La Ruptura (Crónicas de la Ruptura 1) Capítulo 18 — El abismo
95%

Capítulo 18 — El abismo

El abismo

El repliegue hasta el convoy blindado y los primeros veinte minutos de marcha lenta por los rieles de salida de Sierra Negra transcurrieron bajo un silencio tan denso que se podía cortar con un cuchillo.

No era el silencio solidario que había seguido a las muertes del laberinto de Nass.

Era el silencio de veinte personas encerradas en una caja de hierro que acaban de ver romperse las reglas sobre las que se apoyaba su mundo y todavía no saben quién va a apuntar el fusil hacia quién cuando alguien hable primero.

Demian subió al cuarto vagón caminando entre Lyra y Kael.

Lyra tenía tres costillas fisuradas en el costado izquierdo por el impacto contra la muralla de Garath y respiraba corto, con la mandíbula apretada, negándose a soltar su lanza o a separarse más de un metro del lado de Demian.

Kael caminaba delante de ellos con la postura erguida de siempre por pura terquedad muscular, aunque arrastraba levemente la pierna derecha y el humo ácido de los circuitos quemados de su peto dejaba un olor penetrante en el pasillo.

Presco entró detrás con el hombro recién encajado en seco y una venda ensangrentada alrededor de la cabeza, miró a Demian en silencio y se sentó cerca de la puerta con el fusil sobre los muslos.

El único que hablaba en voz baja era Sarael.

Se había detenido en el compartimento de radio junto a Vert y dos soldados de la escuadra de Rojas mientras ayudaban a pasar vendas hacia la enfermería.

Demian no necesitaba usar su oído sobrehumano —que en ese momento zumbaba con el cansancio sordo de un motor fundido— para adivinar las palabras exactas: por la inclinación del cuello de Sarael y la forma en que los ojos jóvenes de Vert se abrieron de par en par mirando hacia el fondo del vagón donde estaba sentado Demian, resultaba evidente que el enviado ya estaba sembrando el relato antes de que hablara el comandante.

En el sector médico del cuarto vagón, mientras Sera trabajaba a contrarreloj conectando a Darek y a Vael a los respiradores de soporte vital y preparaba el vendaje compresivo para las costillas de Lyra, Demian se sentó en el último banco metálico del rincón trasero, con la espalda apoyada contra la pared fría junto a la escotilla de emergencia y las manos entrelazadas sobre las rodillas.

No tenía heridas abiertas que Sera pudiera coser. Pero por dentro estaba completamente vacío.

Los ocho minutos en estado de apertura total contra Garath y el choque de absorber el quinto cristal sin barrera habían consumido hasta el último residuo de fuerza de su organismo.

La tormenta en su pecho yacía en el fondo de sus costillas como una brasa cubierta de ceniza húmeda, latiendo débilmente a veinte pulsaciones por minuto, incapaz siquiera de calentar sus dedos que temblaban levemente de hipotermia post-combate.

Si alguien lo atacaba en esa hora, apenas tenía en los brazos la fuerza ordinaria de un hombre agotado tras tres días sin dormir.

Kael cruzó el pasillo del vagón y se sentó en el banco metálico justo al lado de Demian.

Durante medio minuto el comandante no habló. Tenía los codos apoyados en las rodillas cubiertas por las grebas abolladas y miraba las manchas de aceite seco en el piso de acero. Finalmente, sin girar la cabeza, dijo en voz muy baja, solo para ellos dos:

—Vi todo lo que pasó en la cámara desde que cayó Lyra, Demian.

—Lo sé, comandante —dijo Demian con la voz todavía ronca por aquel eco grave que no se iba de su garganta.

—¿Quieres explicarme con tus propias palabras qué fue lo que vi?

Demian giró el rostro y miró el perfil curtido y lleno de cicatrices de Kael.

En la cara de aquel oficial no había odio ni el fanatismo ciego de los custodios del Consejo; había el peso terrible de un comandante de campo que acaba de descubrir que el mejor soldado de su unidad —el hombre que acaba de salvarle la vida a él y a sus tres portadores— es exactamente aquello contra lo que juró luchar hasta la muerte.

—La noche de la Ruptura —dijo Demian sin rodeos, con la misma sobriedad con que había dado cada parte militar desde que despertó—, cuando le partí el rubí de la frente al Comandante de Brecha que mató a mis padres en mi cocina, el cristal descargó una onda directa que me entró por la cara y el pecho.

Una esquirla viva de ese núcleo quedó fundida con mi corazón y con mi sangre.

Lo que viste hoy contra Garath es lo que esa mitad puede hacer cuando dejo de contenerla.

Kael absorbió la confesión sin mover un músculo.

—¿Desde cuándo sabes lo que eres?

—Desde el día en que abrí los ojos en la celda de Sera hace un mes.

—¿Y me lo ocultaste durante cuatro misiones porque...?

—Porque usted mismo me dijo ese día que el protocolo del Bastión para cualquier contaminado por energía de la Ruptura es un tiro en el cráneo antes de las dos horas, comandante —respondió Demian mirándolo a los ojos—.

