Capítulo 14 — La cuarta Mano #2
Al cuarto segundo, Sarael pareció percibir por el rabillo del ojo que el sector de Demian había quedado momentáneamente sin enemigos inmediatos; con un movimiento fluido y fulminante, descargó su espada dorada y le partió la cabeza al guardián en dos mitades que cayeron humeando de vuelta al mar sin haber lanzado un solo ataque.
Demian no dijo una palabra. No bajó el fusil ni hizo gesto alguno que alertara a Sarael de que lo había estado observando. Simplemente cerró el archivo mental con llave: ya no era una sospecha ni una reacción de armaduras. Era un hecho consumado.
Dos minutos más tarde, desde veinte metros bajo la superficie de la bahía negra, el mar entero se levantó en una cúpula de espuma hirviente.
A quince metros de profundidad en la cámara inundada, Lyra y Kael acababan de localizar el cristal de Orveth —un poliedro de obsidiana azulada engarzado en el lecho marino— y lo habían atravesado simultáneamente con la lanza de plata y el mandoble blanco a máxima carga.
Cuando la onda de choque del cuarto cristal roto subió desde el fondo del mar y atravesó la roca del espigón donde estaba parado Demian, la tormenta en su pecho recibió el cuarto caudal de energía a través de la piedra y el agua.
Demian hincó una rodilla tras el bolardo de hierro, fingiendo cubrirse de la lluvia de agua negra que cayó sobre el muelle, mientras contenía con los puños apretados el ardor helado que le subía por las venas del cuello.
Cuatro , contó en silencio mientras las cuatro raíces negras de su pecho terminaban de dibujarse bajo su camisa empapada. Y todavía mando yo.
Un minuto después, las cabezas de Kael, Vael y Lyra rompieron la superficie del agua junto a las escalerillas del muelle, jadeando en busca de aire fresco cuando sus membranas de oxígeno llegaban al último minuto de reserva.
Demian y Darek los izaron por los brazos acorazados hasta las losas del espigón.
Pero mientras miraban hacia la aguja de doscientos metros mar adentro, todos notaron que algo fundamental faltaba en la escena.
En Verath, en Nass y en Rahael, la destrucción del cristal había estado precedida o acompañada por la aparición desesperada del general de la torre defendiendo su ancla hasta desintegrarse con ella.
En la cámara submarina de Orveth no había habido ningún general.
La cuarta Mano de Lucifer ni siquiera estalló con furia como las tres anteriores: las paredes de basalto y coral muerto simplemente se ablandaron en silencio y se deslizaron lentamente hacia el fondo de la bahía negra con una quietud casi ceremonial, como una cáscara vacía que se hunde porque su dueño ya ha terminado de usarla y se ha marchado a otra parte antes de que llegaran los sitiadores.
En el camino de repliegue por el malecón hacia el tren blindado, mientras Kael y Sarael hablaban adelante con Darek sobre la extraña ausencia de resistencia en la cámara del núcleo, Demian caminó deliberadamente al costado de Lyra en la retaguardia de la columna.
Esperó a que el ruido del mar contra los acantilados cubriera sus voces y habló sin mirarla:
—En la punta del espigón, dos minutos antes de que ustedes rompieran el cristal abajo. Cuando saliste a tomar aire entre los pilotes del sifón antes de la inmersión final, ¿alcanzaste a mirar hacia arriba donde estaba Sarael?
Lyra caminaba con el casco bajo el brazo y el cabello mojado pegado a las sienes; su rostro estaba pálido pero sus ojos tenían una frialdad de acero.
—Lo vi desde el nivel del agua antes de volver a sumergirme —susurró ella—. El mediano de espinas dorsales que subió detrás de él.
—Tres segundos enteros quietos frente a frente antes de que lo matara —dijo Demian.
—Los conté —confirmó Lyra—. Ese demonio no subió a atacarlo, Demian. Subió a recibir una señal o a confirmar algo con él.
—¿Y qué había en la cámara del cristal cuando entraron por el atajo que nos dio Sarael?
—Cuatro guardias menores y el cristal solo —dijo Lyra en voz muy baja—. Ni rastro de Orveth. Las cadenas de piedra que sostenían el trono del general al fondo de la bóveda habían sido cortadas desde adentro hacía menos de una hora.
Demian dejó que las piezas encajaran con un chasquido helado en su mente militar.
—Si yo fuera un agente infiltrado en este escuadrón —dijo Demian mirando la espalda de Sarael treinta metros más adelante—, y mi objetivo fuera destruirnos sin que nadie en el tren sospeche de mí antes de tiempo, ¿qué haría en la cuarta torre?
Te daría un atajo real para que te fíes de mí.
Dejaría que rompas el cristal para que anotes una victoria en el papel.
Pero usaría mi contacto en la costa para avisarle al general de la torre que evacúe sus fuerzas principales hacia la siguiente aguja antes de que lleguemos.
—Un general que no muere al caer su cristal conserva su guardia de élite intacta y se repliega hacia la quinta torre —completó Lyra, comprendiendo la trampa en toda su magnitud—. Nos está dejando avanzar hacia una emboscada donde nos van a estar esperando con el doble de fuerzas.
—Exactamente —dijo Demian.
Caminaron veinte metros más en silencio sobre el balasto húmedo mientras los vagones del tren blindado crecían frente a ellos.
—¿Vamos a ver a Kael ahora mismo? —preguntó Lyra.
Demian miró hacia adelante: vio a Kael escuchando con asentimientos de cabeza las explicaciones técnicas de Sarael sobre las corrientes marinas; vio a Vert saludando a Sarael desde la ventanilla del vagón de radio con una sonrisa de alivio; vio a Darek agradeciéndole el haber cubierto el sifón.
—Todavía no —dijo Demian con amargura fría—.
Para cualquiera que no haya visto esos tres segundos con nuestros ojos, lo único que ocurrió hoy fue que el plan de Sarael funcionó a la perfección y tomamos la cuarta torre sin un solo muerto ni herido en quince minutos.
Si vamos a Kael con una pausa de tres segundos y un trono vacío, Sarael va a decir que Orveth huyó al sentir la caída de Rahael ayer.
Kael es un hombre de hechos probados: necesita ver el patrón completo cuando la trampa se cierre, no un puñado de sospechas nuestras.
—¿Y cuándo vamos a tener ese patrón a la vista? —preguntó Lyra.
Demian miró hacia las nubes negras del interior continental, hacia donde torcían las vías férreas después de dejar la costa.
—En la quinta torre —dijo Demian—. Porque si Orveth se replegó hacia allá, allá es donde Sarael va a cobrar su pieza.