La saga de la larga noche – Libros I, II y III 44
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Sarah y Laura contemplaban la mesa del comedor, abarrotada de suministros. El polvo lo cubría casi todo: la mayoría de los objetos llevaban años olvidados en el garaje o guardados en cajas. Las dos cogieron trapos y empezaron a limpiar lo peor.

A pesar del desorden, la expedición había sido productiva.

Cinco cubos de plástico y tres grandes contenedores, casi a rebosar de agua, hacían guardia en el despacho.

Sobre la mesa del comedor se extendía su reserva de supervivencia: una colección dispersa de más de cincuenta pilas de varios tamaños, una linterna compacta, tres linternas de camping de alta resistencia, tres botiquines completos, media docena de rollos de cinta americana, dos walkie-talkies que emitían una estática débil, un mechero, una caja llena de velas, un rollo largo de cuerda y dos cuchillos de caza.

Por fin, las chicas se dejaron caer en el sofá.

Las luces de la casa ya habían parpadeado y se habían apagado tres veces en los últimos minutos, y cada parpadeo amplificaba su inquietud.

Pero lo que más las angustiaba era la prolongada ausencia de Emily.

Un simple viaje a la tienda se había convertido en un silencio inquietante, y su preocupación crecía con cada minuto que ella no volvía.

—Voy a coger un jersey —dijo Sarah al notar el frío, y se fue a su habitación.

Mientras estaba fuera, Laura hizo lo que Emily le había pedido antes y encendió la televisión en busca de noticias.

La pantalla cobró vida mostrando un episodio antiguo de The Rookie : John Nolan en plena persecución de coches.

Laura era fan, pero aquel escapismo le parecía fuera de lugar, casi insultante, dadas las circunstancias.

Cogió el mando y fue cambiando de canal con impaciencia hasta que apareció el familiar logo de CNN.

El teletipo que se desplazaba sin cesar por la parte inferior anunciaba: «Apagones generalizados paralizan la nación».

La presentadora Alisyn Camerota estaba informando sobre importantes fallos eléctricos, posiblemente derivados de incidentes en varias centrales nucleares estadounidenses, aunque la causa oficial seguía sin conocerse.

El subtexto, sin embargo, parecía cargado de posibilidades que nadie se atrevía a mencionar.

—Se espera que la Casa Blanca emita un comunicado a las 8:30 PM —anunció Alisyn con voz firme, a pesar de la estática intermitente que distorsionaba la imagen—.

Es la primera actualización oficial desde el mediodía.

Estamos a la espera de más detalles sobre la causa y la respuesta prevista del gobierno.

La imagen se disolvió en estática un momento antes de volver a aclararse. Alisyn cambió de tema mientras un nuevo titular, más alarmante, llenaba la pantalla: «Se informan interrupciones de comunicación a nivel nacional: se sospecha de un ciberataque».

—No tienen ni idea de lo que está pasando —se quejó Sarah, que volvía a la habitación poniéndose una sudadera con capucha—. Todo el mundo anda haciendo conjeturas...

Laura miró a su amiga y luego volvió la vista hacia el televisor.

—Conectamos ahora con Maura Anderson para las últimas noticias.

El rostro de Maura apareció en pantalla, marcado por la urgencia.

—Buenas noches, Alisyn. La situación se está agravando.

Estamos presenciando fallos catastróficos en las redes de comunicación del país.

Va mucho más allá de los cortes de internet y telefonía móvil.

Las redes bancarias han caído: los cajeros automáticos no funcionan, las transacciones en línea son imposibles.

Los hospitales informan de fallos críticos en sus sistemas; no pueden acceder a los historiales digitales de los pacientes, luchan por gestionar la atención sanitaria y están volviendo al papel bajo una presión inmensa.

Y quizás lo más aterrador: incluso donde las líneas fijas siguen funcionando, estamos recibiendo informes confirmados de múltiples ciudades de que los centros de llamadas del 9-1-1 están fuera de servicio.

Las llamadas de emergencia simplemente no llegan.

Esto parece ser un ciberataque muy sofisticado y coordinado contra infraestructuras críticas...

De repente, la señal de Maura se desintegró en una pantalla de estática furiosa y crepitante. Se había cortado la conexión.

Alisyn reapareció, con su fachada profesional visiblemente resquebrajada.

—Parece... parece que hemos perdido el contacto con Maura Anderson durante su informe sobre estos devastadores fallos del sistema, potencialmente vinculados a un importante ciberataque.

Todavía no tenemos confirmación oficial que relacione los apagones, los picos de tensión y este colapso de las comunicaciones.

Para analizarlo, damos paso a nuestro experto en tecnología, Jonas Michaels...

Impacientada por la información fragmentada y la jerga técnica, Sarah cogió el mando y cambió de canal.

Se detuvo en una cadena local que había sustituido la programación habitual por un bucle continuo de anuncios urgentes de servicio público.

Los gráficos instaban a la precaución: «Manténgase alerta.

Evite desplazamientos innecesarios. Reserve las líneas del 9-1-1 solo para emergencias críticas.

Si se va la luz y bajan las temperaturas, compruebe el estado de vecinos ancianos o vulnerables.

Abríguese con varias capas de ropa y mantas; cierre las habitaciones que no use para conservar el calor.

Permanezca atento a las actualizaciones».

Luego cambió a Fox News. Un reportero aparecía de pie, azotado por el viento, frente a la Casa Blanca intensamente iluminada, un faro contra la oscuridad que invadía la ciudad. El rótulo bajo él planteaba una pregunta contundente: «¿TERRORISMO?».

—Fuentes del corazón de la administración sugieren —declaró el reportero con gravedad, inclinándose hacia la cámara— que se trata efectivamente de un importante ataque terrorista en múltiples frentes que está en curso. El gobierno informará al público a las 8:30 PM, hora del Este.

