La Ruptura (Crónicas de la Ruptura 1) Capítulo 15 — La quinta Mano
86%

Capítulo 15 — La quinta Mano

La quinta Mano

La quinta torre rompió todas las previsiones de campaña antes siquiera de que el convoy blindado entrara en el valle donde debía alzarse.

Porque la quinta torre no estaba sola.

Los partes preliminares que Kael había traído desde el Bastión Sur dos semanas atrás describían una aguja aislada en la cuenca minera de Sierra Negra, de tamaño y masa energética equivalentes a las de Verath o Orveth, separada por noventa kilómetros de montaña de la sexta torre.

Pero cuando el último minidrón de reconocimiento que les quedaba regresó a duras penas al tren tres días después de dejar la costa —con las hélices quemadas por la estática atmosférica— y descargó las imágenes térmicas en la consola del cuarto vagón, el silencio alrededor de la mesa fue sepulcral.

En medio del cráter minero se alzaba la quinta aguja —la Torre de Garath según la nomenclatura del Consejo—, de cuatrocientos metros de basalto negro; pero a solo cuatro kilómetros de distancia, al otro lado del cañón de roca, se levantaba la sexta —la Torre de Kereth—.

Y a trescientos metros de altura sobre el suelo del valle, uniendo las dos agujas como una cicatriz horizontal colosal tendida a través del cielo gris, habían crecido tres puentes entrelazados de materia oscura viva que bombeaban torrentes de luz carmesí de una estructura a la otra.

—Dos Manos fusionadas en un mismo complejo de anclaje —dijo Kael en voz baja, apoyando ambos puños sobre el borde del monitor mientras una vena le latía en la sien cicatrizada.

Era la primera vez en toda la expedición que Demian escuchaba en la voz del comandante una fisura de genuina incertidumbre táctica—.

Si atacamos la base de Garath, las fuerzas de Kereth cruzarán por el puente superior en menos de cinco minutos y nos caerán encima con el doble de masa.

—Los Altos Mandos ya sabían que esto estaba ocurriendo —dijo Sarael desde el extremo de la mesa. No lo formuló como una sospecha, sino como una constatación tranquila.

Kael levantó la cabeza bruscamente hacia él.

—¿Por qué dices eso?

—Porque la orden operativa original para esta fase del corredor central agrupaba el quinto y el sexto objetivo dentro de una misma ventana logística de cuarenta y ocho horas sin reabastecimiento intermedio —explicó Sarael, apoyando el índice sobre el mapa impreso—.

La distancia geográfica entre Garath y Kereth era menos de la tercera parte que entre cualquiera de las otras agujas del continente.

Cuando dos nodos de esa magnitud nacen tan cerca sobre la misma falla tectónica, tienden a tender puentes de coalescencia para protegerse mutuamente.

El Consejo calculó ese escenario cuando me envió de refuerzo: un escuadrón de cuatro portadores no puede romper un nexo doble, pero cinco sí.

Era una explicación impecablemente razonable desde el punto de vista geométrico.

Y era también una maniobra brillante de redirección psicológica: con tres frases dichas en el momento exacto, Sarael impedía que Kael abortara el asalto para pedir instrucciones y empujaba al comandante a aceptar como algo previsto e inevitable una trampa mortal donde también estaban esperándolos las fuerzas replegadas de Orveth.

Demian observó el rostro agotado de Kael mientras procesaba el argumento del enviado y reconoció el síntoma clásico de los oficiales que llevan demasiados días sin dormir bajo fuego continuo: cuando la alternativa a creer en tu asesor es admitir que estás en un callejón sin salida a cuatrocientos kilómetros de tu base, el cerebro humano elige creer la versión que le ofrece un camino hacia adelante.

—Entraremos por la base de Garath al amanecer —decidió Kael finalmente—. Si destruimos el quinto cristal antes de que Kereth transfiera toda su guardia por el puente superior, el colapso de la primera aguja arrastrará el puente consigo y dejará a la sexta aislada para el segundo golpe.

Demian y Lyra cruzaron una sola mirada breve a través del vagón. La trampa estaba montada, y no había forma de detener el tren sin empezar una guerra civil dentro del propio vagón.

El asalto comenzó a las seis de la mañana del día siguiente en medio de una tormenta seca de relámpagos violetas que saltaban entre el puente de materia oscura y las cumbres de Sierra Negra.

Y desde el primer minuto en que las botas de la infantería tocaron la grava negra de la mina a cielo abierto, el combate fue una carnicería en tres dimensiones que superó cualquier cosa que hubieran visto antes.

