Capítulo 18 — El abismo #3
El choque habría desnucado en el acto a cualquier hombre ordinario.
Incluso con la densidad sobrehumana que conservaban sus huesos y su musculatura, el primer impacto contra el balasto le sacó todo el aire de los pulmones con un crujido brutal en el hombro derecho; dio cuatro vueltas de campana descontroladas levantando una nube de ceniza negra y grava afilada que le abrió la piel de los brazos y la frente, hasta quedar finalmente tendido de espaldas en la zanja pedregosa a diez metros de los rieles.
Desde el suelo, con la boca llena de tierra y sangre y la mano derecha apretada contra el agujero de su costado izquierdo por donde manaba un líquido espeso que era mitad sangre roja y mitad brasa oscura, Demian levantó apenas la cabeza.
Vio las luces traseras rojas del furgón de cola —aquel mismo furgón donde dos noches atrás Lyra había puesto la mano sobre la suya y le había dicho úsame de ancla — doblar la curva del desfiladero de roca y perderse detrás de las colinas grises rumbo al norte.
El traqueteo de las dos mil toneladas de acero se fue apagando en la distancia hasta que no quedó nada.
Demian se quedó completamente solo en el silencio muerto de la tierra sin nombre.
A su alrededor no había más que rocas calcinadas, el esqueleto retorcido de una torre de alta tensión caída y el viento helado que arrastraba ceniza sobre sus botas.
Intentó apoyar el codo derecho para incorporarse; un espasmo de dolor blanco y negro partió desde la herida de la daga de Sarael en su costado y lo obligó a dejar caer la nuca contra la grava.
El veneno energético de aquella hoja seguía activo dentro de la herida, actuando como una cuña de hierro frío clavada exactamente en la sutura entre su corazón humano y la esquirla de su pecho, impidiendo que la herida se cerrara sola y produciendo una parálisis progresiva que Demian sintió avanzar por sus piernas con la lucidez incómoda de un soldado que reconoce por primera vez el límite real de su propia mortalidad.
Y entonces, diez metros por debajo de la zanja de piedra donde yacía, la corteza terrestre respondió al colapso reciente de la quinta torre.
No fue un temblor sísmico normal.
Al haberse roto cinco de los siete anclajes continentales en menos de dos semanas —y al haber caído Garath hacía menos de una hora a cuatro kilómetros de allí—, la tensión dimensional acumulada en la falla geológica de Sierra Negra perdió su contenedor y el suelo debajo de las vías se abrió en canal.
La roca basáltica bajo la espalda de Demian se fracturó en un patrón circular de treinta metros de diámetro con el sonido seco de un glaciar partiéndose en dos, y de las grietas profundas emergió un resplandor cegador de color naranja y carmesí oscuro.
No era magma volcánico ordinario de roca fundida: era fuego de frontera, un río incandescente de materia interplanar donde este mundo terminaba y empezaba el abismo del que habían caído las torres la noche de la Ruptura.
El borde de piedra donde descansaba Demian cedió de golpe hacia adentro.
Sin fuerzas en las piernas para saltar hacia la roca firme, Demian resbaló por el talud derrumbado y cayó al vacío de la grieta abierta.
El aire ardiente del abismo lo envolvió de abajo hacia arriba mientras caía en picada hacia el río de fuego carmesí que corría doscientos metros más abajo entre paredes verticales de obsidiana.
No era un calor que carbonizara la piel al instante como un horno físico; era el calor aplastante de otro plano de existencia reclamando lo que había salido de él, disolviendo las piedras que caían junto a Demian antes de que tocaran el fondo.
La herida del costado izquierdo le quemaba como un sol helado. La interferencia de la daga de Sarael mantenía estrangulada a la tormenta en su pecho, que luchaba desesperadamente por despertar ante la inminencia de la muerte sin lograr romper el bloqueo del metal gris.
Un segundo de caída libre. Dos segundos. El río de fuego interplanar llenaba ya todo su campo visual cincuenta metros más abajo.
