23
John entró en su casa y cerró la puerta, dejando atrás la tensión persistente de la ciudad.
La luz del sol se filtraba a través de las cortinas medio corridas, proyectando largas sombras sobre el suelo de madera.
Emily estaba acurrucada en el sofá frente al televisor, intentando dividir su atención entre un libro abierto en su regazo y las actualizaciones de noticias urgentes que no paraban de desfilar por la pantalla silenciada.
Al oír la puerta, levantó la vista y su rostro se iluminó con una cálida sonrisa.
—Hola —lo saludó mientras dejaba el libro a un lado—. ¿Qué tal tu día?
Su intento de parecer relajada no logró ocultar del todo la tensión del día, que se reflejaba claramente en el rostro de John.
—Movido —suspiró—. El general no apareció. Su ayudante llamó horas después para reprogramar.
—Vaya, qué fastidio —dijo Emily con empatía, mientras su sonrisa se desvanecía ligeramente—. Bueno, al menos está reprogramado, ¿no?
—Sí, para mañana por la mañana —confirmó John mientras iba hacia la cocina a por un vaso de agua—. Sinceramente, con la luz parpadeando y todo lo demás que está pasando, no me sorprende que no pudiera venir.
—Ni me lo digas. Mis clases se cancelaron esta mañana.
—¿En serio? —John la miró desde la cocina—. Ah, eso explica los fuegos artificiales que vi y a todos los estudiantes que celebraban como locos en las calles —soltó una risa corta y cansada—. Vale, ahora en serio. ¿Los dejaste salir antes?
—Prácticamente no me quedó otra —dijo Emily—. El equipo estaba fallando, y la verdad es que todos estaban demasiado nerviosos para concentrarse. Solo querían irse a casa.
—Parece que algunas cosas están volviendo a funcionar —dijo John, señalando con la cabeza hacia una lámpara que brillaba sin parpadear—. Vi algunas tiendas que empezaban a abrir de camino a casa, y los semáforos funcionaban.
—Eso parece —coincidió Emily con cautela.
Volvió al sofá y se inclinó para besarla.
—¿Apocalipsis eléctrico? Esto es culpa tuya, sin duda, señorita experta en redes eléctricas.
—Si echarle la culpa a alguien te hace sentir mejor, la acepto encantada —replicó Emily, y su risa llenó la habitación de calidez por un momento.
—Quizás podrían aprender una o dos cosas de ti —bromeó John, devolviéndole la sonrisa. Se dejó caer en el extremo opuesto del sofá, se aflojó la corbata y empezó a desatarse los zapatos. Un suspiro cansado se le escapó mientras se recostaba contra los mullidos cojines.
—Parece que todo el país anda de cabeza, intentando averiguar qué demonios pasó hoy —admitió mientras se frotaba las sienes.
—Va a ser un proceso largo y complejo —confirmó Emily, mientras su mente ya repasaba posibilidades técnicas y pensaba en quién conocía con la experiencia adecuada para siquiera empezar a analizarlo. Entonces cayó en la cuenta de por qué John estaba en casa antes de lo esperado.
—¡Oh! ¡El partido! ¿Sigues pensando en ir esta noche? —preguntó.
—Estaba pensando seriamente en cancelar, con todo lo que está pasando... —admitió John—. Pero las cosas parecen más tranquilas ahora... más o menos. Y Jack me mata si me echo atrás.
—Desde luego que sí —rio Emily, imaginándose la reacción de su hijo—. Pero en serio, John, ¿crees que es prudente ir hasta Orlando esta noche? ¿Con todo lo que está pasando?
—Bueno —dijo John con una media sonrisa irónica—, en el peor de los casos, ¿perdemos unas horas conduciendo hasta un partido que se cancela en el último minuto?
Mejor eso que quedarnos en casa preocupándonos, ¿no?
—añadió—. Además, si el Magic logra ganar a los Warriors esta noche y nos lo perdemos, Jack me sirve la cabeza en bandeja.
Emily esbozó una sonrisa débil.
—¿Estás seguro siquiera de que el partido sigue en pie?
—Confirmado —suspiró John con fingida gravedad—. Lo oí en la radio de camino a casa.
—Maldita sea —gimió Emily, fingiendo decepción—. Supongo que tendrás que hacer ese sacrificio épico por el vínculo padre-hijo —replicó con puro sarcasmo—. Aunque no sé quién está más emocionado, si tú o él.
Por fin, a John se le escapó una risa genuina.
—Vale, culpable. Debería ser un partido fantástico, siempre que las luces del estadio aguanten encendidas.
Pero cuando la risa se desvaneció, la expresión de Emily volvió a ponerse seria, y aquella inquietud persistente regresó. Todo parecía normal en la superficie, pero la «solución» rápida se sentía inquietantemente frágil.
