Capítulo 17 — La tormenta
La tormenta
No fue una transición gradual.
En las leyendas antiguas, los hombres que se convierten en bestias o en demonios sufren metamorfosis lentas mientras la carne pelea contra el cambio.
Lo que ocurrió en el centro de la cámara de la quinta torre no tuvo demora ni pelea porque Demian no fue derrotado por la sombra: Demian le abrió la puerta de par en par y se puso al frente de ella.
Fue tan instantáneo como bajar la palanca maestra de una central eléctrica.
Un segundo estaba conteniendo el océano detrás de un dique, y al segundo siguiente el dique ya no existía porque él mismo era el océano entero.
Lo que salió a la superficie no fue «la tormenta» como algo ajeno que tomaba prestado su cuerpo: fue Demian completo, con las dos mitades de su sangre —la esquirla del abismo alimentada por cuatro cristales de anclaje y la herencia antigua de las mujeres de su sangre materna— fundidas por primera vez al cien por ciento de su capacidad real, sin apagar un solo nervio ni esconder un solo milímetro de lo que era.
La onda de presión que estalló desde su pecho al soltar el cerrojo barrió el polvo y las piedras sueltas de la cámara en un círculo de quince metros a la redonda y apagó de un soplo las antorchas de lava de las paredes cercanas.
El cambio anatómico se completó en el tiempo de un latido.
Ambos ojos perdieron todo rastro de blanco humano: las escleróticas se volvieron de obsidiana pulida y en el centro de cada iris se encendió un anillo doble de fuego carmesí y oro pálido que proyectó dos haces de luz visible entre el humo.
Las cuatro raíces negras de su esternón se expandieron instantáneamente por su cuello, sus mandíbulas y sus antebrazos como una armadura subcutánea de venas incandescentes; los huesos y nudillos de sus manos se reacomodaron con un chasquido metálico, recubriéndose hasta las muñecas de una capa densa de quitina negra mate capaz de partir el hierro; y debajo de los omóplatos de su espalda desgarrada, dos masas colosales de energía condensada empujaron la piel desde adentro hacia afuera con un crujido profundo, todavía contenidas por la última membrana del cuerpo pero proyectando sobre los muros dos sombras aladas que llegaban hasta el techo de la bóveda.
Garath, que tenía la guadaña de obsidiana levantada a un metro sobre el cuerpo caído de Lyra, sintió a sus espaldas el nacimiento de aquella presencia antes de terminar de bajar el brazo.
El general de cinco metros detuvo el golpe en seco en mitad del aire.
Por primera vez desde que habían entrado a la torre, Garath abandonó a su presa en el suelo y giró su mole entera de cinco toneladas hacia el centro de la sala con una rapidez que denunciaba alarma prioritaria.
Sus cuatro ojos de hierro al blanco se clavaron en el hombre que caminaba hacia él con la espada negra en la mano derecha.
En la mirada múltiple del señor del primer círculo no había el miedo animal que sienten las criaturas menores, pero sí algo que ningún combatiente humano había logrado provocar jamás en un general de las Manos: el desconcierto absoluto de un depredador antiguo que se da vuelta en su propia guarida y descubre que lo que tiene a seis metros no figura en ninguna jerarquía del cielo ni del infierno que haya conocido en diez mil años.
— El híbrido... —vibró la voz de Garath, y esta vez el tono grave hizo temblar el cristal octogonal detrás de él con una nota de disonancia.
—Sí —dijo Demian. Y cuando habló, su voz sonó con un armónico doble, grave y metálico, que rebotó contra la cúpula de basalto como un trueno subterráneo—. Y te equivocaste de objetivo.
Demian dio un paso adelante y desapareció del lugar donde estaba parado.
El pavimento de roca basáltica donde acababa de apoyar la bota estalló en un cráter de medio metro por la sola fuerza de tracción de su pierna.
No corrió los ocho metros que lo separaban de Garath: cruzó el espacio en una fracción de milisegundo como un proyectil negro envuelto en relámpagos rojos y descargó su puño izquierdo recubierto de quitina oscura directamente contra el costado del tórax de cinco metros del general, justo antes de que la guadaña pudiera tocar a Lyra.
El impacto sonó como si dos montañas hubieran chocado de frente dentro de la caverna.
Las cinco toneladas de masa de basalto vivo de Garath —las mismas que dos minutos antes no se habían movido ni un centímetro bajo el golpe combinado de Darek y Vael— fueron arrancadas del suelo de cuajo y salieron despedidas doce metros hacia atrás a través de la cámara, arando un surco profundo en la piedra hasta estrellarse contra los pilares que rodeaban el foso del cristal.
Lo que siguió durante los ocho minutos siguientes no fue esgrima militar ni táctica de escuadrón.
Fue el choque salvaje y primordial de dos fuerzas tectónicas peleando en un registro físico donde ni la carne humana ordinaria ni el acero normal habrían durado medio segundo sin pulverizarse.
