La saga de la larga noche – Libros I, II y III 3
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John Winter entró en la cocina trasteando con su corbata de un rojo llamativo. Llevaba una camisa blanca impecable y un traje gris oscuro, un conjunto que no se había puesto en bastante tiempo.

—¿Qué tal me queda? —preguntó, señalando la corbata mientras miraba a su esposa, Emily, que estaba untando queso de untar en un bagel.

Emily y sus dos hijos, Jack y Sarah, estallaron en carcajadas. No era solo que John llevara traje —algo bastante inusual en él—, sino que la corbata torcida era la guinda del pastel.

—Ay, John, ¿se te ha olvidado cómo hacer el nudo? —bromeó Emily, levantándose para arreglar aquel desastre. No tenía arreglo.

John tenía una presencia que se hacía notar antes incluso de cruzar la puerta. Alto y corpulento, con el pelo oscuro, se movía con un aplomo que bien podría ser un resto de sus años en el ejército.

Los Winter vivían en Harbour Island, Florida, en una casa de aire distinguido.

La cocina, el corazón del hogar, lucía encimeras color marfil y armarios de caoba sobre azulejos de un azul intenso.

Un gran frutero rebosante de manzanas rojas y brillantes coronaba la elegante isla de granito, aportando un toque de color.

El amplio y acogedor salón tenía sofás beige mullidos y mesas de centro de roble oscuro.

Las paredes estaban llenas de fotos familiares que contaban historias de momentos compartidos.

Unos ventanales enormes dejaban que el sol de Florida inundara la estancia con una cálida luz dorada.

—Entonces, ¿la «gran reunión» es hoy? —preguntó Emily mientras le enderezaba la corbata. Se notaba que estaba nervioso.

—Sí, hoy presentamos los resultados preliminares al Ejército y pedimos más financiación para seguir adelante —respondió John con una leve sonrisa—. Gracias, cariño.

Emily le devolvió la sonrisa, le dio un par de palmaditas en el pecho y le alisó la corbata.

—Seguro que vas a llamar la atención en la oficina —le dio un beso en la mejilla—. Deberías arreglarte así más a menudo —bromeó.

Emily volvió a su asiento mientras John cogía una manzana roja y brillante del frutero. Le dio un buen mordisco sin pensárselo dos veces, y el crujido resonó en la habitación silenciosa.

—Papá, ¿por qué vas... vestido así? —preguntó Jack, señalando el traje de su padre.

—No te metas donde no te llaman —le espetó Sarah.

—Jack, tiene una reunión importante en el trabajo —intervino Emily, alzando un poco la voz para cortar la pelea antes de que empezara—. Y Sarah, sé amable con tu hermano.

Jack le lanzó a su hermana una mirada de suficiencia. A sus quince años, con un metro setenta y cinco de estatura, tenía un cuerpo delgado y atlético, muy parecido al de su padre. Sus ojos de un azul intenso resaltaban sobre la piel bronceada, prueba de las muchas horas pasadas en la playa.

Su hermana Sarah, de diecisiete años, era casi una adulta. Se parecía mucho a Emily. Un poco más alta que su madre, tenía el mismo cabello castaño ondulado que le caía por debajo de los hombros. Sus ojos azules, idénticos a los de su hermano, brillaban con inteligencia y agudeza.

Como su madre, Sarah era brillante y decidida, una chica que sabía lo que quería. Siempre había destacado en el colegio, sobre todo en matemáticas y física, lo que le abría las puertas de universidades de élite como el MIT o Caltech para el año siguiente.

—¿Eso es todo lo que vas a desayunar? —le preguntó Emily en tono burlón.

—Llego tarde —dijo John. Cogió las llaves y se dirigió a la puerta.

—Todavía tienes tiempo, John —replicó Emily, echando un vistazo al reloj de la pared.

—Papá, no te habrás olvidado del partido de hoy, ¿verdad? —gritó Jack, intentando pillar a su padre antes de que se fuera. John le había prometido llevarlo a ver a los Magic contra los Warriors en el Orlando Sports Arena, a poco más de ciento sesenta kilómetros.

—Claro que no. Salimos a las cuatro como muy tarde —respondió John.

—John, no te olvides de la cena con Clara y Paul mañana por la noche —le recordó Emily—. ¿Puedes traer una buena botella de vino de camino a casa?

Pero él ya había salido. El ruido del motor arrancó y se fue apagando a medida que el coche salía del camino de entrada, rompiendo la calma de la mañana. Emily lo vio marcharse desde el umbral de la puerta y luego se volvió hacia la mesa del desayuno, llena de restos.

