La Ruptura (Crónicas de la Ruptura 1) Capítulo 18 — El abismo #2
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Capítulo 18 — El abismo #2

Sarael no se alteró ni levantó la voz ante la acusación de ella. La miró con una compasión suave, casi dolida, que ante los ojos de Vert y de los soldados de la puerta parecía la paciencia de un santo frente a una mujer en estado de choque.

—Sé que tu armadura siente afinidad con él, Lyra, y sé que te salvó la vida allá adentro —dijo Sarael con infinita suavidad—.

Pero los registros médicos de los sarcófagos advierten claramente que una matriz híbrida de ese calibre altera la percepción neural de los portadores cercanos para protegerse.

Él te ha estado usando de escudo energético desde la tercera torre sin que te dieras cuenta.

Era diabólicamente perfecto. Había tomado la verdad del vínculo entre Lyra y Demian —el ancla que ella misma le había ofrecido en el furgón de cola— y la había dado vuelta frente a todo el escuadrón para invalidar el testimonio de la única testigo que podía desenmascararlo.

—Lo que hice hace media hora en esa cámara —dijo Demian desde el banco, levantando la cabeza con una calma helada mientras intentaba en vano reunir las migajas de energía que le quedaban en el pecho— fue matar al general que ustedes cuatro no pudieron frenar, mientras tú te escondías en un pasillo vacío esperando a que murieran todos.

—Lo que hiciste hace media hora, Demian —respondió Sarael mirándolo fijamente—, fue demostrar que cuando la presión supera cierto límite, la cosa que llevas adentro rompe la jaula y toma el mando total.

Hoy peleó contra Garath porque Garath quería quitarle su presa.

¿Qué va a pasar mañana en la sexta torre, cuando absorbas el sexto cristal y ya no quede ningún trozo de Demian adentro para decirle a quién atacar?

¿Quién de este vagón va a poder frenarte cuando tengas la fuerza de seis generales juntos y te des vuelta contra nosotros?

El argumento cayó en medio del cuarto vagón como una bomba de profundidad.

Porque esa última pregunta no necesitaba que nadie confiara en Sarael para ser aterradora: Kael había visto con sus propios ojos hacía treinta minutos que ni las cuatro Armaduras Celestiales juntas habrían podido detener un solo minuto a la criatura en la que se había convertido Demian en aquella bóveda.

Kael no miraba a Sarael ni a Lyra. Miraba el piso metálico entre sus botas.

Tenía el rostro ceniciento, surcado por el sudor frío del dolor de su hombro roto, con dos de sus portadores en coma a tres metros en las camillas de Sera y la responsabilidad de toda la humanidad del sur aplastándole las vértebras del cuello.

—El Consejo de los Altos Mandos —dijo Sarael dando medio paso hacia adelante, mientras su mano derecha bajaba con calma hacia la empuñadura plateada de su cintura— me entregó la orden directa de neutralizar el vector en el instante en que la transformación superara el umbral de retorno.

No vine a pedirte que lo odies, Kael; se portó como un soldado hasta donde su carne se lo permitió.

Pero nos quedan dos torres por delante y la mitad del equipo está herido.

No podemos llevar un general demoníaco en gestación dentro del tren.

—¡Sarael, das un paso más hacia este banco y te atravieso el pecho aquí mismo!

—dijo Lyra con una voz muy baja, limpia y letal, levantando la punta de su lanza plateada en el espacio reducido del vagón mientras en el otro extremo Presco, con el rostro desencajado por la duda y el hombro en cabestrillo, intentaba abrirse paso entre los soldados de Rojas que bloqueaban el pasillo.

—Kael —dijo Sarael sin apartar los ojos del comandante—. La orden lleva la firma del Consejo. Pero tú eres el jefe de esta expedición. Di la palabra antes de que Lyra cometa un error que nos cueste la misión a todos.

Kael levantó lentamente la cabeza del suelo.

Miró a Sarael. Miró las dos camillas donde Darek y Vael respiraban a través de tubos plásticos. Y finalmente miró a Demian.

En los ojos de Kael, Demian vio algo que le dolió más que cualquier herida que hubiera recibido en toda la campaña: no vio maldad ni traición deliberada; vio el quiebre silencioso de un hombre bueno y metódico que ha sido empujado más allá del límite de lo que su mente puede sostener en un día y que, ante una duda que puede extinguir a su especie, se rinde al miedo del reglamento porque ya no le quedan fuerzas para apostar en la oscuridad.

—Demian... —murmuró Kael con la voz rota.

En esa única palabra hubo una disculpa amarga y una sentencia de entrega al mismo tiempo. Kael no levantó su arma contra Demian; simplemente bajó la mirada y no se interpuso.

Todo lo que ocurrió a continuación sucedió en menos de dos segundos.

Sarael se movió.

Y la única razón en el universo por la que Sarael pudo moverse más rápido que Demian y que Lyra en ese estrecho pasillo de tres metros fue que había esperado con paciencia de carroñero el minuto exacto en que Lyra tenía tres costillas rotas y el núcleo descargado, y Demian tenía el pecho completamente vacío tras haber gastado hasta la última chispa contra Garath.

