Capítulo 16 — La derrota
La derrota
En tres segundos helados, mientras corría hacia el centro del anillo con la espada negra en la mano, la mente militar de Demian hizo el inventario final de lo que quedaba en pie dentro de aquella cámara.
Darek y Vael, tendidos contra la pared norte a veinte metros, inconscientes, con sus núcleos celestiales apagados y las placas partidas sobre huesos fracturados.
Kael, de rodillas a diez metros a la izquierda, intentando levantarse apoyado en su mandoble apagado mientras un hilo de sangre le caía por el mentón y su armadura echaba humo gris por las juntas quemadas.
Y en la boca de la galería este, treinta metros atrás, el silencio absoluto por donde Sarael jamás había aparecido ni iba a aparecer antes de que todo terminara.
Cinco personas que habían cruzado medio continente en un tren de hierro, que habían dejado la piel y la sangre en cada metro de ceniza, que habían dado absolutamente todo lo que un cuerpo humano y un núcleo de metal antiguo podían entregar...
y frente a un general de primer orden como Garath, sencillamente no alcanzaba.
Garath ejecutó su ataque final contra Lyra.
Hasta ese instante, los desplazamientos de la mole de cinco metros habían tenido la pesadez sísmica de la piedra fundida; pero cuando el general concentró toda la energía del cristal octogonal que latía detrás de él en un único vector de aniquilación directa, se movió a una velocidad que los ojos humanos ni siquiera pudieron registrar como movimiento continuo.
Una extremidad en forma de lanza dentada emergió del centro mismo del pecho de Garath y cruzó los seis metros que lo separaban de Lyra en una centésima de segundo, antes de que ella pudiera terminar de recoger su lanza tras el último salto.
Demian solo alcanzó a ver el destello del impacto.
El golpe tomó a Lyra de lleno en el centro del peto plateado en el aire.
Se escuchó el sonido desgarrador del metal celestial agrietándose como campana rota, un estallido de chispas blancas que se apagaron en el acto y el cuerpo de Lyra cruzó la cámara como una muñeca rota hasta estrellarse de espaldas contra la muralla de basalto a quince metros de distancia, con una fuerza tan brutal que abrió un cráter radial de un metro en la roca viva.
Las placas plateadas de su armadura habían absorbido el ochenta por ciento de un impacto que habría vaporizado a un ser humano sin protección, salvándole la vida en el golpe inicial; pero el veinte por ciento restante bastó para que Lyra cayera de bruces sobre las piedras al pie del muro, con la lanza suelta a dos metros de su mano abierta, un reguero de sangre roja manchando sus labios y la armadura parpadeando débilmente con sus últimas chispas antes de quedar en penumbra.
Intentó apoyar la palma derecha en el suelo para levantarse; el brazo le tembló y no pudo sostener su peso.
—¡Lyra! —rugió Kael con la voz quebrada, arrastrándose hacia adelante e intentando interponerse en el camino del general con el mandoble sin luz.
Garath ni siquiera miró al comandante: le propinó un revés casual con una de sus piernas traseras que lanzó a Kael rodando cinco metros hacia un costado con el hombro destrozado, y continuó avanzando con pasos lentos y retumbantes hacia el lugar donde Lyra yacía inmóvil contra la pared, levantando su brazo principal convertido en una guadaña de dos metros de obsidiana para partirla en dos contra la piedra.
Demian se detuvo en seco en mitad de la cámara, a ocho metros de la espalda del general y a diez del cuerpo caído de Lyra.
Miró a Lyra en el suelo, tratando en vano de arrastrar los dedos hacia el asta de su lanza mientras la sombra colosal de Garath cubría su cuerpo.
Miró el cristal octogonal de tres metros que latía a su derecha, rugiendo de triunfo.
Y entonces miró hacia adentro de sí mismo.
Allí estaba la compuerta de acero mental.
Llevaba ocho meses enteros sosteniéndola con las dos manos.
Ciento cuarenta y seis días en la oscuridad del coma, tres semanas de mentir con cada músculo en el patio de ceniza del Bastión Sur, doce días de tragarse la sangre y el fuego de cuatro torres en silencio para que nadie le viera los ojos, para seguir siendo el sargento Demian, para proteger la frontera entre el hombre que había limpiado una pistola en la cocina de sus padres y el monstruo que el Comandante de Brecha había sembrado en su corazón.
Ocho meses de elegir cada mañana quién era por encima de qué era.
Si mantenía esa puerta cerrada un segundo más, conservaría su secreto y su humanidad intactos... y Lyra moriría partida en dos delante de sus ojos en los próximos dos segundos.
Demian miró los ocho meses de cadenas, cerrojos y prudencia.
Y los soltó todos a la vez.