando imponer orden al caos de su propia mente.

Sus ojos, que se adaptaban poco a poco, distinguieron cientos de siluetas que se movían con incertidumbre en la penumbra.

Los gritos resonaban de forma extraña, a la vez distantes e íntimamente cercanos en ausencia del ruido normal de la ciudad.

—Quédate conmigo, Jack. Aquí mismo. Solo... espera —murmuró John con la mente acelerada. Se apartó del camión y avanzó con cautela entre el tráfico detenido, con Jack pegado a él como una sombra. Las conversaciones fragmentadas los golpeaban como olas:

—...totalmente muerto, ni siquiera arranca...

—...vi chispas salir del poste...

—...¡mi móvil está frito! ¿Alguien tiene cobertura?

—...nada. El mío también está muerto.

—...llamé al 911, solo silencio...

Cada frase era una pieza del rompecabezas. El fallo simultáneo y catastrófico. Colapso de la red eléctrica, vehículos inmovilizados, electrónica muerta. John sintió cómo un pavor frío se cristalizaba en sus entrañas. Esto no era un apagón. Esto no era un fallo localizado.

Buscó a tientas su propio teléfono. Pantalla negra. Sin respuesta alguna. Miró su Apple Watch. En blanco. Muerto. Volvió la vista hacia el Sports Arena. Una mole oscura coronada de fuego.

—Esto no puede ser real —musitó, apenas audible. Recorrió con la mirada la calle, el cielo, buscando cualquier señal de tecnología que funcionara, cualquier luz que no fuera fuego. Nada. Su mirada se encontró con los ojos de Jack, aterrorizados y muy abiertos, en la oscuridad parpadeante.

—Jack. Tu teléfono. Compruébalo.

Jack se apresuró a sacar su teléfono.

—Está apagado —dijo con voz aguda, esforzándose por hacerse oír sobre el clamor creciente. Pulsó inútilmente el botón de encendido—. ¡No se enciende! Papá, ¡estaba completamente cargado! ¡Lo cargué en el coche de camino!

La última pieza encajó en su lugar. John soltó un suspiro lento y pesado. Solo había una explicación que encajara con todos los hechos, por impensable que fuera.

* * *

—¿Papá? —la voz de Jack tembló.

John puso las manos firmemente sobre los hombros de Jack, intentando anclarlos a ambos.

—Escúchame, Jack —hizo una pausa y luego continuó—: Creo que sé lo que es esto. Parece un PEM.

—¿Un qué?

—PEM. Pulso Electromagnético —dijo John, con los ojos yendo de su hijo al movimiento caótico de la gente a su alrededor.

Jack frunció el ceño bajo el tenue resplandor del fuego distante.

—¿Como lo que estudia mamá?

John asintió, manteniendo la voz baja.

—Exacto. Una sobretensión lo bastante potente como para freír cualquier cosa con un circuito.

—¿Estás seguro?

—No del todo, pero todo apunta a eso. Mira —señaló los postes de electricidad en llamas—, los transformadores explotaron. Las luces se apagaron. Pero, lo más importante, nuestra electrónica dejó de funcionar. Toda. Eso no pasa así como así, a menos que sea magnetismo.

Jack asintió, asimilando la información.

—Y por último, los coches —añadió John—. ¿Qué puede hacer explotar transformadores a la vez, inutilizar toda la electrónica y matar todos los coches, no solo los eléctricos, sino todos?

—El pulso.

—Exacto —confirmó John.

—Pero... ¿Quién demonios haría eso? ¿Terroristas? —susurró Jack, con las palabras atragantándosele.

—Podría ser —admitió John, manteniendo la voz firme—.

Podría ser un arma, podría ser sabotaje...

demonios, podría incluso ser una llamarada solar masiva, aunque las explosiones...

—negó con la cabeza—. No sabemos por qué , Jack.

Ahora mismo, especular no ayuda. Lo que importa es qué hacemos a continuación.

—Tenemos que llegar a casa cuanto antes —decidió Jack, casi echando a andar hacia el coche.

—Claro que sí. Pero, verás, no va a ser fácil —respondió John, señalando a su alrededor, sobre todo los coches averiados—. Recuerda que el pulso afecta a los coches, salvo a los muy viejos.

—Maldita sea… ¿quieres decir que tendremos que ir a pie? ¡Son más de 160 kilómetros, papá!

—Así es —dijo John con gravedad—. Las bicicletas podrían servir, quizás, si encontráramos alguna. Pero pronto valdrán su peso en oro. Y no queremos llamar la atención durante el trayecto.

Ambos se detuvieron, interrumpidos por gritos airados cerca de allí: gente aterrada que intentaba averiguar qué estaba pasando.

—Mira, Jack —dijo John—, ahora podemos ver porque el estadio está en llamas, los postes… Pero cuando todo esto se apague, cuando nos alejemos, las noches solo estarán iluminadas por la luna, las linternas y las antorchas.

Jack intentó imaginárselo, pero era difícil estar seguro de nada en ese momento. Abrió los ojos de par en par cuando otro pensamiento le asaltó.

—¡Mamá y Sarah! ¿Están bien?

—Están en casa, Jack. Allí están más seguras —dijo John, fingiendo una confianza que no sentía del todo—. Y pronto estaremos con ellas.

—Sí. Sí, vale.

John volvió a ponerle las manos en los hombros a Jack.

—Hijo, escúchame bien. Si queremos que esto salga bien, no podemos correr riesgos innecesarios. Así que vamos a poner unas reglas, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, papá.

—Estupendo. A partir de ahora. No te alejes de mi vista. Nunca. Nada de irte por tu cuenta, nada de intentar hacerte el héroe. Observamos, planeamos, no hacemos ruido. Mantente alerta. Sin distracciones. Puede que te pida que hagas cosas rápido, sin explicaciones. ¿Entendido?

—Entendido.

—Bien —dijo John, esbozando una breve sonrisa—. Durante el viaje, pasarán muchas cosas que intentarán distraernos del objetivo principal. Pero no podemos olvidar nunca cuál es nuestra única meta.

—¿Y cuál es esa meta, papá?

—Llegar a casa.

Jack asintió despacio, asimilando las palabras de su padre. El silencio se instaló entre ellos mientras John dejaba que su hijo lo asimilara todo. Entonces Jack habló.

—¡Maldita sea! Estamos jodidos… —la voz de Jack volvió a temblar, esta vez con una mezcla de rabia y miedo.

—Pensar así —lo interrumpió John con firmeza— es la forma más segura de fracasar.

—Lo siento.

—No lo sientas. Aprende.

Entonces, mirándolo directamente a los ojos, preguntó:

—¿Confías en mí?

—Claro, papá. Siempre.

—Pues eso es todo lo que necesitamos. Vamos al garaje, quiero coger algunas cosas del coche.

Jack asintió con renovada determinación en el rostro.

—Vale. Vamos a ello.

—Así me gusta —John esbozó una sonrisa tensa—. Vamos a por nuestras cosas. Tenemos un largo camino por delante.

Le dio una palmada en el hombro a Jack.

—¿Jack?

—¿Sí?

—Te quiero, hijo.

—Yo también te quiero, papá. Vamos a casa.