La horda que defendía el valle no tenía el tamaño de una guarnición normal: eran casi mil demonios combinando tres naturalezas distintas.

Por tierra cargaban las bestias acorazadas de Garath —moles cuadrúpedas de blindaje pétreo que hacían temblar las terrazas de la mina al correr—, mezcladas con restos de los reptadores anfibios que habían sido evacuados desde la costa de Orveth dos días atrás; y desde el puente superior de trescientos metros se lanzaban en picada los enjambres de Kereth: demonios alados de cuatro alas membranosas y picos de hueso negro que caían desde las nubes a doscientos kilómetros por hora como proyectiles vivientes.

No existía ángulo de cobertura seguro. Si te parapetabas detrás de una volqueta minera volcada para frenar a los cuadrúpedos de tierra, tres alados de Kereth caían en vertical desde el cielo sobre tu espalda; si levantabas el fusil hacia las nubes, la infantería pesada te arrollaba el muro de frente.

A los dieciocho minutos de haber cruzado el perímetro exterior, la formación del escuadrón se hizo pedazos.

Una descarga de rocas incandescentes lanzada desde las terrazas superiores de la mina cortó en tres partes el avance humano entre cortinas de humo sulfuroso y fuego de artillería del tren.

Demian vio cómo la escuadra del sargento cabo Rojas quedaba clavada tras un terraplén de carbón a la derecha, perdiendo a dos hombres en diez segundos bajo una nube de demonios alados, mientras el grupo de Presco era empujado hacia una zanja de drenaje a la izquierda.

Demian no siguió de largo hacia la puerta de la torre dejando atrás a los fusileros.

Durante veinte minutos peleó como un demonio entre las terrazas escalonadas de la mina para evitar que aniquilaran a la infantería: saltó a la zanja de la izquierda justo en el instante en que un alado de Kereth de dos metros de envergadura derribaba a Presco de un golpe de ala en la cabeza y abría el pico dentado sobre su garganta.

La espada negra de Demian decapitó a la bestia alada a diez centímetros de la cara de Presco y su mano izquierda vació el cargador de su pistola contra dos cuadrúpedos que venían detrás, antes de agarrar al veterano por el chaleco y arrastrarlo detrás de una tolva de hierro.

Presco tenía una herida abierta de diez centímetros en el cuero cabelludo que le bañaba media cara de sangre roja y el hombro derecho completamente dislocado fuera de la cavidad articular, colgando inerte a un costado, pero ya estaba empuñando su fusil corto con la mano izquierda sobre la rodilla.

—Gracias, sargento —escupió Presco con los dientes manchados de sangre—. Tengo el sector calzado con las dos ametralladoras que quedan. ¡No te quedes aquí con nosotros, sube a la aguja con Kael y Lyra o nos van a enterrar a todos cuando bajen más del puente!

Demian le dejó dos cargadores llenos junto a la rodilla y corrió rampa arriba hacia la base de la Torre de Garath, por donde acababan de entrar los portadores dos minutos antes.

El interior de la quinta Mano no tenía rampas espirales ni laberintos: era una única y colosal chimenea de roca basáltica de cien metros de ancho que subía directamente hacia el núcleo, iluminada por ríos verticales de lava negra que caían por las paredes.

Cuando Demian alcanzó la gran cámara central a cien metros de altura sobre la mina, el sonido de los impactos allá adentro hacía caer estalactitas del techo.

El cristal de anclaje de Garath —un monolito octogonal de tres metros de alto de color carmesí casi negro— flotaba en el centro de la caverna sobre un foso circular. Junto al cristal estaba el general Garath.

Y mientras Demian entraba corriendo por el arco sur con la espada negra en la mano y hacía el recuento instantáneo de las siluetas que peleaban en la sala, su mente registró de golpe el dato que confirmaba todo:

Estaban Kael, Lyra, Darek y Vael.

Sarael no estaba por ninguna parte.

De los seis integrantes del grupo de choque central que habían cruzado juntos el pórtico exterior de la torre diez minutos antes, solo cinco habían llegado a la cámara.

Según la última transmisión de radio que Demian había escuchado al subir, Sarael se había ofrecido voluntariamente a adelantarse por la galería lateral este para «cortar el conducto de refuerzos que bajaba del puente de Kereth».

La galería lateral este desembocaba a treinta metros a la derecha del altar donde estaban ahora mismo.

Por esa galería no había bajado ni un solo demonio. Y Sarael no había aparecido.

Había dejado a los cuatro portadores solos frente a lo que los esperaba en el centro de la sala.