—Sarah, Jack, recoged vuestros platos y limpiad este desastre. Tenemos que salir en diez minutos —dijo, volviendo a mirar el reloj—. Os dejo en el instituto de camino a la USF. Hoy tengo que poner un examen.

—Pobrecitos —comentó Sarah con una mirada traviesa hacia su madre. Sabía lo dura que podía ser con sus alumnos.

—El mundo no mima a nadie, cariño. Apunta alto —respondió Emily.

Se rio, pero su mirada era seria. Como directora de Investigación en Ingeniería de la Universidad del Sur de Florida, Emily creía firmemente en el poder del conocimiento.

Sabía que el conocimiento era la llave que abría puertas, no solo hacia el éxito, sino para superar cualquier desafío en la vida.

Emily y John Winter se habían casado hacía dos décadas en Long Island. Los dos eran ingenieros: ella, eléctrica; él, mecánico.

Emily se hizo un nombre rápidamente en el sector de la distribución energética, llegando incluso a asesorar a Thomas Lowell cuando este era gobernador de Florida. John, por su parte, entró en el ejército, donde ascendió gracias a su excepcional habilidad táctica hasta obtener la Medalla de Honor.

La familia creció con la llegada de Sarah y, poco después, de Jack.

Priorizando a la familia, John dejó el ejército y aceptó un puesto en SAIC, una empresa contratista de defensa de alta tecnología.

Al mismo tiempo, la carrera de Emily en la NYU despegó.

Su profundo conocimiento de las vulnerabilidades de la red eléctrica estadounidense llamó la atención del Congreso, lo que impulsó notablemente su reputación.

Los Winter vivieron bien en Long Island durante años.

Pero un caluroso día de julio, una llamada inesperada lo cambió todo.

Habían elegido a John para liderar un proyecto nacional de alto riesgo.

Era el tipo de oportunidad con la que siempre había soñado.

¿El inconveniente? El proyecto estaba en Tampa, Florida.

No fue una decisión fácil. Sopesaron todos los posibles trastornos, pero el atractivo de un nuevo reto era muy fuerte. Emily tenía ofertas de universidades de todo el país, y Florida parecía un lugar más seguro para criar a los niños. Así que decidieron dar el salto.

La mudanza no estuvo exenta de dificultades.

El ritmo más pausado de Tampa supuso un gran cambio respecto a la energía de Long Island, y los niños echaban de menos a sus amigos.

Pero Harbour Island, exuberante y a orillas de Tampa Bay, les pareció un refugio.

Facilitó la transición e hizo que el traslado mereciera la pena.

John siguió cosechando reconocimientos militares por su trabajo, mientras que Emily prosperaba como directora de Investigación en Ingeniería de la Universidad del Sur de Florida.

A pesar de todo, en este capítulo inesperado de sus vidas, la familia Winter encontró calidez, nuevas ilusiones y un lugar al que llamar hogar.

—¡Vamos, vosotros dos! —gritó Emily, algo frustrada. Siempre era el mismo agobio para salir de casa; siempre había algo de última hora.

—Tengo cosas que hacer, ¿sabéis? —añadió Emily, frunciendo el ceño.

Los tres se metieron en su Corolla plateado, un coche tan impecable que delataba el perfeccionismo de Emily.

—Mamá, mi móvil no funciona —se quejó Jack, mirando la pantalla con el ceño fruncido—. No puedo enviar mensajes.

—Anda, que se acaba el mundo —le soltó su hermana con sarcasmo, sacando su propio móvil. Se le cambió la cara al mirar la pantalla—. Espera, el mío tampoco.

Los dos móviles mostraban el mismo temido mensaje: «SIN SEÑAL».

—Si pierdo la señal, mi mundo sí que se acaba —murmuró Emily.

Dependía del móvil para comunicarse con estudiantes e investigadores.

Prefería hablar cara a cara, pero había ido notando que sus alumnos más jóvenes parecían incómodos con las conversaciones en persona.

Los tiempos estaban cambiando, sin duda.

Mientras cruzaban el puente sobre el Garrison Channel, dejando atrás Harbour Island en dirección al centro de Tampa, Jack gritó de repente, sacando a Emily de sus pensamientos.

—¡Ha vuelto! —gritó, con los ojos clavados en el móvil. Dos barras de cobertura se encendieron en la esquina de la pantalla, y enseguida empezó a disparar mensajes a sus amigos.

—Habrá sido solo un fallo —dijo Emily, aliviada—. Seguro que hay algún pobre equipo de soporte técnico intentando arreglarlo en este momento.