La saga de la larga noche – Libros I, II y III 38
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—Señor, acabamos de recibir confirmación del Centro Nacional de Operaciones: un vuelo comercial se ha estrellado cerca de Salt Lake City —dijo el secretario de Seguridad Nacional, Franklin, entrando en el Despacho Oval con urgencia contenida.

—¿Qué? —El presidente levantó la vista bruscamente, dejando caer el bolígrafo sobre el escritorio mientras se ponía de pie.

—Sí, señor —continuó Franklin con gravedad—. A pocas millas del aeropuerto, al parecer. Todavía no hay una causa oficial, obviamente, pero los informes iniciales sugieren... que podría haber habido una discrepancia entre la posición que indicaba la aeronave y su trayectoria real.

—Pero eso aún no está confirmado, señor —añadió rápidamente.

—¿Cuántas personas? —preguntó Lowell, con el rostro sombrío.

—Aún no tenemos el manifiesto final. Era un Airbus A220 de una aerolínea nacional. Capacidad de entre 100 y 120 pasajeros... quizás más, según la configuración.

—Maldita sea —masculló el presidente—. ¿Has dicho que la posición no cuadraba? ¿Qué demonios significa eso? ¿El tiempo? ¿Fue la nieve?

—Los primeros indicios apuntan a que no fue el tiempo, señor. De algún modo... una discrepancia entre los sistemas de navegación y la realidad.

El presidente rodeó el escritorio y se acercó a Franklin.

—¿De qué sistemas estamos hablando?

—Los informes mencionan tanto los sistemas del avión como el radar de tierra, señor.

—¿Los dos? ¿Cómo es posible? —Lowell intentaba asimilarlo—. Franklin... ¿tiene esto que ver con los ciberataques? Porque si existe la más mínima posibilidad de que así sea, tenemos que dejar en tierra todos los aviones. Ahora mismo.

—Señor, ordenar una suspensión total de todo el Sistema Nacional del Espacio Aéreo basándonos en un único informe preliminar...

—Franklin hizo una pausa, midiendo sus palabras—.

Las consecuencias inmediatas en cadena: transporte, mercancías, la economía, el orden público...

paralizaría el país al instante. Francamente, señor, eso desataría otro tipo de infierno a escala nacional.

Sostuvo la intensa mirada del presidente.

—Necesitamos confirmación de esta anomalía de navegación antes de desencadenar una respuesta así.

— Tu infierno es el caos en tierra, Franklin —replicó Lowell con voz baja y dura—. El mío son aviones cayendo del cielo porque falla la navegación en pleno vuelo de toda la flota.

Franklin le sostuvo la mirada en silencio; el peso de las palabras del presidente quedó suspendido entre ellos.

Lowell rompió el silencio tras unos instantes.

—¿Cómo está cubriendo la prensa el accidente?

—La cobertura es fragmentaria, señor presidente —informó Franklin—. Con el servicio móvil tan inestable, apenas están saliendo imágenes en directo. Sobre todo informes locales iniciales... De momento, nada que lo relacione con el contexto general.

—Menos mal —murmuró Lowell con gravedad.

Volvió a clavar la mirada en Franklin, con expresión pétrea.

—Consígueme confirmación de esa discrepancia en los sistemas. Ya.