La Ruta de los Manuscritos (El Secreto de San Millán: Tomo VI) BLOQUE 3
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La vinculación directa entre Eduardo y el material que Leandro les había entregado apareció dentro de las propias reproducciones familiares.

Mauro fue quien lo advirtió.

Durante la colaboración iniciada en Valvanera habían recibido imágenes de documentos de distintas épocas.

Algunas reproducían inventarios que posteriormente pudieron comprobar por otras vías.

Otras contenían nombres conocidos.

Una hoja mecanografiada había quedado clasificada entre ellos como:

resumen familiar sin procedencia comprobada

No tenía membrete.

Conservaba correcciones a lápiz.

Mauro amplió la parte inferior.

—Mirá la firma.

Era Eduardo Velasco.

La misma persona que décadas atrás había escrito a la oficina técnica.

Irene acercó la silla.

El documento resumía consultas realizadas en distintas instituciones y registraba resultados parciales.

Una observación decía:

La dificultad no está en demostrar que el volumen existió después de la última custodia conocida, sino en seguir las referencias bajo las que fue descrito posteriormente.

Sebastián sintió un reconocimiento inmediato.

Eduardo había llegado décadas antes al mismo problema de identidad documental.

Otra anotación decía:

No buscar solo por nombre o procedencia. Seguir daños y reparaciones.

Irene permaneció mirando.

Eso explicaba por qué Eduardo conocía la reparación del lomo y la señal hundida.

Había trabajado con rasgos físicos.

No únicamente con una tradición familiar.

Había investigado.

Su trabajo podía contener errores y estar condicionado por una hipótesis genealógica propia.

Pero era investigación documental real.

Mauro abrió otra reproducción proporcionada por Leandro.

Las iniciales E. V. aparecían en una esquina.

La hoja contenía una tabla de nombres y entregas.

Algunos datos coincidían con fuentes independientes.

Otros todavía no.

En la parte superior aparecía:

Comprobar si la línea de custodia familiar se interrumpe por restitución.

Sebastián apoyó la espalda en la silla.

Ésa era la pregunta central de Eduardo.

No había dado por demostrada la continuidad.

La estaba intentando comprobar.

Si existía una restitución, la hipótesis familiar se debilitaba.

Si no podía encontrarse, quedaba abierta una posibilidad que debía investigarse.

Sebastián, Irene y Mauro ya habían localizado documentos que mostraban cómo determinadas custodias terminaban mediante devolución.

Eso podía obligar a revisar parte de la interpretación heredada por los Velasco.

Mauro dijo:

—Leandro nos entregó estas hojas sin decirnos que eran de su abuelo.

Era cierto.

Pero no sabían por qué.

Irene respondió:

—Puede haber considerado que la información era más importante que la autoría. También puede haber supuesto que lo sabríamos después. No tenemos elementos para elegir una intención.

Sebastián estuvo de acuerdo.

Podían pedir contexto.

No atribuir motivos.

Había una tercera reproducción.

Era una carta de una sola página.

Leandro la había identificado como correspondencia familiar antigua.

La imagen terminaba antes de la zona donde normalmente estaría la firma.

Eso merecía una pregunta.

Nada más.

—Necesitamos la copia completa —dijo Sebastián.

No sabía si el encuadre se debía a la fotografía original, a una reproducción previa o a una selección hecha posteriormente.

Sin el documento completo no podían decidirlo.

Llamó a Leandro.

Atendió después de varios tonos.

—Sebastián.

—Necesito preguntarte por Eduardo Velasco.

Hubo una pausa.

—¿Dónde encontraste ese nombre?

—En correspondencia de archivo sobre el manuscrito.

Leandro tardó un momento.

—Entonces llegaron a una parte bastante antigua de la búsqueda familiar.

La frase confirmó que conocía el nombre dentro de aquel contexto.

Sebastián preguntó:

—¿Qué relación tenía con vos?

—Era mi abuelo.

Mauro dejó de moverse.

Sebastián volvió a la fecha de las cartas.

La relación familiar quedaba establecida.

—¿Tu abuelo buscaba el manuscrito?

—Sí.

Leandro respondió sin intentar evitarlo.

—¿Y conocías esas investigaciones?

—Conocía buena parte de lo que había hecho.

Sebastián miró las reproducciones.

—Algunas de las hojas que nos diste son suyas.

—Sí.

—No nos dijiste quién las había preparado.

—No me preguntaste por la autoría de cada reproducción. Les entregué material para que pudieran cotejarlo.

El tono no era hostil.

Tampoco defensivo.

Sebastián prefirió ir al punto importante.

—Necesitamos el contexto de esos documentos, no solo sus datos.

—Lo entiendo.

—Y necesitamos saber qué parte del trabajo es de Eduardo, qué parte viene de generaciones anteriores y qué parte reconstruiste vos.

Leandro guardó silencio unos segundos.

—Eso es más difícil.

—¿Por qué?

—Porque no todo quedó separado de esa manera. Mi abuelo trabajó sobre papeles que ya estaban en la familia. Mi padre continuó algunas búsquedas. Yo recibí todo junto.

Aquello explicaba parte del problema.

La historia de los documentos familiares también había perdido capas de procedencia.

Sebastián preguntó:

—¿Eduardo fue el primero en investigar?

—El primero del que tenemos una búsqueda sistemática, sí. Pero los papeles son anteriores.

La precisión importaba.

No convertirían a generaciones previas en investigadores sin pruebas.

—Quiero ver los originales que conserves —dijo Sebastián.

Leandro tardó.

—Puedo mostrarles una parte y explicarles qué sé de cada pieza.

—Necesitamos todo lo que utilicemos para nuestras conclusiones.

—Eso sí.

No era una entrega irrestricta del archivo familiar.

Tampoco una negativa a colaborar.

Era un límite que tendrían que gestionar documentalmente.

Sebastián decidió no convertirlo en otra cosa.

Antes de terminar preguntó:

—¿Por qué tu familia siguió buscando ese volumen durante tanto tiempo?

Leandro respondió después de una pausa:

—Porque en los papeles de casa quedó la idea de que uno de nuestros antepasados había tenido una responsabilidad sobre él. Y nadie consiguió aclarar del todo qué ocurrió después.

Eso coincidía con lo que Eduardo había escrito.

No era una confesión de propiedad.

Era una tradición familiar construida alrededor de una posible custodia.

La llamada terminó poco después.

Sebastián volvió a mirar las hojas.

Ahora sabían algo que antes ignoraban.

Eduardo Velasco, abuelo de Leandro, había investigado activamente el manuscrito.

Había consultado archivos y presentado documentos familiares para su cotejo.

Parte de esos papeles contenía datos auténticos.

Otra parte organizaba la historia mediante una continuidad genealógica que solo podía verificarse parcialmente.

Y Leandro había heredado ese conjunto junto con investigaciones realizadas por generaciones anteriores.

Eso explicaba sus referencias a décadas de trabajo.

No demostraba propiedad.

Tampoco convertía a los Velasco en custodios actuales del Códice.

Lo que demostraba era otra cosa.

Leandro no había iniciado aquella búsqueda.

Había recibido una investigación familiar inacabada.