28
La sala de control de Tampa Electric estaba cargada de tensión, con el aire denso por el olor a café rancio y a electrónica recalentada.
Chen, el ingeniero jefe, se inclinaba sobre el hombro de Sarah, una técnica junior, con los ojos clavados en el aviso rojo que parpadeaba en el mapa principal de la red.
—Otra sobretensión en la línea de Westshore —murmuró—. Ya es la cuarta en media hora.
Chen no apartó los ojos del panel principal.
—Recibido. Redirige por Davis Islands. Intenta drenar el exceso.
—Lo intento, pero todo el corredor este está inestable —respondió el operador técnico, con los dedos volando sobre el teclado—. Esto es como hacer malabares con granadas.
Al otro lado de la sala, Tom, el jefe de turno, se frotaba las sienes.
—No somos los únicos. Me llega lo mismo de Duke Energy en Orlando. Toda la puñetera red se está viniendo abajo.
—¿Crees que esto es por el cierre de plantas de los federales? —preguntó Sarah.
—Tiene que serlo —respondió Tom—. Desconectaron docenas de plantas en todo el país para reequilibrar la carga, pero las cuentas no salen.
—Burócratas de mierda —murmuró alguien desde el fondo.
Sarah mostró el estado de la red nacional en su pantalla principal.
—Mira: Georgia nos está enviando energía para cubrir el déficit, pero estas líneas de transmisión no están diseñadas para esta carga. Las estamos forzando muy por encima de los límites de seguridad.
—O sea, ¿seguimos poniendo parches hasta que reviente todo? —Chen silbó por lo bajo.
—Más o menos —dijo Tom con gesto sombrío—. Órdenes del DOE, de alguien de muy arriba. Un contacto me ha dicho que están desesperados, intentando conseguir energía hasta de Canadá , por el amor de Dios. Pero no puedes darle a un interruptor y sustituir tanta carga base en unas horas.
Otra alarma chilló: una subestación cerca del puerto. El gráfico de voltaje en pantalla se disparó hacia la zona roja.
—Joder —soltó una voz cercana—. Si esa cae, medio centro se queda a oscuras.
—Pues que no caiga —espetó Chen.
Tom cogió el auricular.
—Despacho, aquí Control. Necesitamos reducción de carga inmediata en el circuito de Bayshore, ya . Inicien apagones rotativos antes de que se nos fría algo de forma permanente.
Sarah negó con la cabeza.
—La gente va a poner el grito en el cielo... Seguro que ya estamos quemando equipos caros por ahí fuera.
—Que se quejen a Washington —replicó Tom—. Nosotros solo intentamos que no se apaguen las luces. Y por los pelos.
Todos se quedaron mirando el mapa de la red: un mar de avisos rojos que parpadeaban y se extendían por toda la pantalla.