Con un barrido lateral de su antebrazo izquierdo envuelto en un destello dorado, Sarael desvió el asta de la lanza de Lyra contra el mamparo metálico, bloqueándole el paso con su propio cuerpo sin herirla, y en el mismo giro desenfundó con la mano derecha no su espada larga habitual, sino una daga de hoja estrecha y triangular de treinta centímetros que llevaba oculta en la parte trasera del cinturón.

Cuando la hoja salió de la vaina, Demian sintió su naturaleza un microsegundo antes de que el metal lo tocara: no era acero humano, ni plata celestial pura, ni obsidiana demoníaca.

Era una aleación gris muerta, grabada con espirales invertidas que habían sido diseñadas en algún laboratorio secreto del subsuelo con un único propósito específico: provocar un cortocircuito en la unión entre dos naturalezas opuestas.

La estocada entró de lleno en el costado izquierdo de Demian, justo por debajo de las costillas flotantes, en dirección oblicua hacia el corazón.

El impacto no se sintió como hierro cortando carne: se sintió como si le hubieran inyectado nitrógeno líquido y plomo hirviendo al mismo tiempo directamente en la arteria aorta.

La frecuencia muerta de la daga chocó contra la esquirla agotada de su pecho y produjo un bloqueo neural instantáneo que le apagó la vista durante un segundo y le cortó la transmisión nerviosa hacia las piernas.

Sus rodillas cedieron bajo su peso como si le hubieran cortado los tendones.

—¡DEMIAN! —el grito de Lyra desgarró el vagón mientras se lanzaba sobre la espalda de Sarael golpeándolo con el pomo de la lanza.

En el mismo instante, Kael se puso de pie de golpe al ver el arma prohibida en la mano del enviado y Presco empujó de un codazo con su brazo sano a los soldados de la puerta intentando sacar su pistola:

—¡Qué haces, hijo de perra, dijo neutralizar, no...!

Pero Sarael ya tenía a Demian sujeto por el cuello del chaleco desgarrado.

Mientras Demian caía hacia adelante con la daga todavía produciendo espasmos de interferencia negra y blanca en sus venas, Sarael lo sostuvo contra su pecho en un abrazo casi gentil que lo usaba al mismo tiempo de escudo contra Lyra, dio un solo paso hacia atrás hasta la pared del rincón trasero del vagón y con la mano izquierda giró de un golpe seco la palanca roja de desbloqueo neumático de la escotilla de emergencia lateral.

La pesada puerta blindada se abrió de par en par hacia afuera con un bramido de viento helado.

El convoy blindado acababa de entrar en el puente del desfiladero de Sierra Negra a cincuenta kilómetros por hora; afuera, el suelo de roca y ceniza corría bajo el estribo en la penumbra del crepúsculo.

En la media fracción de segundo en que Sarael sostuvo a Demian al borde del vacío antes de soltarlo, acercó sus labios a cinco centímetros del oído del sargento para que nadie más en el vagón escuchara sus últimas palabras por encima del rugido de las ruedas:

—Te habrías convertido en un problema incontrolable para mis verdaderos señores antes de llegar a la séptima, Demian —susurró Sarael en su oído, sin rastro ya de la voz compasiva que había usado para Kael, con una frialdad antigua y calculadora—.

No hoy. En un par de días, cuando terminaras de despertar del todo.

El Consejo lo sabía desde que te sacaron de tu cocina hace cinco meses: por eso te mantuvieron vivo en esa cama.

Necesitaban un perro con mandíbulas lo bastante fuertes para romperles las cinco primeras torres que ellos no podían tocar...

y alguien que te descartara cuando el trabajo sucio estuviera hecho.

Al otro lado del vagón, Lyra logró zafarse del bloqueo de Darek caído y se lanzó con la mano extendida hacia la escotilla abierta, con una expresión en el rostro de algo que se está rompiendo por dentro en mil pedazos:

—¡Demian, agárrate de mi mano!

Sarael arrancó la daga triangular de un tirón seco del costado de Demian y, mirándolo a los ojos por última vez, dijo en voz alta para la sala:

—Lo siento. Era la única manera de salvarlos.

Y lo empujó al vacío fuera del tren en movimiento.

El mundo giró de golpe en un torbellino de viento helado, humo de diésel y cielo color plomo.

Durante el primer segundo de caída libre desde la altura del vagón, lo último que los ojos de Demian enfocaron a través del marco rectangular de la escotilla que se alejaba a cincuenta kilómetros por hora fue la silueta de Lyra frenada en el borde mismo del umbral por los brazos de Kael para que no saltara detrás de él, con la mano derecha todavía tendida hacia afuera en el aire vacío y el rostro bañado en lágrimas silenciosas contra el resplandor rojizo del interior del vagón.

Luego el cuerpo de Demian golpeó el talud de escoria y piedra suelta al costado de la vía a cincuenta kilómetros por hora.