Sarah miró el reloj. Tendrían que esperar unos minutos más.

* * *

El mismo titular se repetía en bucle en la televisión del salón, cada actualización más sombría que la anterior.

Entonces un único estallido brutal retumbó por toda la casa, tan profundo que hizo vibrar los cristales de las ventanas y tiró un marco de fotos de la pared.

No era un trueno, y desde luego no era el petardeo de un coche.

Todas las luces se apagaron de golpe. Durante un instante, Sarah y Laura solo oyeron su propia respiración, hasta que se alzaron voces asustadas desde las casas vecinas.

—Laura... ¿qué ha sido eso?

—No lo sé —dijo Laura, apoyándose en el brazo del sofá para sostenerse—. Fuera lo que fuese, estaba cerca. Aléjate de las ventanas.

Se dejaron caer en el suelo entre la mesa y el sofá, hombro con hombro, aguzando el oído en busca de sirenas o motores. Nada. Solo gritos distantes y el crujido de la madera al asentarse.

Por fin la luz del techo parpadeó y se estabilizó. La televisión se encendió sola y Fox News llenó la habitación con presentadores conmocionados y un rótulo que gritaba ÚLTIMA HORA.

Ninguna de las dos se movió durante un momento; permanecieron agachadas en la alfombra, con el corazón latiéndoles más fuerte que el sonido del televisor, preparadas para lo que pudiera venir después.

Laura la miró de reojo; Sarah estaba sentada muy rígida frente al televisor, con los dedos entrelazados en el regazo. Mantuvo la voz baja.

—Estás pensando en tu madre, ¿verdad?

Sarah asintió.

—Son más de las ocho. Se fue hace más de una hora.

Se le escapó una lágrima; parpadeó para contener las demás.

—Te entiendo. He intentado llamar a la mía una docena de veces... nada —dijo Laura con un nudo en la garganta.

Las dos se acercaron en el sofá y se abrazaron, con las lágrimas cayéndoles en silenciosos regueros mientras la casa permanecía inquietantemente en calma.

Unos minutos después, el cerrojo chasqueó. La puerta principal se abrió y Emily entró arrastrando los pies, con los brazos cargados de bolsas de la compra.

Sarah se levantó de un salto y corrió hacia ella, atropellándose con las palabras de puro alivio. Emily soltó las bolsas y la envolvió en un abrazo feroz.

—Mamá, ¿dónde estabas? Estaba muy preocupada.

Madre e hija se abrazaron, buscando consuelo. Poco a poco se separaron y miraron a Laura, que logró esbozar una sonrisa de alivio.

—Los supermercados grandes están todos cerrados. Tuve que ir buscando por los pequeños, cualquier tienda que siguiera abierta —comentó Emily, interrumpida por otro parpadeo en las luces—. Al final encontré todo lo que necesitaba, gracias a Dios.

Sarah miró a su madre, con la ansiedad aún reflejada en el rostro.

—¿Oíste ese ruido de antes?

—Vino del norte —asintió Emily, intentando mantener la calma.

Los pensamientos se agolpaban en su mente en busca de una explicación.

¿Un transformador que había explotado? Pero el sonido había sido tan profundo que sugería algo mucho más grande, más amenazante.

Aunque ahora no era momento de especular.

—¿Qué fue eso? —preguntó Laura.

—Todo está demasiado caótico ahora mismo, y ponernos nerviosas no va a ayudar —dijo Emily con firmeza, tras una breve pausa—. Chicas, ayudadme a sacar las bolsas del coche y organicemos todo en la cocina.

Las farolas parpadeaban y proyectaban un resplandor inquietante e inestable sobre el vecindario.

Las tres trabajaron coordinadas, trasladando las bolsas del coche a la casa.

La mesa de la cocina se llenó rápidamente de comestibles y provisiones.

Una vez que todo estuvo dentro, cerraron la puerta con llave y se miraron con determinación.

El corazón aún les latía acelerado por la adrenalina.

Contemplaron el botín extendido sobre la mesa y admiraron su trabajo.

—Muy bien, chicas, deberíamos estar preparadas para cualquier problema en los próximos días.

Pero en el fondo, espero de verdad que todo esto sea solo una exageración —dijo Emily, mirando a las chicas, que estaban sudorosas pero consiguieron esbozar tímidas sonrisas—.

Id a ducharos y lavaos bien el pelo. Cuando terminéis, me ducho yo.

Las dos chicas subieron corriendo las escaleras.

Mientras tanto, Emily se puso a organizar las provisiones recién compradas en los estantes de la cocina y llevó al garaje lo que no cabía.

Se sorprendió sonriendo levemente al pensar en lo maravilloso que era vivir en una casa espaciosa en Florida.

Recordó los tiempos de Long Island, cuando vivían en una casa mucho más pequeña.

Poco después, Sarah y Laura bajaron las escaleras, arrebujándose en sus sudaderas en busca de calor.

La tensión en el aire parecía haberse aliviado un poco, sustituida por una cautelosa sensación de calma.

Emily aprovechó para ducharse. La sensación del agua caliente resultaba casi un lujo en aquellas circunstancias.

Después de secarse, recorrió la casa con silenciosa determinación.

En cada baño, cubrió metódicamente los desagües de los lavabos con tela o plástico y empezó a llenar las pilas de agua.

Cada gota podía ser crucial. Cada pequeño acto de preparación era como una victoria contra la incertidumbre que se cernía sobre ellas.

Luego bajó y encontró a las chicas sentadas junto al sofá, absortas en las noticias que seguían emitiendo en la televisión. Más ciudades informaban de apagones. Políticos republicanos y demócratas aparecían en pantallas con interferencias, echándose las culpas unos a otros por la crisis.