Garath se incorporó entre los pilares rotos bramando de furia y arrojó toda su potencia de primer orden sobre Demian: transformó sus cuatro extremidades superiores en látigos de cuchillas articuladas y martillos de materia oscura que golpeaban el suelo a velocidades supersónicas, deformando el espacio y la gravedad alrededor de la plataforma para aplastar al intruso.
Era el nivel de combate con el que los señores del abismo habían barrido a los ejércitos de la Tierra en cuarenta y ocho horas, donde las reglas de la resistencia humana simplemente dejaban de existir.
Pero lo que Demian tenía hoy en la sangre no era la pureza estática de un demonio ni la fragilidad limitada de un hombre: era la fusión de ambos extremos, y esa mezcla producía una bestia de guerra que el modelo mental de Garath era incapaz de predecir.
En las distancias cortas, Demian era invariablemente más veloz que el general, porque la arquitectura de su sistema nervioso humano —multiplicada cien veces por el reactor oscuro de su pecho— procesaba las decisiones tácticas, los ángulos de entrada y las fintas con una agilidad eléctrica que la pesada mente ancestral de un demonio puro no poseía.
Y cuando los martillos de cinco toneladas de Garath lograban impactar de lleno contra el torso o los brazos de Demian, no encontraban huesos frágiles: la energía híbrida bajo la piel de Demian se solidificaba en el punto de impacto una milésima de segundo antes del golpe, absorbiendo la mitad de la fuerza cinética de la materia oscura —porque compartía su misma sangre— y devolviendo la otra mitad multiplicada en el contraataque siguiente.
Y había algo peor para Garath: Demian no necesitaba ver cómo iba a mutar el cuerpo del general para saber por dónde venía el ataque.
La esquirla de su pecho escuchaba el flujo sanguíneo de Garath antes de que el basalto cambiara de forma.
Sabía qué brazo se iba a convertir en lanza medio segundo antes de que el propio Garath terminara de ordenarlo.
Desde el suelo junto al muro izquierdo, donde yacía con el hombro roto sin poder moverse, Kael observó aquellos ocho minutos con los ojos fijos y una expresión que más tarde describiría como el recuerdo más sobrecogedor y perturbador de toda su vida desde la noche de la Ruptura.
No solo por la violencia inhumana de los choques que hacían llover piedras del techo a cada segundo.
Sino porque lo que estaba haciendo Demian en el centro de esa bóveda no se parecía al estilo luminoso y geométrico de las Armaduras Celestiales, ni tampoco al salvajismo caótico de los demonios mayores que habían estudiado durante cinco meses.
Era una tercera cosa que no tenía nombre: un depredador de sombra y brasa que paraba golpes de cinco toneladas con el antebrazo desnudo envuelto en humo negro, que caminaba a través de las ondas gravitacionales de Garath sin bajar la cabeza y cuya espada negra, alimentada ahora por el torrente carmesí que corría desde las manos de Demian por toda la hoja, cortaba la materia oscura sólida como si fuera carne blanda.
Al sexto minuto de intercambio brutal, Garath empezó a ceder terreno.
No cayó de un solo golpe heroico; fue triturado centímetro a centímetro, método contra método, monstruo contra monstruo.
Cada vez que Garath intentaba regenerar sus heridas absorbiendo energía del cristal octogonal que tenía detrás, Demian le cortaba los tendones de enlace con un tajo negro que quemaba los conductos impidiendo la sutura; cuando Garath intentó abrir cuatro bocas en su torso para descargar un torrente de radiación abismal a quemarropa, Demian no retrocedió: saltó directamente a través del chorro de fuego negro, aguantando cómo la descarga le deshacía la camisa a jirones sobre el pecho veteado de negro, llegó al cuello del gigante y le arrancó de cuajo dos de los brazos derechos con sus propias manos engarzadas en garras de quitina antes de hundirle la espada negra hasta el pomo en el centro del cráneo, entre los cuatro ojos incandescentes.
Garath cayó de rodillas al borde del foso con un gemido que sacudió los cimientos del valle.
Demian apoyó la bota izquierda sobre el hombro de basalto del general, giró la empuñadura de su espada noventa grados dentro del cráneo y tiró hacia afuera en diagonal, partiendo la corona ósea del señor de la quinta Mano en un surtidor de fuego negro y ceniza que empezó a disolver la masa colosal desde adentro hacia afuera.
En la cámara se hizo un silencio repentino, roto únicamente por el crepitar de los restos de Garath deshaciéndose y la respiración entrecortada de Kael y Lyra contra los muros.
Demian, de pie en el centro de la bóveda con el torso medio desnudo cruzado por las venas negras luminiscentes y los ojos de obsidiana y brasa encendidos en la penumbra, se giró lentamente hacia el cristal de anclaje.
A tres metros de él, el octaedro de tres metros de Garath latía al máximo de su potencia.