BLOQUE 3
La verdadera dimensión de la dispersión apareció cuando Sebastián reunió todos los inventarios vinculados directamente con el volumen.
No estaban conservados en una sola ciudad.
Tampoco permanecían siempre junto a los fondos que habían descrito.
Algunos habían seguido a la documentación administrativa durante posteriores reorganizaciones.
Otros sobrevivían únicamente como copias.
Una relación antigua había llegado hasta ellos mediante una transcripción del siglo XIX porque el original ya no aparecía.
Los documentos necesarios para reconstruir el recorrido estaban mucho más dispersos que el propio manuscrito.
Mauro observó las procedencias actuales.
—Para intentar esto hace cien años, primero tenías que saber que existían documentos que parecían no tener relación entre sí.
Sebastián pensó en Almarza.
Aquello explicaba buena parte de su límite.
No necesitaban imaginar una interrupción misteriosa.
Había llegado hasta donde los medios disponibles le permitían.
Localizar un inventario transferido a otro fondo exigía correspondencia y, muchas veces, conocer previamente su existencia.
Incluso entonces podía recibir apenas un extracto.
Ellos trabajaban con catálogos modernos y reproducciones capaces de viajar en segundos.
Aun así, reconstruir la secuencia resultaba difícil.
—Almarza no podía buscar un archivo cuya separación todavía no conocía —dijo Sebastián.
Irene asintió.
—Y muchos de estos instrumentos probablemente ni siquiera estaban organizados como ahora.
El trabajo de Valvanera adquiría otra dimensión.
Cuando Almarza había escrito que Burgos era la última procedencia que podía comprobar, no estaba diciendo que allí terminara la historia.
Estaba declarando un límite probatorio.
Mauro miró el mapa.
—Nosotros ya pasamos ese límite.
Sebastián tardó en responder.
Era cierto.
Habían conseguido avanzar más allá de lo que Almarza pudo demostrar.
No gracias a una revelación espectacular.
Lo habían hecho porque ahora podían relacionar documentos que durante décadas habían permanecido separados.
Irene señaló varios inventarios.
—Pero no olvidemos algo. Estamos reuniendo información que nunca estuvo junta.
Sebastián entendió.
Reconstruir no significaba fabricar una unidad documental inexistente.
Cada fuente debía conservar su contexto.
No podían tomar una descripción de una institución y completarla con un rasgo encontrado en otra hasta crear retrospectivamente un inventario ideal.
La historia estaba precisamente en las diferencias.
Algunos observadores habían prestado atención a la cubierta.
Otros habían registrado la pérdida inicial.
En otras etapas interesó la reparación del lomo.
También hubo momentos en que lo único importante para la institución fue admitir que no podía atribuirlo.
La combinación de esas voces permitía reconocer el mismo objeto.
Pero las voces debían permanecer separadas.
Sebastián reorganizó las pruebas.
Ya tenían una secuencia material extensa.
No completa.
Pero sí suficientemente larga para mostrar entradas y salidas, permanencias prolongadas y al menos un regreso material.
El número administrativo había cambiado varias veces.
La cubierta había acumulado daños.
El cosido había sido intervenido.
Al mismo tiempo, los documentos asociados habían empezado a construir su propia historia archivística.
Mauro preguntó:
—¿Cuál seguimos ahora?
Sebastián miró los dos recorridos.
La ruta material presentaba un vacío después de la última permanencia demostrada.
Los papeles administrativos, en cambio, continuaban hacia otro fondo.
—Seguimos los documentos.
Irene levantó la vista.
—Aunque sepamos que el libro pudo no acompañarlos.
—Precisamente.
Seguir aquella documentación podía decirles qué decisión se había tomado respecto del volumen.
No dónde estaba todavía.
Pero sí qué debía ocurrir con él.
Revisaron las relaciones posteriores del fondo administrativo transferido.
La mayoría eran generales.
Una incluía un apartado dedicado a libros antiguos cuya procedencia seguía sin determinarse.
El volumen no aparecía por nombre.
Nunca lo hacía.
Pero una referencia interna conducía a un inventario anterior.
Sebastián siguió la equivalencia.
La entrada contenía una nota añadida años después:
No permanece en esta relación. Véase remisión separada.
Mauro se inclinó.
—¿Adónde?
No lo decía.
Irene comprobó la fecha.
Era posterior a la última presencia material que podían demostrar.
Aquello podía registrar un nuevo movimiento del volumen.
También podía referirse únicamente a una transferencia de papeles.
No podían decidirlo todavía.
Localizaron la remisión separada.
El documento tampoco estaba allí.
La referencia conducía a otra institución situada más al norte.
Mauro soltó una risa breve.
—Claro.
Sebastián miró la nueva procedencia documental.
El camino de los inventarios seguía ampliándose.
No sabían todavía si el volumen hacía lo mismo.
Pero comprendían cada vez mejor por qué seguir aquella historia exigía consultar tantos lugares.
No porque el Códice hubiera estado materialmente en todos ellos.
Porque los documentos capaces de probar su recorrido sí se habían dispersado.
Una relación podía terminar lejos de la institución donde se había producido la entrega.
La copia de esa relación podía seguir otra dirección.
Mientras tanto, el volumen podía permanecer inmóvil durante décadas.
Irene guardó las reproducciones.
—Entonces lo disperso no es el manuscrito.
Sebastián negó.
—El manuscrito siempre fue un solo objeto.
Lo disperso era el conocimiento necesario para reconstruirlo.
Mauro miró la mesa.
Ahí estaba la verdadera dificultad.
El libro había recorrido determinados caminos.
Sus documentos habían recorrido otros.
Y ahora debían volver a relacionar ambas historias sin fingir que alguna vez habían sido una sola.