Capítulo 14 — La cuarta Mano
La cuarta Mano
La cuarta torre se llamaba la Torre de Orveth y había emergido sobre los restos inundados de lo que había sido el principal puerto comercial de la costa norte.
Pero cuando el convoy blindado salió de los acantilados de roca a las ocho de la mañana y se detuvo sobre el malecón ferroviario frente a la bahía, Demian comprobó que el océano ya no era el océano que había conocido en su juventud.
La Ruptura había alterado la plataforma continental y la química misma de las aguas costeras.
No había olas con espuma blanca ni olor a salitre y algas vivas; hasta donde alcanzaba la vista bajo el cielo plomizo se extendía una llanura líquida de color negro aceitoso, espesa y pesada como mercurio frío, que se movía con un oleaje lento y silencioso contra los muelles hundidos.
Del agua subía un olor antiguo y estancado a azufre frío y abismo mineral: la frontera física entre el mundo de la superficie y aquello que había empezado a filtrarse por las fosas tectónicas del fondo marino.
A seiscientos metros mar adentro desde la línea rota de los muelles se alzaba la Torre de Orveth.
La mitad superior de la estructura —una espiral de basalto negro recubierta de formaciones calcáreas violáceas parecidas a corales muertos de diez metros de diámetro— sobresalía doscientos metros por encima de la superficie del agua negra; pero su mitad inferior descendía directamente hacia las profundidades sumergidas de la bahía demolida.
Y según las lecturas sísmicas del tren, el cristal de anclaje de Orveth no estaba en la aguja aérea, sino en la cámara basal, veinte metros por debajo del nivel del mar.
—¿Cómo demonios bajamos veinte metros en esa brea sin ahogarnos ni congelarnos antes de llegar a la puerta? —preguntó Presco durante la reunión táctica sobre el capó de un vagón plataforma, mirando con repulsión cómo el agua negra lamía los pilotes de hormigón a diez metros de las vías.
—Las Armaduras Celestiales pueden operar en inmersión total durante períodos breves —explicó Kael, señalando el corte hidrográfico del antiguo puerto—.
Al activar el campo energético perimetral en modo cerrado, las placas generan una membrana de ionización que separa el agua de la piel y recicla el oxígeno retenido durante un margen de entre doce y dieciocho minutos como máximo.
—Dieciocho minutos en un laberinto inundado sin visibilidad que no conocemos —objetó Lyra, revisando las cotas de profundidad en su libreta—.
Si la entrada a la cámara submarina está bloqueada o si el combate contra Orveth se extiende más de diez minutos, nos quedaremos sin aire y sin carga a mitad de camino.
Y la infantería sin armadura no puede bajar con nosotros.
—Si el cristal está más profundo o el acceso es indirecto, tendremos que abrir un respiradero volando las compuertas del dique seco desde arriba —dijo Kael.
Sarael, que había escuchado toda la exposición en silencio apoyado contra la baranda de la plataforma con los brazos cruzados, habló entonces con su serenidad habitual:
—No hará falta volar el dique ni gastar doce minutos buscando la entrada a ciegas, comandante. Yo conozco la distribución interna de las torres anfibias de esta clase.
Todas las miradas de la reunión se giraron hacia él.
Sarael se acercó al plano del puerto con la naturalidad de quien indica un atajo en su propio barrio y apoyó el dedo índice sobre un conducto de descarga sumergido en la cara noroeste de la base de la aguja.
—Las torres que se anclan sobre fallas costeras utilizan siempre una geometría de tres anillos sifónicos para refrigerar el núcleo con la presión del agua —explicó Sarael sin el menor titubeo—.
Si los portadores entran por la galería del segundo anillo noroeste en lugar de bajar por la grieta frontal, llegarán directamente a la bóveda de aire comprimido donde flota el cristal en menos de cuatro minutos de nado.
Con mi guía allá abajo, el tiempo total de inmersión se reduce a la mitad.
Kael lo observó fijamente durante dos segundos.
—¿Cómo conoces con tanta exactitud la arquitectura interna de una torre en la que ninguno de nosotros ha entrado antes, Sarael?
—Cuando desperté de mi recuperación en el nivel profundo del Bastión, el Consejo me entregó los dossieres completos de análisis estructural que sus especialistas compilaron a partir de las sondas enviadas en el primer mes —respondió Sarael, devolviéndole la mirada a Kael con aquella sonrisa transparente e inmutable—.
Tienen muy buenos archivos allá abajo, comandante.
Solo hacía falta alguien con tiempo en cama para estudiarlos de memoria.
Al otro lado de la mesa improvisada, Demian y Lyra no se miraron entre sí, pero ambos registraron el dato en el mismo segundo: era la segunda vez en cuatro días que Sarael utilizaba exactamente la misma muletilla — «tienen buenos archivos / buenos registros» — para tapar el origen de un conocimiento que ningún archivo humano podía poseer, porque ninguna sonda del Bastión había llegado jamás hasta el mar del norte.
