Capítulo 13 — Dos naturalezas
Dos naturalezas
Durante los tres días de travesía que separaban las ruinas de la capital provincial del litoral marítimo donde se alzaba la cuarta torre, Demian se dedicó a hacer lo que mejor había aprendido en las unidades de reconocimiento profundo: observar un objetivo de cerca sin que el objetivo notara que estaba bajo la lupa.
Lo primero que tuvo que admitir en su evaluación interna fue que, en el plano estrictamente marcial, Sarael no era ningún impostor. Era extraordinariamente letal.
En las dos escaramuzas de ruta que el convoy sostuvo al cruzar los pantanos salobres del norte —cuando sendas manadas de demonios alados de tamaño medio intentaron perforar los tanques de diésel del séptimo vagón—, Sarael subió a la pasarela exterior sin casco ni coraza y combatió a la vista de todos.
No necesitaba recargar baterías ni activar interruptores: cuando desenvainaba su espada de pomo plateado, una luminiscencia dorada y blanquecina brotaba directamente de los poros de sus manos y recorría la hoja como fuego líquido.
Se movía con una combinación de velocidad, potencia de corte y lectura anticipada de trayectorias que superaba a Darek y a Vael y empataba con el mejor nivel de Kael.
Un solo tajo de su espada cargada desintegraba en el aire a demonios medianos que a la infantería de Presco le habrían costado tres cargadores de fusil; y en lugar de proyectar un escudo cerrado como las armaduras, la energía de Sarael irradiaba como un faro abierto que cegaba y quemaba los nervios ópticos de las criaturas menores en un radio de diez metros.
Nada de esa destreza era teatro. Si hubiera habido un solo movimiento fingido en su técnica de espada, Demian lo habría detectado al instante.
Lo que resultaba mucho más inquietante no era cómo peleaba Sarael, sino cómo administraba la información dentro del grupo cuando se apagaban los disparos.
Sarael tenía una respuesta exacta, oportuna y seductoramente útil para cada grieta de incertidumbre que aparecía en el escuadrón.
Cuando en la tarde del segundo día Kael expresó dudas sobre la resistencia de los puentes costeros al peso de la locomotora, Sarael citó de memoria el tonelaje de carga de los pilares de hormigón de esa línea férrea porque supuestamente había operado allí en el primer mes; la cifra resultó exacta cuando cruzaron el primer viaducto.
Cuando Darek mencionó una falla de sincronía en el enfriamiento de su brazo izquierdo, Sarael le indicó un ajuste de tres milímetros en la válvula del núcleo que los armeros del Bastión desconocían y que eliminó el sobrecalentamiento en diez minutos.
Era el tipo de hombre que, en setenta y dos horas, logra que una unidad agotada por la guerra empiece a preguntarse cómo había podido sobrevivir antes de que él subiera al tren.
Demian observó el avance de esa influencia con frialdad clínica.
Presco, que por naturaleza desconfiaba de cualquier oficial que no tuviera barro en las botas, empezó a escuchar las sugerencias tácticas de Sarael con el mismo silencio respetuoso que reservaba para Kael.
Vert —que seguía con la pierna inmovilizada por los clavos quirúrgicos en el puesto de radio y sentía la frustración amarga de no poder bajar a pelear con sus compañeros— pasaba horas enteras escuchando a Sarael hablar sobre las campañas del oeste, mirándolo con esa devoción transparente de los soldados de diecinueve años ante quien encarna todo lo que ellos querrían llegar a ser.
Incluso Kael, cansado de cargar en soledad con la vida de veinte personas y tres tumbas recientes, había acortado con Sarael su habitual período de prueba de varias semanas, consultándolo en la mesa de mapas como a un igual.
Solo Lyra mantenía una cortesía distante e impenetrable cada vez que Sarael se dirigía a ella. Y solo Demian sabía lo que costaba sostener esa muralla.
