30
—Lowell… —la voz de Elise sonó queda al entrar en el Despacho Oval.
El presidente le indicó con un gesto la silla frente a su escritorio. Elise se dejó caer en ella y respiró hondo. No necesitaba preguntar por qué la habían convocado.
—Tenías razón —comenzó él, con la mirada fija en la de ella—. Dios sabe cuánto deseaba que te equivocaras, pero no fue así. El «antídoto» de Franklin… resulta que fue peor que inútil.
—Te lo dije.
Elise asintió lentamente.
—Le pedí a mi equipo de ciberseguridad en la NASA que le echara un vistazo —dijo con cautela—. Analizaron los vectores de ataque y aplicaron ingeniería inversa al código de neutralización que desarrolló la gente de Franklin.
—¿Y? —la instó Lowell.
—Conceptualmente, su contramedida no tenía fallos —explicó Elise—.
Pero los atacantes se la anticiparon. Al ejecutar el código de Franklin, este actuó como una llave que activó una carga secundaria oculta en el malware inicial.
El primer ataque fue la fase uno: infiltración e implantación de la carga real.
Nuestro intento de arreglarlo desencadenó la fase dos.
—O sea que caímos de lleno en su trampa. Activamos el arma real nosotros mismos.
La voz de Lowell estaba crispada de rabia.
—Exactamente —confirmó Elise en voz baja—. Contaban con una respuesta convencional.
—Y la obtuvieron —replicó Lowell apartando la silla bruscamente, visiblemente alterado—. ¿Desplegaste esa contramedida en nuestra red de satélites?
—No —dijo Elise—. La telemetría anómala que estábamos rastreando cesó de golpe antes de que implementáramos la actualización. Seguimos analizando los registros para confirmar si fue actividad maliciosa o un fallo del sistema, pero de momento todo parece estable. Mi equipo está investigando a fondo.
Lowell se levantó y dio unos pasos antes de detenerse frente a su vieja amiga.
—Elise, necesito que lideres un grupo de trabajo específico. Que me informe directamente a mí. Tenemos que neutralizar esta amenaza, en todas sus fases.
—¿Y el DHS? ¿Y el Comando Cibernético? —preguntó Elise, que conocía los protocolos.
—¡Al diablo con el DHS ahora mismo! —estalló Lowell, aunque enseguida se contuvo, si bien su voz siguió siendo dura—. Ya se pondrán al día. No tenemos tiempo para peleas entre agencias ni para ir probando. Esto requiere rapidez y precisión.
Se acercó a la ventana y señaló hacia fuera.
—Ya nos enfrentamos a una posible catástrofe con la red eléctrica. Esa tiene que ser la prioridad inmediata. Si no restablecemos el suministro, millones de personas podrían morir de frío esta noche en el noreste. No podemos permitirnos más contratiempos.
El silencio se prolongó un momento mientras Elise asimilaba la magnitud de la tarea. Lowell se volvió desde la ventana.
—Reúne a tu equipo. Gente en la que confíes ciegamente. Tráelos a DC, cueste lo que cueste. Y Elise, asegúrate de que todos entiendan que esto es alto secreto. Que no se filtre nada. No puedo permitirme ver esto en primera plana del New York Times.
—Entendido, señor presidente.
—Confío en ti, Elise. Más que en nadie ahora mismo.
Una leve sonrisa asomó a sus labios. Lo sabía.
—No te defraudaré. Gracias por confiar en mí.
Dicho esto, se levantó y salió mientras repasaba mentalmente sus primeras llamadas. En cuanto la puerta se cerró tras Elise, Lowell ya estaba de nuevo en el intercomunicador.
—Carrie. Comunícame con Franklin. Ahora.