CAPÍTULO 28 — Hacia el Último Incendio
BLOQUE 1
El día de la Traslación amaneció con una claridad excepcional sobre Santiago, la propia plaza del Obradoiro ya llenándose desde primera hora con peregrinos, turistas y fieles locales, todos ajenos por completo a la tensión considerable que atravesaba, en aquel mismo momento,
a cada miembro del dispositivo de seguridad distribuido cuidadosamente entre la multitud creciente.
Gabriel, ocupando su propio puesto de observación discreto cerca de la entrada principal del museo, junto a Lucía, sintió que cada rostro que cruzaba frente a ellos representaba, potencialmente, la amenaza que llevaban semanas enteras persiguiendo.
---¿Alguna novedad de Lucien? ---preguntó, sin apartar la vista de la multitud circundante.
---Silencio total desde ayer por la tarde ---respondió Lucía, revisando su propio teléfono con la misma tensión contenida---. Ni siquiera Xurxo logró detectar ninguna actividad reciente en los canales que todavía monitorea.
BLOQUE 2
Las horas transcurrieron con una lentitud angustiosa, cada momento de aparente normalidad acumulando una tensión considerable entre todo el equipo, hasta que, pasado el mediodía, con la propia celebración litúrgica principal ya en marcha dentro de la catedral,
uno de los agentes apostados en el segundo anillo de seguridad reportó, con la voz tensa por la propia radio, un avistamiento que generó una reacción inmediata.
---Posible identificación positiva ---informó---. Hombre solo, aproximadamente cuarenta años, vestido con atuendo de peregrino, moviéndose con determinación hacia el propio acceso del museo, evitando contacto visual directo con cualquier miembro identificable de seguridad.
Gabriel, sintiendo que el corazón se le aceleraba de golpe, se movió de inmediato hacia el punto indicado, con Lucía siguiéndolo de cerca mientras Otero coordinaba, por radio, el cierre discreto de cualquier vía de escape disponible.
BLOQUE 3
El hombre, al notar el propio movimiento coordinado de los agentes cerrándose gradualmente a su alrededor, aceleró el paso considerablemente, dirigiéndose ya sin ningún disimulo hacia la propia entrada del museo,
con una mano oculta bajo su chaqueta de peregrino que generó una alarma inmediata entre todo el dispositivo de seguridad.
---¡Alto ahí! ---gritó uno de los agentes, ya con el arma reglamentaria desenfundada pero mantenida baja, siguiendo el protocolo establecido para minimizar cualquier escalada innecesaria de violencia.
El hombre, lejos de detenerse, aceleró todavía más su avance, empujando a dos turistas que se interpusieron accidentalmente en su camino, mientras Gabriel, apenas a quince metros de distancia, reconoció finalmente, con una certeza absoluta,
el rostro que había memorizado de la fotografía compartida semanas atrás por Xurxo.
---¡Es él! ---gritó, hacia el resto del equipo de seguridad, mientras el propio Veiga, comprendiendo que su plan original de pasar desapercibido acababa de fracasar por completo, sacaba finalmente de debajo de su chaqueta un pequeño dispositivo que sostuvo en alto,
ante la mirada horrorizada de decenas de peregrinos que apenas empezaban a comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo a su alrededor.
---¡Nadie se mueva! ---gritó Veiga, con una voz que combinaba terror y una determinación desesperada---. O termino esto ahora mismo, aquí, delante de todos ustedes.