La tercera noche de viaje hacia la costa, a las dos de la madrugada, Demian encontró la oportunidad que estaba buscando para medir a Sarael sin público alrededor.
Acababa de terminar su turno de guardia en la torreta trasera y caminaba por la pasarela exterior abierta entre el quinto y el sexto vagón —un puente estrecho de rejilla de hierro suspendido sobre los enganches que rugían a cincuenta kilómetros por hora en la oscuridad— cuando Sarael abrió la puerta del quinto vagón para hacer el relevo.
Lyra, cumpliendo el pacto, observaba desde la mirilla blindada del vagón cuatro con la lanza al alcance de la mano, a seis metros de distancia visual pero fuera del alcance del sonido por el estruendo del viento y las ruedas.
Los dos hombres quedaron frente a frente en el pasillo exterior azotado por el aire salobre de la costa cercana.
—¿Cuánto tiempo dijiste que estuviste inactivo en el búnker antes de que te enviaran aquí? —preguntó Demian, apoyando el hombro contra el barandal de hierro sin ceder del todo el paso.
—Casi cinco meses —respondió Sarael, deteniéndose con total tranquilidad a un metro de él—. La herida la recibí en la quinta noche después de la Ruptura, durante el repliegue de la guarnición occidental.
No hubo ni una décima de segundo de vacilación en la respuesta. Las palabras salieron con la fluidez pulida de una historia que ha sido redactada y ensayada de antemano, no con las pausas irregulares de quien busca en la memoria un recuerdo traumático real.
—Ayer en el pantano vi cómo tu energía cerraba un corte en tu antebrazo en menos de un minuto —observó Demian clavando sus ojos en el rostro pálido del enviado—. ¿Qué clase de herida deja fuera de combate durante cinco meses a alguien que se regenera a esa velocidad?
Sarael sostuvo la mirada de Demian en la penumbra del pasillo exterior. El viento agitaba las puntas blancas de su cabello, y en sus ojos grises con fondo dorado apareció una chispa que podía ser aprecio intelectual por la agudeza del sargento o el cálculo frío de cuánto mostrar.
—Una herida que no se abre solo en la carne, Demian —dijo Sarael con voz baja y grave—.
El tipo de lesión interna que sufrimos los seres de naturaleza dual cuando las dos mitades que nos componen entran en guerra abierta dentro del mismo cuerpo y todavía no hemos aprendido cuál de las dos debe mandar.
Fue una respuesta magistral. Describía una verdad que Demian conocía en carne propia, y al mismo tiempo era tan abstracta que ningún médico ni comandante podía verificarla en un expediente.
—¿Y ya resolviste cuál de las dos manda en ti? —preguntó Demian.
—Lo suficiente como para cumplir mi misión sin titubear —dijo Sarael, y aquella sonrisa limpia y amable volvió a curvar sus labios—. ¿Y tú, Demian? ¿Cómo llevas la convivencia con la tuya después de tres cristales?
El ruido de las ruedas de hierro sobre los rieles llenó los dos segundos de silencio que siguieron.
Allí estaba. Sin máscaras ni rodeos diplomáticos. Sarael no estaba preguntando si Demian tenía algo extraño; estaba confirmando abiertamente que sabía qué era Demian y que sabía exactamente qué ocurría cada vez que un cristal de anclaje se rompía cerca de él.
—Mi naturaleza no es asunto tuyo —dijo Demian con una calma glacial que enfrió el aire entre los dos—. Ni tuyo ni de quienes te firmaron el salvoconducto.
—En eso te equivocas, sargento —respondió Sarael sin perder el tono cordial, casi compasivo, de un hermano mayor razonable—.
Mientras viajes solo por el desierto, lo que lleves en el pecho es asunto tuyo.
Pero mientras duermas en el mismo vagón que veinte personas que confían en ti sin saber qué eres, tu control es el problema más crítico de este escuadrón.