—Solo... ¿me lo prometes? —dijo con voz más suave—. A la primera señal de problemas, parpadeos de luz, comportamiento raro del móvil, atasco de tráfico... ¿das la vuelta? ¿Inmediatamente?
—Palabra de scout, Em —le aseguró John rápidamente, sosteniéndole la mirada preocupada—. Ya me conoces.
—Ese es exactamente el problema —dijo ella, aunque una pequeña sonrisa le bailaba en los labios—. Te conozco demasiado bien.
Como si lo hubiera invocado la mención del partido, Jack irrumpió en la habitación, ya vestido con su brillante camiseta azul del Orlando Magic, casi rebotando de energía contenida.
—¡Papá! ¡Estás aquí! ¡Vamos, vamos! El tráfico va a estar de locos, ¡mira! —soltó de golpe mientras le plantaba el teléfono delante a John.
John entrecerró los ojos para ver la pantalla de Google Maps que Jack le mostraba.
—Vaya, ¿más de dos horas ya? ¿Y subiendo?
—¿Ves? —exclamó Jack con ansiedad.
Emily se acercó, sorprendida, y miró la pantalla del teléfono por encima del hombro de John. Volvió a fruncir el ceño.
John se levantó del sofá con un gemido cansado; el breve momento de descanso ya había pasado.
—Vale, vale, mensaje recibido. Está claro que tenemos que salir ya —dijo mientras se dirigía hacia el dormitorio—. Dame sesenta segundos para cambiarme a algo un poco menos «ejecutivo» y más «fan del Magic», ¿vale?
* * *
Se metió en el dormitorio y reapareció un minuto después con una camiseta gris con el clásico logo de Jeep, vaqueros gastados y una gorra verde musgo. Cogió una chaqueta ligera del armario.
—¿Y Sarah? No la he visto por aquí —preguntó John a Emily mientras volvía al salón. Ella había silenciado el televisor, y el silencio repentino solo acentuaba la tensión que aún flotaba en el aire.
—Está en casa de Laura, ayudándola con los deberes de mates —respondió Emily.
John sonrió levemente; Sarah siempre estaba pendiente de su mejor amiga.
Laura vivía a dos casas de allí, y para su madre las cosas no habían sido fáciles desde el divorcio.
La expresión de Emily cambió ligeramente—.
Ah, llamó Nancy. Se ha quedado atrapada en Chicago.
Le cancelaron el vuelo, no va a poder volver hoy.
—¿Chicago? ¿Qué demonios hace en Chicago? —dijo John, sorprendido.
—Una de esas grandes conferencias de ejecutivos que tanto te gustan —dijo Emily con cierta sequedad—. Parece que allí arriba las cosas estuvieron incluso peor esta mañana. En fin, la empresa le ha reservado hotel y le han cambiado el vuelo para mañana. Laura se queda aquí esta noche, obviamente.
—Vale, de acuerdo. Bueno, dile a Nancy que no se preocupe por coger el primer vuelo que salga ni nada de eso: Laura está sana y salva aquí con nosotros.
—Lo sabe —dijo Emily con suavidad—. Pero bueno… ya sabes que ha sido duro para ellas, ahora que están solas.
—Lo sé —asintió John en voz baja.
Justo antes de dirigirse a la puerta, John echó un vistazo instintivo a la pantalla del televisor en silencio.
Los rótulos urgentes de última hora parecían haberse calmado, sustituidos por analistas que ya empezaban a diseccionar la crisis del día y a repartir culpas.
Al parecer, todo había «vuelto a la normalidad».
El caos desatado por la mañana parecía un recuerdo lejano, aunque inquietantemente próximo.
Se apartó de la pantalla y buscó la mirada de Emily, atrayéndola hacia un abrazo breve pero firme. Ella se apoyó contra él un instante, en un reconocimiento silencioso del estrés que los dos sentían.
Al separarse, John vio a Jack junto a la puerta principal, casi temblando de impaciencia. Emily se esforzó por sonar animada:
—¡Que os divirtáis en el partido, chicos!
Pero un deje de preocupación se colaba en sus palabras. No había ninguna razón concreta para no ir, pero el día había dejado un poso inquietante.
Cuando John abrió la puerta y Jack salió disparado al porche, Emily se acercó de nuevo y le puso la mano en el brazo con suavidad. El gesto transmitía tanto afecto como preocupación.
—Tened cuidado, ¿vale? —le susurró, solo a él.
—Siempre, Em —respondió, intentando sonar despreocupado aunque no lo sentía del todo. Le dedicó una sonrisa fugaz—. ¿Qué podría salir mal?