La Ruptura (Crónicas de la Ruptura 1) Capítulo 17 — La tormenta #2
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Capítulo 17 — La tormenta #2

Con la puerta interna completamente abierta y ninguna barrera entre su corazón y la piedra, la resonancia del quinto cristal golpeó a Demian con una fuerza casi hipnótica.

No había dolor esta vez; había una plenitud abrumadora, el canto directo de la red ofreciéndole el trono que Garath acababa de dejar vacío, reconociéndolo como el heredero legítimo de la sangre que corría por sus venas si tan solo extendía la mano y aceptaba el enlace en lugar de romperlo.

El cristal lo llamaba por su verdadero nombre en la lengua del abismo.

Y Demian, con la totalidad de su naturaleza oscura despierta y presente en aquella sala, miró primero el cristal, luego miró de reojo hacia el muro donde Lyra lo observaba desde el suelo con los ojos claros llenos de sangre y asombro... y volvió a elegir.

Caminó tres pasos hasta donde había caído la lanza plateada de Lyra.

Se agachó y cerró su mano derecha —todavía cubierta de quitina negra y fuego carmesí— alrededor del asta de plata celestial.

Cualquier demonio puro se habría quemado hasta el hueso al tocar esa lanza; cualquier humano sin vínculo habría sufrido un paro cardíaco.

En la mano de Demian, la energía celestial residual que aún quedaba en el metal de Lyra y la energía oscura de su propia sangre se entrelazaron a lo largo del asta en una espiral imposible de luz blanca y relámpagos negros que hizo vibrar el arma como si estuviera viva.

Demian tomó impulso en dos pasos y arrojó la lanza con toda la potencia de su cuerpo directamente al corazón del monolito de tres metros.

La punta de plata y sombra atravesó el cristal de lado a lado y lo hizo estallar en diez mil pedazos.

La onda de retorno fue un cataclismo que cerró el circuito entre ambos: la mitad de la explosión barrió la cámara derribando los pilares del techo, y la otra mitad entró como un huracán por el pecho abierto de Demian, que era simultáneamente su verdugo y su único vaso receptor.

Duró tres segundos eternos.

Cuando el torrente terminó de entrar, Demian cayó sobre ambas rodillas en el centro de la piedra agrietada, apoyando los puños en el suelo mientras el humo negro salía de sus hombros.

La tormenta, exhausta tras haber peleado ocho minutos al cien por ciento contra un general de primer orden y haber tragado el caudal de un quinto monolito, empezó a replegarse lentamente hacia las profundidades de su tórax, sin fuerzas ya para sostener la forma exterior.

La quitina negra de sus manos se retrajo bajo la piel; las venas incandescentes del cuello palidecieron; el negro obsidiana de sus ojos retrocedió dejando nuevamente a la vista su rostro humano cubierto de ceniza y sudor.

Pero mientras intentaba cerrar de nuevo la compuerta interna en el fondo de su pecho, Demian comprendió con una certeza helada e irreversible que los goznes de aquella puerta se habían fundido para siempre.

Lo que había salido hoy ya no iba a volver a entrar nunca en la caja pequeña donde lo había guardado durante ocho meses. Algo en su arquitectura interna había cambiado de forma permanente.

Arriba, a trescientos metros de altura, el gran puente de materia oscura que unía la quinta torre con la sexta se partió por la mitad con un trueno ensordecedor al perder el anclaje de Garath, y toda la aguja comenzó a desmoronarse sobre la mina.

—Salgan ahora —dijo Demian poniéndose de pie con esfuerzo y recogiendo la lanza de Lyra para devolvérsela. Su voz seguía teniendo en el fondo aquel armónico grave y metálico que no terminaba de borrarse.

Kael logró incorporarse sujetándose el brazo izquierdo contra el pecho, caminó hasta donde estaban los cuerpos inconscientes de Darek y Vael y, con la ayuda de Demian —que cargó a Darek sobre su hombro derecho sin decir palabra mientras Kael arrastraba a Vael y Lyra caminaba apoyada en su lanza con una mano sobre sus costillas rotas—, los cinco salieron por la boca inferior de la torre hacia las terrazas de la mina segundos antes de que los cuatrocientos metros de la quinta Mano de Lucifer se hundieran en el cráter levantando un hongo de polvo negro de un kilómetro de altura.

*    *    *

Afuera, a quinientos metros del cráter en derrumbe, bajo el cielo ceniciento donde el puente cortado hacia la sexta torre colgaba humeando en el vacío, los sobrevivientes de las escuadras de infantería y el grupo central se detuvieron junto al terraplén de las vías.

Nadie habló durante dos minutos enteros.

Era un silencio compuesto de capas muy distintas: el silencio del trauma físico de los fusileros de Rojas y Presco tras haber resistido una horda triple; el silencio de ver a dos portadores de armadura tendidos en camillas sin sentido; y, por encima de todo eso, el silencio pesado y tenso con el que Kael miraba de reojo la espalda de Demian sin decir todavía una sola palabra de lo que acababa de presenciar en la cámara.

Cinco minutos después de que cayera la torre, una figura salió caminando de entre la nube de polvo del sector este de la mina.

Era Sarael.

Venía con la chaqueta táctica rasgada en el hombro de manera vistosa y un corte superficial en el antebrazo izquierdo que manaba unas gotas de sangre limpia que Demian, a treinta metros de distancia, identificó en medio segundo como una herida autoinfligida que Sarael había decidido no regenerar a propósito para tener algo que mostrar.

Su expresión al acercarse al grupo era una obra maestra de urgencia y alivio contenido.

—¡Un derrumbe de roca me selló la galería este a mitad de camino cuando cayó el primer tramo del puente!

—dijo Sarael llegando junto a Kael, con la respiración agitada en el punto justo—.

Tuve que abrirme paso cortando veinte metros de basalto con la espada.

Lo lamento, comandante, no pude llegar a la cámara a tiempo para apoyarlos.

Nadie le contestó de inmediato. Kael lo miró en silencio desde su metro noventa de armadura quemada y abollada.

Y entonces Sarael desvió los ojos hacia la derecha y vio a Demian.

Vio la camisa destrozada a jirones sobre el pecho del sargento dejando asomar el nacimiento de las raíces negras en el esternón; vio el cerco de brasa cobriza que ya no se apagaba en su ojo derecho; vio la postura de agotamiento extremo de un cuerpo que acababa de vaciar hasta la última gota de su reserva energética para matar a un general de primer orden; y vio cómo Kael estaba parado a tres metros de Demian con la mano sana cerca del pomo de su arma.

En el fondo dorado de los ojos de Sarael pasó un destello que duró menos de medio segundo, pero que tanto Demian como Lyra leyeron con absoluta nitidez.

No fue sorpresa por ver que habían sobrevivido sin él.

Fue satisfacción . La confirmación fría de un jugador de ajedrez que dejó a sus aliados encerrados con un monstruo invencible precisamente para obligar a la pieza oculta a romper su disfraz delante de los testigos que necesitaba.

—¿Qué ocurrió allá adentro, comandante? —preguntó Sarael en voz baja, mirando de Kael a Demian con gravedad ensayada.

Kael miró a Demian durante dos segundos largos. Luego miró a Sarael.

—Destruimos la quinta torre —dijo Kael con voz de piedra—. Suban a los heridos al tren. Nos replegamos cinco kilómetros para estabilizar bajas.

Y dio media vuelta hacia los vagones sin añadir una palabra más.