—Hizo una pausa breve, sosteniendo el destello color cobre del ojo derecho de Demian—.
Créeme: a mí no me preocupas tú. Me preocupa lo que le va a pasar a esta gente el día que la puerta que sostienes se te termine de romper en medio de una cámara.
Era una jugada perfecta. Exactamente las palabras que diría un guardián noble y preocupado por sus compañeros, y también exactamente el argumento con el que un infiltrado prepara el terreno moral para justificar una ejecución futura ante testigos.
Demian asintió despacio, sin tocar la empuñadura de su espada.
—Tendré muy en cuenta tu preocupación —dijo Demian, y se apartó medio paso del barandal para entrar al cuarto vagón.
Diez minutos más tarde, en la penumbra del furgón de cola, Demian le transmitió a Lyra la conversación palabra por palabra, incluyendo el compás exacto de cada frase y la ausencia de titubeos.
—Sabe todo sobre ti —susurró Lyra, con las manos apretadas sobre sus rodillas—. Sabe que eres un híbrido y sabe que absorbes el residuo de los cristales.
—Sí.
—¿Crees que se lo informó el Consejo antes de enviarlo? Sera juró que tus análisis de cuarentena habían quedado limpios en el archivo oficial.
—O alguien en los Altos Mandos sabía de mi infección desde el día en que me sacaron de mi departamento y el coma de cinco meses fue un experimento vigilado...
o Sarael no necesitó ningún informe escrito porque sus propios sentidos leen la red de las torres igual que los míos —dijo Demian, pensando en voz alta—.
Y la segunda opción me inquieta mucho más que la primera.
—¿Por qué?
—Porque si Sarael me detectó en el terraplén el primer día cuando me dio la mano, y realmente fuera el campeón celestial que dice ser, su deber sagrado habría sido denunciarme ante Kael en ese mismo minuto —razonó Demian—.
No lo hizo. Esperó tres días a estar a solas conmigo en la pasarela para dejarme saber que tiene mi secreto en el bolsillo.
Lyra levantó la vista con los ojos muy abiertos por la comprensión táctica.
—No quiere neutralizarte todavía —dijo ella—. Necesita que sigas entrando a las torres y rompiendo los cristales por alguna razón... o está esperando el momento en que todo el escuadrón te vea perder el control para que sea el propio Kael quien te baje el pulgar.
—Exacto —dijo Demian—. Hoy no puedo ir a decirle a Kael ni a Presco que el enviado del Consejo que acaba de salvar el séptimo vagón en el pantano es un traidor porque me hizo una pregunta incómoda en el pasillo.
Si lo ataco ahora, el traidor ante los ojos del tren soy yo.
Tenemos que esperar a que mueva una pieza en falso en el campo de batalla.
—Yo te creería sin ninguna prueba —dijo Lyra con voz firme.
—Tú ya viste mis ojos en la cámara de Rahael y no saliste corriendo, Lyra —dijo Demian mirándola con una gravedad silenciosa—. Eso cambia todos los parámetros entre nosotros dos. Pero para el resto del tren, necesitamos un hecho que no admita dos lecturas.
En el silencio que siguió a esa frase quedó flotando todo lo que significaba aquel «nosotros dos» , una alianza nacida en el borde mismo del abismo que ya no necesitaba explicarse ni tenía marcha atrás, aunque ninguno tuviera tiempo ni derecho de ponerle otro nombre mientras quedaran cuatro agujas en pie.
—Mañana al amanecer llegamos a la costa de Orveth —dijo Demian, mirando por la ventanilla trasera cómo las vías se perdían en la niebla marina—. El informe dice que el cristal está bajo el agua.
—Lo sé —respondió ella, apoyando un instante su hombro contra el de él antes de levantarse—. ¿Vas a poder sostener la puerta con él caminando a tu espalda?
—Voy a tener que poder —dijo Demian.
Era la única respuesta honesta que les quedaba en el inventario.