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El paisaje rural de Virginia era una visión sobrecogedora, testimonio de la majestuosa geografía de Estados Unidos. Montañas imponentes se alzaban como centinelas, envueltas en un espeso manto de árboles cuyo verde vibrante resplandecía bajo la suave luz de la luna.
Bajo esta impresionante vista se encontraba una fortaleza de seguridad y tecnología sin parangón: un bastión secreto con un propósito crucial. En las entrañas de la montaña se extendía una red laberíntica de túneles y cámaras que formaban una ciudad subterránea bullendo de actividad.
El propósito de Mount Weather era claro: garantizar la continuidad del gobierno estadounidense en tiempos de crisis. Y sin duda, lo que estaba ocurriendo era precisamente eso: una crisis.
En cuanto el helicóptero aterrizó, condujeron al presidente Lowell hacia un estudio improvisado que habían preparado a toda prisa para su discurso, fuera del núcleo seguro del complejo.
La sala era espartana —montada con extrema urgencia—, pero una gran bandera estadounidense cubría todo el fondo. No hacía falta más.
—Señor presidente, todo está listo. Es la hora —dijo una técnica, que consultó su reloj cuando él entró. Eran exactamente las 20:30.
Lowell se sentó tras el escritorio y repasó el texto una última vez, aunque ya lo había leído.
—¿Y los que no tienen electricidad? —preguntó Lowell a los pocos asesores presentes—. Al fin y al cabo, la mayor parte del país está en esa situación.
—Se está emitiendo por todos los medios posibles, señor —respondió uno de ellos—. Televisión abierta, cadenas de radio, el Sistema de Alerta de Emergencia. Cualquiera que tenga un receptor en funcionamiento debería captarlo.
Lowell asintió con firmeza. Respiró hondo e hizo una señal de que estaba listo.
La técnica lo apuntó con el dedo.
—En directo en 3... 2... 1...
Compatriotas estadounidenses:
Les hablo esta noche en circunstancias que ninguno de nosotros habría podido imaginar.
Durante las últimas horas, Estados Unidos ha sido objetivo de un ciberataque a gran escala dirigido al corazón de nuestra infraestructura nacional.
Los efectos en cascada se sienten de costa a costa, y de forma más inmediata en nuestra red eléctrica.
Equipos de ingenieros, cuadrillas de servicios públicos y unidades de la Guardia Nacional ya están desplegados, trabajando sin descanso para restablecer el suministro eléctrico.
Su primer objetivo es estabilizar la red y restaurar los servicios esenciales.
Hasta que completen esa labor, muchos de ustedes pasarán una noche fría y a oscuras.
Sé lo duro que es para las familias, especialmente para los niños y las personas mayores.
Las agencias de inteligencia han determinado que fue un acto deliberado y cobarde destinado a sembrar el caos y socavar nuestra confianza.
Permítanme ser absolutamente claro: no lo conseguirán.
Los estadounidenses estamos forjados en el coraje, la determinación y un sentido inquebrantable de comunidad.
Los responsables rendirán cuentas. Pero esta noche no se trata de señalar culpables, sino de permanecer unidos, hombro con hombro.
Les pido esta noche que mantengan la calma, que permanezcan en sus hogares salvo que sea absolutamente necesario y que cuiden los unos de los otros.
Por favor, presten especial atención a la salud y seguridad de los niños y las personas mayores.
Si pueden hacerlo sin riesgo, asegúrense de que sus vecinos estén bien.
Protejan a sus mascotas. Quienes necesiten refugio de emergencia encontrarán las puertas de nuestras bases militares abiertas para acogerlos.
Unámonos como una sola nación, como los estadounidenses siempre han hecho en tiempos de adversidad, para superar este desafío. Somos fuertes. Somos resistentes. Si actuamos juntos, con unidad y un mismo propósito, saldremos adelante.
Que Dios los bendiga, y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.
La transmisión terminó y la pantalla mostró el Sello Presidencial. Lowell exhaló un largo suspiro y se dejó caer ligeramente hacia atrás en la silla. Solo entonces se permitió sentir el agotamiento que le calaba hasta los huesos, quizás por primera vez en todo el día.