CAPÍTULO 29 — Incendio en Compostela
BLOQUE 1
El pánico se extendió de inmediato entre los peregrinos y turistas cercanos, muchos de ellos huyendo hacia las salidas más próximas mientras los agentes de seguridad, siguiendo el protocolo establecido,
intentaban despejar el área sin generar una estampida todavía más peligrosa que la propia amenaza que Veiga sostenía en alto.
Gabriel, deteniéndose a una distancia prudente pero visible, levantó ambas manos en un gesto deliberadamente conciliador, consciente de que cualquier movimiento brusco por parte de cualquiera de los presentes podía precipitar exactamente el desenlace que llevaban semanas enteras intentando evitar.
---Anselmo ---dijo, usando deliberadamente su nombre real en lugar de cualquier seudónimo, buscando establecer una conexión humana directa---. Soy Gabriel Llorente. Sé que sabés quién soy. Y sé, también, lo que Halvorsen y Delrieu te hicieron.
BLOQUE 2
Veiga, con el dispositivo todavía en alto pero con una expresión que revelaba, por primera vez, una fisura considerable en su propia determinación, respondió con la voz quebrada por una mezcla de furia y un dolor evidente.
---No sabés nada sobre lo que hicieron, ni sobre lo que yo creo ---dijo---. Esto nunca fue por ellos. Fue siempre por la verdad, por proteger lo que hombres santos protegieron durante generaciones antes que yo.
---Lo sé ---respondió Gabriel, manteniendo un tono calmado a pesar de la tensión considerable del momento---.
Y por eso mismo te pido que pienses en lo que realmente representa lo que hay detrás de mí, en ese museo.
No es una mentira que hay que destruir. Es el testamento de un hombre, Teodomiro, que escondió esta misma verdad durante mil cien años, no por vergüenza, sino por amor a la gente que todavía no estaba preparada para conocerla completa.
Él mismo escribió que esperaba, algún día, que alguien la compartiera con el respeto necesario.
Vos también podés decidir ser parte de ese respeto, en lugar de destruirlo todo con el mismo fuego que él mismo temió durante toda su vida.
BLOQUE 3
El silencio que siguió se extendió durante varios segundos interminables, con Veiga todavía sosteniendo el dispositivo en alto, su mano visiblemente temblando, mientras Padre Esteban, avanzando despacio junto a Gabriel con las manos también visibles en un gesto de absoluta transparencia,
añadió su propia voz a aquel intento desesperado de conexión humana.
---Anselmo, conozco el dolor de sentir que la propia fe se resquebraja bajo el peso de verdades que nunca esperaste enfrentar ---dijo, con una compasión genuina que no intentaba disimular---.
Pero destruir esto no va a devolverte la certeza que perdiste.
Solo va a añadir otra pérdida más a todo lo que ya cargás.
Veiga, con los ojos llenos de lágrimas que finalmente no logró contener, bajó lentamente el brazo que sostenía el dispositivo, aunque sin soltarlo todavía por completo,
la propia determinación de semanas enteras derrumbándose visiblemente ante la magnitud de todo lo que aquellas palabras habían tocado en él.
---No sé cómo parar esto ---dijo, con la voz reducida a un susurro roto---. No sé quién soy si no soy esto.
Gabriel, acercándose todavía un poco más, con extremo cuidado, extendió finalmente una mano abierta hacia él.
---Empezá entregándome eso ---dijo, con la misma calma sostenida---. Todo lo demás, lo averiguamos después, juntos, sin que nadie más tenga que salir lastimado hoy.
Veiga, tras un momento final de vacilación evidente, extendió finalmente el dispositivo hacia Gabriel, mientras los agentes de seguridad, siguiendo la señal discreta de Otero, avanzaban por fin para completar, sin ningún disparo ni ninguna violencia adicional,
la detención que llevaban semanas enteras preparando.