4
Cuando el presidente Thomas Lowell pasó junto al escritorio de su secretaria, la luz de la mañana iluminó las marcas del peine en su cabello negro.
Su aspecto siempre reflejaba la diligencia y la meticulosidad con que desempeñaba sus funciones.
El traje impecablemente confeccionado no era solo un símbolo de poder, sino una muestra del profundo respeto que sentía por la presidencia.
—Buenos días, Carrie —saludó con su habitual sonrisa mañanera.
Carrie, una mujer de rasgos afilados que delataban años de experiencia, alzó la vista hacia el presidente. Sus ojos penetrantes, enmarcados por unas gafas y el cabello recogido en un moño pulcro, se encontraron con los de él.
—Buenos días, señor presidente —respondió, devolviéndole la sonrisa.
Se levantó de inmediato, cogió una carpeta de su escritorio y se puso a caminar a su lado rumbo al Despacho Oval.
Tras su fachada profesional, Carrie albergaba una profunda admiración por Lowell.
Llevaba a su lado más de quince años, desde su época como gobernador de Florida, pasando por su mandato en el Senado hasta llegar al cargo más alto del país.
Ya en el despacho, Lowell se acomodó tras su escritorio y miró a Carrie.
—Señor presidente, su agenda para hoy...
—Hizo una breve pausa para asegurarse de que le prestaba toda su atención—.
Primero, una reunión informativa con el secretario de Estado Alexander.
Ya está esperando a que le haga pasar. Después, a las diez de la mañana, tiene una cita con el embajador jordano.
El tema principal es el ciudadano estadounidense detenido injustamente. Es una situación delicada.
Lowell asintió con gesto grave.
—Esta tarde —continuó— tratará nuevas iniciativas sanitarias para las zonas rurales. Y por último, a las cinco, una reunión estratégica con sus asesores económicos para abordar la estabilización de la inflación.
Lowell suspiró para sus adentros. Iba a ser un día largo. Al embajador jordano le encantaba sacarlo de quicio, y hablar de economía iba a ser tan agradable como sacarse una muela.
—De acuerdo, Carrie. ¿Ya ha vuelto Helen? —preguntó, refiriéndose a su jefa de gabinete.
—Sigue en el extranjero, señor.
—Gracias —respondió Lowell, esbozando una pequeña sonrisa—. Haz pasar a Alexander.
Carrie asintió con discreción y salió del despacho. En cuanto la puerta se cerró tras ella, la mirada de Lowell se posó en las fotografías enmarcadas sobre su escritorio. Una recogía un momento radiante de su boda con Tara; la otra mostraba a Susie, su querida hija, pillada en plena carcajada.
Sumido en aquellos recuerdos, un suave golpe en la puerta lo arrancó del ensimismamiento. La puerta se abrió y apareció su secretario de Estado, Alexander.
—Señor presidente, buenos días —saludó Alexander.
Alto, con un aire de serena competencia, las sienes canosas y los penetrantes ojos azules de Alexander denotaban experiencia y sabiduría. El secretario de Estado no era solo un aliado leal; había acompañado a Lowell en los momentos más difíciles de su presidencia.
—Buenos días, Alexander —respondió Lowell, poniéndose en pie. Los dos hombres se estrecharon la mano con firmeza. Cuando iban a sentarse, una asistente entró con discreción portando una bandeja con dos tazas de café humeante.
—Su café, señor presidente —dijo, colocando una taza frente a Lowell.
—Me salvas la vida, Luna —le agradeció Lowell con una cálida sonrisa mientras ella servía a Alexander y salía en silencio. El intenso aroma del café recién hecho aportó una pequeña nota de confort a la imponente estancia.
El ambiente pareció enfriarse en cuanto Luna cerró la puerta. Alexander esperó a que el eco de sus pasos se apagara en el pasillo antes de hablar.
—Señor presidente —comenzó—, acaba de llegarme algo. Estoy muy preocupado.
—¿De qué se trata, Alexander? —preguntó Lowell, dando un sorbo al café.
—El Dr. Kennedy se ha puesto en contacto conmigo. —Alexander titubeó, midiendo sus palabras—. Al parecer, tenemos un problema en dos de nuestras centrales nucleares.
—¿Cómo? —Lowell casi se atragantó con el café.
—Ahora mismo —reveló Alexander, con gesto preocupado—, las centrales nucleares de Susquehanna y Calvert Cliffs están sufriendo un ciberataque.
Lowell conocía bien al Dr. Liam Kennedy, el secretario de Energía. Si Kennedy había considerado necesario alertar a Alexander a esas horas, la cosa era grave. Atónito, Lowell clavó la mirada en su secretario de Estado.
—¿Cuál es el impacto?
—Señor presidente, nuestras instalaciones nucleares cuentan con múltiples capas de seguridad. De momento, no prevemos ningún riesgo grave inminente.
El semblante de Lowell se ensombreció aún más. Justo cuando iba a responder, Alexander lo interrumpió con voz tensa, cargada de urgencia.
—Pero eso no es todo, Lowell.
—Por el amor de Dios, Alexander, ¿qué más? —exigió Lowell, presintiendo que la crisis iba a más.
—Estamos detectando ciberataques en otras centrales eléctricas. —Alexander tragó saliva antes de continuar—. El suministro eléctrico se está volviendo inestable en varias zonas del país.
La frustración de Lowell era patente.
—¿Por qué me entero de esto ahora? ¿Cuándo ha empezado?
Algo desconcertado por la intensidad del presidente, Alexander respondió:
—Mis disculpas, señor. Al parecer, empezó hace aproximadamente una hora. —Echó un vistazo al reloj—. Nos avisaron hace menos de treinta minutos.
Lowell respiró hondo y asintió, consciente de la gravedad de la situación. Pulsó el botón del intercomunicador en su escritorio.
—Carrie, por favor cancela mi agenda de la mañana. Ha surgido algo grave.