Porque Garath no era un general de rango medio como los tres primeros ni un fugitivo como Orveth: era un señor de la guerra del primer círculo del abismo, y su sola presencia física en la cámara ejercía una presión gravitacional que aplastaba el aire contra el suelo.

Medía casi cinco metros de altura, pero su cuerpo no conservaba una anatomía fija ni un segundo seguido: era una masa de pesadilla en mutación continua, no rápida como el mercurio de Nass, sino lenta, pesada e inexorable como una colada de basalto fundido que cambiaba de arquitectura según lo que necesitaba aplastar.

Cuando Kael lo atacaba de frente, el torso de Garath espesaba tres capas de hueso negro sin costuras; cuando Vael intentaba flanquearlo, de la espalda del coloso brotaban en medio segundo brazos articulados de tres metros terminados en mazas de piedra viva.

En su cráneo deforme brillaban cuatro ojos enormes del color del hierro al blanco, y ninguno de los cuatro miraba en la misma dirección, cubriendo los trescientos sesenta grados de la bóveda sin un solo ángulo muerto.

Cuando Demian cruzó el umbral de la cámara, dos de aquellos cuatro ojos incandescentes giraron hacia él mientras los otros dos seguían clavados en los portadores.

Y la voz de Garath retumbó en toda la montaña, tan densa y articulada que esta vez hasta las piedras parecieron entenderla:

— El híbrido ha venido a casa a entregar lo que robó.

Los primeros treinta segundos de combate que siguieron fueron una demostración brutal de lo que ocurre cuando la voluntad humana choca contra una fuerza de un orden de magnitud superior para la cual no fue diseñada.

Darek y Vael intentaron ejecutar la maniobra de pinza que había funcionado contra Verath y Rahael.

Garath ni siquiera se molestó en esquivarlos: dejó que las dos hojas cortas de Vael se clavaran tres centímetros en su costado izquierdo, cerró la carne de basalto líquido alrededor de las hojas para atraparlas y, en el mismo movimiento, transformó sus dos brazos derechos en un único pilón de cinco toneladas de obsidiana maciza que descargó de lleno sobre ambos portadores a la vez.

El estruendo fue el de un vagón de tren estrellándose contra un muro de hormigón a cien kilómetros por hora.

El escudo magnético de bronce de Darek se partió por la mitad en una lluvia de fragmentos dorados; el peto de su Armadura Celestial se hundió cuatro centímetros sobre sus costillas con un chispazo azul de núcleo roto y los cuerpos de Darek y Vael salieron proyectados veinte metros a través de la cámara hasta estrellarse contra la pared del fondo, donde cayeron inmóviles e inconscientes entre los escombros con sus armaduras apagándose por completo.

Dos portadores fuera de combate en treinta segundos.

Kael rugió el nombre de sus compañeros y cargó de frente con su mandoble encendido al límite máximo de su núcleo, descargando tres golpes monumentales que abrieron grietas humeantes en el pecho de Garath.

La coraza gris de Kael había sido forjada para resistir asedios pesados, y aguantó los dos primeros contraataques del gigante con las botas enterradas hasta los tobillos en la roca; pero al tercer golpe de maza de Garath, los servomecanismos de los hombros de Kael soltaron un chorro de vapor blanco por sobrepresión, la sangre le brotó por debajo del casco y, cuando intentó levantar el mandoble de nuevo, sus brazos se movían con la lentitud desesperada de una máquina cuyos conductos internos acaban de fundirse.

Solo quedaba Lyra con capacidad de maniobra plena.

Y Lyra peleó en el centro de aquella bóveda con una ferocidad y una grandeza que Demian sabía que no olvidaría mientras viviera.

Con su Armadura Celestial brillando al cien por ciento de su potencia como un sol plateado que se negaba a apagarse en medio de las tinieblas, ella saltaba sobre los brazos mutantes de Garath, leía el cambio de la masa de basalto medio segundo antes de que terminara de solidificarse y hundía su lanza de luz blanca una y otra vez en los ojos y en las grietas del cuello del general, arrancándole bramidos de dolor real y trozos humeantes de materia oscura.

Le hizo daño. Daño verdadero y profundo, suficiente para que una criatura de cinco metros del primer círculo dejara de ignorar a los humanos como insectos y la reconociera como un peligro real.

Y convertirse en el único peligro real para Garath fue, exactamente, su sentencia.

Los cuatro ojos incandescentes del general convergieron por primera vez en una sola dirección: todos clavados en Lyra.

Y el equipo ya no tenía con qué detenerlo.