Y en el tercer segundo de caída, cuando la puerta interna ya no existía porque se había fundido contra Garath, y cuando la propia tormenta demoníaca estaba demasiado debilitada por el veneno de la daga como para imponer su forma...
aquello tercero que había estado esperando en el fondo mismo de la sangre de Demian desde el principio encontró por fin su lugar.
Lo que su madre y su abuela Vera habían llevado dormido en las venas durante generaciones antes de que se abriera el cielo. Lo que la armadura de Lyra había reconocido y saludado en el patio de ceniza del Bastión Sur.
Debajo de su espalda desnuda, a ambos lados de la columna vertebral, la piel y los músculos se abrieron desde adentro hacia afuera.
No hubo dolor en ese desgarro; hubo una sensación de alivio inmenso y luminoso, idéntica a la de un pulmón que vuelve a expandirse al máximo después de haber estado aplastado bajo el agua durante toda una vida.
Con un trueno seco que rebotó entre los muros de la grieta, se desplegaron desde sus omóplatos.
Alas.
Pero no eran las membranas negras, asimétricas y cartilaginosas de los demonios que habían oscurecido el cielo sobre su ciudad la noche en que murieron sus padres, ni tampoco los espejos rotos de los generales de las torres.
Eran dos alas monumentales de casi seis metros de envergadura total, formadas por hileras superpuestas de algo que tenía la arquitectura exacta de grandes plumas de águila, pero tejidas en una materia imposible donde la oscuridad profunda del basalto demoníaco y la luz plateada de las Armaduras Celestiales convivían en cada hebra: negras como el vacío en el nacimiento del hueso y encendidas en los bordes con un filo de fuego blanco y oro pálido que vibraba exactamente en la misma octava limpia que la lanza de Lyra.
Las dos alas se abrieron de par en par a veinte metros sobre el río de lava dimensional y golpearon el aire ardiente de la grieta una sola vez.
El descenso en picada se frenó de golpe en un remolino de fuego y ceniza que levantó olas en el magma inferior.
No detuvo la caída por completo —su cuerpo herido apenas tenía conciencia para sostener el vuelo—, pero transformó el desplome mortal en un planeo lento y controlado hacia una cornisa profunda de roca negra en el umbral mismo entre los dos mundos, donde el calor del abismo empezaba a quemar el veneno de la daga de Sarael fuera de sus venas.
En ese último margen suspendido entre la vigilia y la oscuridad, mientras sus alas de sombra y luz barrían el aire del precipicio, Demian tuvo una última percepción de una nitidez absoluta.
Arriba, sobre la corteza rota del mundo, el tren blindado seguía rodando hacia el norte rumbo a las dos últimas torres.
Adentro de ese tren iban Lyra, Presco, Vert y Kael... con Sarael caminando entre ellos con las manos limpias y la daga guardada en la cintura.
Cinco Manos de Lucifer habían caído. Quedaban dos.
Y él —mitad de la noche que había incendiado la Tierra, mitad de una luz antigua que todavía no tenía nombre en los libros de los hombres— descendía vivo hacia la frontera entre los planos con las alas abiertas, la herida ardiendo en el costado y esa calma fría e indestructible que solo aparece en el corazón de un soldado cuando ya le han quitado todas las máscaras y no le queda nada más que perder.
No iba a morir en esa grieta.
Y cuando subiera de vuelta a la superficie, ni los generales de las torres ni quienes habían enviado a Sarael iban a tener un lugar lo bastante profundo donde esconderse.
Seguía eligiendo.
Incluso ahora, cayendo hacia el fuego del abismo con el cielo cerrado sobre su cabeza, seguía eligiendo quién era.
La oscuridad incandescente de la grieta se cerró sobre sus alas abiertas.
Y allá arriba, bajo las nubes color plomo que cubrían las ruinas silenciosas por donde el convoy se alejaba hacia el horizonte del norte, no quedó sobre la piedra ni un solo rastro de lo que acababa de nacer en las profundidades.
Solo el viento helado. El polvo de ceniza. Y ese silencio denso y cargado de tormenta que precede siempre al segundo acto de una guerra que apenas acaba de empezar.
Fin del Libro Primero.