Si le hubiera dicho la verdad esa mañana, hoy yo sería ceniza en el crematorio del búnker, y ustedes cuatro estarían muertos en el piso de la primera torre.

Kael no rebatió el argumento. Era una verdad matemática y los dos lo sabían.

—¿Puedes volver a cerrarlo? —preguntó Kael, girando por fin la cabeza para mirar el ojo derecho de Demian, donde el anillo de cobre y brasa seguía brillando débilmente en la penumbra del vagón.

—Durante ocho meses lo mantuve cerrado sin que nadie en este tren corriera peligro —dijo Demian—. Hoy en esa cámara tuve que elegir entre mantenerlo cerrado y ver cómo Garath partía por la mitad a Lyra y los mataba a todos ustedes. Elegí salvar al escuadrón.

Kael sostuvo su mirada en silencio. En los ojos oscuros y exhaustos del comandante, Demian vio la balanza oscilando en el filo de una navaja: por un lado, veinte años de disciplina de hierro y las órdenes terminantes del Consejo; por el otro, la deuda de sangre con el hombre que los había sacado vivos del matadero hacía media hora.

Lyra, que acababa de rechazar el sedante de Sera tras vendarse el torso sobre la camisa, cruzó los cuatro metros del vagón sosteniéndose las costillas con el brazo izquierdo y se sentó al otro lado de Demian, pegando su hombro al de él sin decir una sola palabra, pero dejando meridianamente claro ante Kael y ante cualquiera que mirara que quien quisiera tocar a Demian iba a tener que pasar primero por encima de la cuarta portadora.

Y fue en ese segundo exacto —cuando Kael estaba a punto de inclinarse hacia el silencio de trinchera— cuando Sarael entró desde el compartimento delantero.

No entró corriendo ni con el arma desenvainada.

Entró caminando con la serenidad solemne y medida de un juez que llega tarde a una sala por causas de fuerza mayor, seguido a pocos pasos por Vert y los cuatro fusileros de Rojas que se detuvieron en la puerta con las caras pálidas y las manos sobre las correas de sus fusiles.

Sarael se detuvo en el centro del pasillo frente a Kael. Su rostro mostraba una mezcla perfecta de pesar, gravedad institucional y urgencia contenida.

—Comandante Kael —dijo Sarael con aquella voz resonante que llenaba todo el vagón para que hasta el último soldado en la puerta pudiera oírlo—. Necesito hablar contigo ahora mismo sobre lo que ocurrió en la cámara de Garath.

—Habla —dijo Kael, levantando la vista.

Sarael miró primero a Demian con una expresión de tristeza casi fraternal, y luego clavó sus ojos grises con fondo dorado en Kael.

Y entonces ejecutó su obra maestra.

Lo hizo con la precisión quirúrgica de quien llevaba doce días preparando cada sílaba de ese discurso.

Relató lo que supuestamente había alcanzado a ver desde la boca superior de la galería este segundos antes de que el derrumbe de roca le bloqueara el paso: describió la transformación física de Demian, el oscurecimiento de sus ojos, las garras de quitina negra, la onda de sombra abismal que había apagado las luces de la cámara y la forma en que el cuerpo de Demian había absorbido la totalidad de la energía del cristal de Garath como un parásito que se alimenta de la red.

Lo describió todo con una exactitud anatómica que resultaba físicamente imposible de observar desde una galería tapada por el humo a treinta metros de distancia... salvo para quien podía leer la escena a través del enlace de la propia red demoníaca.

Kael lo escuchó en silencio hasta el final. En la puerta del vagón, los soldados de infantería se miraron entre sí con el horror pintado en los ojos al escuchar confirmado por el enviado del Consejo el rumor que corrían desde la tercera torre.

—Lo que tienes sentado en este vagón, Kael —concluyó Sarael bajando medio tono la voz para que sonara aún más íntima y sincera—, es la anomalía biológica que el Consejo de los Altos Mandos me envió a identificar y confirmar en esta columna.

Un receptáculo híbrido de clase mayor. Alguien que ha logrado operar entre los dos mundos mientras la carga era baja, sí...

pero que con cada cristal destruido se ha ido convirtiendo en el nodo viviente a través del cual la red de las torres rastrea nuestros movimientos.

—Hizo una pausa medida—. ¿No te preguntaste por qué en Rahael nos esperaban demonios que sabían nuestros nombres, o por qué en Sierra Negra nos encontramos con dos torres unidas y mil demonios listos para emboscarnos?

No hay ningún espía con radio en este tren, Kael.

El transmisor está en el pecho de Demian.

Ni siquiera necesita querer traicionarnos: la bestia que lleva adentro llama a sus hermanos cada vez que respira.

—¡Eso es mentira, Sarael, y tú sabes perfectamente por qué Orveth no estaba en la cuarta torre!

—estalló Lyra poniéndose de pie a pesar del dolor agudo en sus costillas rotas y dando medio paso hacia él—.

¡Tú hablaste con ese guardián en el espigón durante tres segundos antes de matarlo!

¡Demian te vio y yo te vi desde el agua!