Capítulo 11 — La tercera Mano #2
A través de los veinte metros de aire cargado de electricidad estática, la matriz de Rahael proyectó directamente contra el cerebro de Demian un alud de memoria pura que no le pertenecía a él ni a ningún ser humano: la memoria de lo que aquella energía había sido antes de ser fragmentada en cristales, antes de caer sobre las ciudades la noche de la Ruptura, antes incluso de que existieran soles en este lado del vacío.
Imágenes vertiginosas de una guerra en un cielo sin estrellas, de legiones de luz blanca y legiones de sombra cayendo juntas en un abismo de fuego, y la certeza aplastante de que las siete torres no eran simples armas de invasión, sino los siete clavos de una cerradura que estaba a punto de abrirse desde abajo.
El peso de esa memoria ajena golpeó la puerta interna de Demian como un ariete de diez toneladas.
Por primera vez en ocho meses, sintió y escuchó en su propio cráneo el crujido físico de su barrera mental agrietándose de arriba abajo; un hilo de sangre muy oscura le brotó de la fosa nasal derecha y sus pasos se volvieron pesados como si caminara con el agua al pecho.
—Demian.
La voz de Lyra sonó justo a su derecha, clara y firme por encima del rugido mental de la cámara.
Ella se había colocado a medio metro de él y acababa de encender su Armadura Celestial al segundo umbral, no para atacar todavía, sino para que el halo de luz blanca y plateada de sus placas envolviera por completo el costado derecho del cuerpo de Demian.
Al mismo tiempo, rozó el antebrazo de él con el suyo.
Tal como le había prometido la noche anterior en el vagón de cola, la frecuencia purísima de su armadura actuó como un escudo Faraday alrededor del pecho de Demian: amortiguó a la mitad el alud de voces del cristal gigante y le devolvió el aire a los pulmones.
—Estoy en pie —murmuró Demian, limpiándose la sangre de la nariz con el dorso del guante sin que Kael, tres metros más adelante, llegara a verlo.
—Lo sé —dijo Lyra en voz muy baja, sin apartar la vista del fondo de la plataforma donde la pared carnosa de la torre empezaba a abrirse—.
Y sé que aquí adentro estás recibiendo diez veces más presión que nosotros.
No gastes fuerzas peleando contra el general esta vez: quédate detrás de mi escudo, deja que nosotros cuatro lo fijemos y ve directo al cristal cuando abramos el hueco.
Era la primera vez en toda la guerra que alguien entraba al fuego sabiendo exactamente qué llevaba él en la sangre y ponía su propio cuerpo delante para aliviarle la carga.
—De acuerdo —dijo Demian.
Dos segundos después, la pared del fondo de la cámara se desgarró hacia afuera y emergió Rahael.
Demian vio la forma del tercer general durante tres segundos antes de obligar a su mente a no analizar su anatomía para no perder velocidad: una amalgama colosal de alas de espejo negro quebrado, torsos superpuestos y coronas de hueso ardiente que ocupaba un tercio de la plataforma y cuyo solo movimiento rasgaba el espacio creando breves vacíos de succión que arrastraban las piedras hacia él.
—¡Formación de contención máxima! —rugió Kael, clavando su mandoble luminoso en el suelo para frenar el primer vendaval gravitacional de Rahael mientras Darek, Vael y Lyra formaban un muro de luz blanca y bronce frente a la aberración —.
¡Demian, al núcleo! ¡Tienes un minuto antes de que nos aplaste contra el borde!
Kael, Lyra, Darek y Vael se lanzaron de frente contra la pesadilla de espejos negros, absorbiendo el brutal embate inicial de Rahael con un estallido de relámpagos celestiales que iluminó toda la cavidad torácica de la torre.
Y Demian, cubierto por aquella muralla humana y luminosa que se jugaba la vida para darle sesenta segundos, corrió los veinte metros finales hacia el cristal del tamaño de un vagón.
Saltó sobre la arteria inferior de obsidiana, desenvainó la espada negra con ambas manos y buscó el punto nodal de la gigantesca estructura roja.
Era demasiado grueso para romperlo solo con fuerza muscular humana o con las dos últimas cargas plásticas que le quedaban en el chaleco; si no canalizaba la potencia real de lo que llevaba adentro hacia el filo de la hoja en el momento de la detonación, apenas le haría un rasguño superficial y Rahael terminaría de despedazar a sus cuatro compañeros a su espalda.
Demian pegó los dos bloques de explosivo plástico en la costura central del cristal, dio dos pasos atrás sobre el puente de hueso, activó el detonador...
y en el instante de la explosión se lanzó hacia adelante y clavó la espada negra hasta la empuñadura en el cráter humeante, abriendo su puerta interna durante dos segundos completos para inyectar a través del acero toda la furia contenida de su pecho directamente contra el corazón del octaedro.
El choque de su propia energía híbrida contra la matriz herida del cristal de Rahael produjo un cataclismo instantáneo.
El coloso rojo se partió en tres bloques monumentales con el estruendo de una montaña partiéndose al medio.
Pero la descarga de retorno que salió de aquella grieta de diez metros de alto fue tres veces más violenta que las de Verath y Nass combinadas.
Una columna de fuego negro y carmesí envolvió a Demian de pies a cabeza en el puente de hueso; la fuerza del torrente dimensional que entró por sus brazos y su pecho fue tan descomunal que durante tres segundos enteros la compuerta interna de Demian simplemente dejó de existir, borrada por el caudal del río, y la totalidad absoluta de lo que él era quedó desnuda y despierta en medio de la cámara de la tercera torre.
La onda oscura barrió la plataforma hacia atrás.
Sus ojos cambiaron por completo: la esclerótica de ambos globos oculares se tiñó de negro obsidiana profundo y los dos iris ardieron como dos anillos de fuego carmesí y oro pálido en la penumbra; las venas negras de su pecho subieron por su cuello hasta la mandíbula y, alrededor de sus hombros, el aire se curvó en dos sombras densas con forma de alas plegadas que absorbieron la luz del recinto.
A diez metros de distancia, Lyra acababa de girar la cabeza hacia el cristal al sentir el colapso de la presión de Rahael, y fue la única que tenía ángulo visual directo hacia el rostro de Demian a través del humo.
Cuando vio aquello que estaba de pie junto al cristal partido —cuando vio los dos ojos de brasa negra clavados en la nada y el aura de oscuridad primordial que hacía temblar el piso de hueso bajo sus botas—, el instinto ancestral de su Armadura Celestial y de sus propios nervios humanos le hizo dar un paso involuntario hacia atrás, levantando la lanza dos centímetros por puro reflejo defensivo ante una presencia de rango abismal.
Solo un paso. Un segundo de terror primitivo en sus pupilas claras.