La saga de la larga noche – Libros I, II y III 24
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Riley llegó por fin a la caja del supermercado con el carrito lleno de lo básico.

Respiró aliviada al ver el terminal de tarjetas encendido; durante toda la mañana solo se había podido pagar en efectivo por los apagones generalizados, pero en las noticias decían que los sistemas estaban volviendo a funcionar.

Quizá las cosas de verdad estaban normalizándose.

La cajera, una joven que parecía llevar ya un turno de doce horas, escaneó los artículos mecánicamente.

—Cincuenta y dos con dieciocho —anunció con voz cansada.

—Volvéis a aceptar tarjetas, ¿verdad? —preguntó Riley, que necesitaba oírlo de su boca.

—Ay, gracias a Dios, sí —murmuró la cajera, inclinándose sobre el mostrador—. No te imaginas cómo ha sido esta mañana. ¿Decirle a la gente que solo aceptábamos efectivo? Te juro que pensé que me iban a dar un puñetazo un par de veces.

—La gente está cada vez peor —murmuró Riley con empatía mientras metía la tarjeta de débito en el lector, aferrándose a ese atisbo de esperanza. La pantallita se iluminó:

AUTORIZANDO... POR FAVOR, ESPERE.

Los pocos segundos de siempre se alargaron... y se alargaron. Se hizo un silencio incómodo, roto solo por el pitido rítmico del escáner de otra caja. La cajera tamborileaba impaciente con los dedos sobre el mostrador.

De pronto, el terminal emitió un pitido agudo y tajante. Unas letras rojas brillantes parpadearon en la pantalla:

TRANSACCIÓN FALLIDA. SISTEMA EMISOR NO DISPONIBLE (Código: 91).

—¡No me lo puedo creer! ¡Otra vez no! —gimió la cajera, dando un manotazo en el mostrador—. ¡Si ha estado funcionando perfectamente la última hora! ¡Te lo juro! La red se habrá caído otra vez.

Soltó un largo suspiro; la breve esperanza se había esfumado de sus ojos. Miró a Riley y preguntó con desgana:

—¿No tendrás efectivo, por casualidad?

—Maldita sea —murmuró Riley entre dientes mientras rebuscaba en el bolso y sacaba los pocos billetes arrugados que llevaba para emergencias—. Eso me pasa por fiarme de lo que leo en internet.

—Sí. Otra vez solo efectivo, supongo —comentó la cajera con un deje de decepción mientras cogía los billetes que Riley le tendía y empezaba a contarlos—. Y aún me quedan tres horas largas de turno...