Kael, sin embargo, tenía veinte minutos para iniciar el asalto antes de que subiera la marea negra y el atajo propuesto resolvía el único cuello de botella mortal de su plan.
—De acuerdo —decidió Kael—. Sarael, Lyra, Vael y yo bajaremos al núcleo submarino por el anillo noroeste.
Darek, tu armadura aún tiene el sello del brazo izquierdo reparado en frío y no resistiría dos atmósferas de presión de agua: te quedas arriba en el muelle con Demian, Presco y las dos escuadras de infantería.
Aseguren el espigón de piedra que conecta la costa con la torre para que la horda anfibia no nos corte la superficie cuando subamos sin aire.
El asalto a la cuarta Mano se dividió así en dos mundos separados por veinte metros de agua negra.
Y la batalla en el espigón costero resultó feroz desde el primer minuto en que el grupo de inmersión se arrojó a las aguas oscuras desde la punta del muelle.
Los demonios de la horda de Orveth tenían una morfología adaptada al abismo marino que cambiaba por completo las reglas del combate terrestre: cuerpos largos, musculosos y desprovistos de patas rígidas que se desplazaban sobre las rocas mojadas del espigón con una reptación ultrarrápida y viscosa, provistos de aletas dorsales de hueso cortante y mandíbulas desencajables que escupían chorros de salmuera ácida a quince metros de distancia.
El espigón de hormigón roto medía apenas doce metros de ancho por cuatrocientos de largo, rodeado a ambos lados por el mar negro.
Las criaturas no venían de frente desde la torre; emergían en oleadas silenciosas por ambos bordes del muelle al mismo tiempo, trepando por los bloques de escollera con una fluidez resbaladiza que anulaba las coberturas tradicionales porque no tenían el centro de gravedad alto de un bípedo ni presentaban puntos ciegos al girar.
—¡Espalda con espalda en dos filas a lo largo del eje central del muelle!
—gritó Demian mientras su espada negra partía en dos a un reptador de tres metros que acababa de saltar desde la escollera izquierda sobre el escudo de bronce de Darek—.
¡Si dejan que nos empujen a menos de dos metros del borde húmedo, nos arrastran al agua!
¡Fuego rasante a la línea de las branquias laterales!
Durante treinta y cinco minutos interminables, Demian, Darek y los catorce fusileros de Presco y Rojas sostuvieron aquel pasillo de piedra resbaladiza bajo una llovizna helada, rodeados por el rugido de las torretas del tren que disparaban desde la costa para limpiar las olas de refuerzos y el siseo del ácido hirviendo sobre el hormigón.
Al minuto treinta y seis, Sarael emergió solo a la superficie junto a los pilotes del extremo del espigón.
Salió del agua negra con un impulso limpio y aterrizó sobre las losas de piedra a veinte metros a la izquierda de Demian, con su espada de pomo plateado encendida en oro.
—¡Kael, Lyra y Vael ya están dentro de la cámara de aire del cristal! —gritó Sarael hacia Darek y Demian mientras abatía a dos demonios menores de un tajo circular—. ¡Subí a despejar la boca del sifón exterior porque estaban intentando derrumbar el conducto desde afuera!
Demian, que en ese instante terminaba de recargar su fusil detrás de un bolardo de hierro oxidado, miró hacia la posición de Sarael en la punta del muelle.
Y entonces ocurrió.
Justo detrás de Sarael, las aguas negras se abrieron sin levantar espuma y emergió sobre las rocas del espigón un demonio de la guardia interior de Orveth: una mole anfibia de casi tres metros de alto, mucho más pesada y antigua que los reptadores menores, con una corona de espinas dorsales negras y cuatro ojos de un amarillo fosforescente.
En toda la campaña —en los depósitos del Bastión, en Verath, en Nass y en Rahael—, ningún demonio de guardia había dudado jamás una milésima de segundo al tener a un portador de energía celestial a menos de cinco metros: el instinto de aniquilación entre ambas fuerzas era automático y rabioso.
El guardián de Orveth subió al muelle a dos metros de Sarael... y se detuvo.
No lanzó ningún zarpazo. No abrió las mandíbulas ácidas. Bajó ligeramente la corona de espinas de su cráneo frente al hombre de cabello blanco.
Y Sarael, que ya tenía la espada dorada levantada a media altura, tampoco descargó el golpe.
A través de la cortina de lluvia gris y humo de pólvora, a quince metros de distancia, Demian vio con su ojo derecho cómo entre Sarael y el demonio mediano se abría una pausa inmóvil, silenciosa y absoluta, durante la cual una onda brevísimamente codificada de aquella segunda capa oscura que vivía debajo de la luz de Sarael pulsó entre el pecho del enviado y el cráneo de la bestia.
Un segundo. Dos segundos. Tres segundos completos.
En medio de un combate a muerte donde cada décima de segundo decidía una vida, un guerrero celestial y un comandante demoníaco no se miran en silencio a dos metros de distancia durante tres segundos como quien entrega y recibe un mensaje.