Capítulo 11 — La tercera Mano #3
Y al segundo siguiente, Lyra vio que Demian no levantaba la espada hacia ella, sino que se llevaba la mano izquierda al pecho temblando de arriba abajo para estrangular su propia transformación antes de que Kael o Darek se dieran vuelta.
Ella bajó la punta de la lanza en el acto, dio dos pasos hacia adelante para interponerse visualmente entre Demian y el resto del escuadrón, y sostuvo su posición como un escudo.
Nadie más llegó a mirar hacia el pedestal. Kael, Darek y Vael tenían la vista fija en Rahael, cuyos espejos negros y coronas de hueso se estaban haciendo añicos en el aire y cayendo hacia el abismo inferior en una lluvia de ceniza ardiente al perder su ancla con este mundo.
Tres segundos.
Con un esfuerzo que le arrancó un gemido ronco de la garganta y lo dejó con un sabor a hierro hirviendo en toda la boca, Demian reconstruyó la puerta interna a martillazos de voluntad y encerró a la bestia agigantada de nuevo en la oscuridad de su tórax.
El negro de sus ojos se retrajo; las venas de su cuello bajaron bajo el cuello de la camisa.
La tercera Mano de Lucifer comenzó a desplomarse desde sus quinientos metros de altura con un bramido que partió los puentes de hueso bajo sus pies.
* * *
En la marcha de repliegue a través de la avenida que recuperaba su longitud normal mientras la aguja se convertía en una montaña de escombros humeantes detrás de ellos, el escuadrón caminó disperso en el silencio exhausto de los sobrevivientes.
A trescientos metros del tren blindado, Presco acortó el paso deliberadamente para dejar que el resto de su escuadra se adelantara veinte metros y se emparejó con Demian, caminando hombro con hombro sobre el asfalto agrietado sin mirar hacia los costados.
Durante cien metros ninguno de los dos dijo una palabra. Solo sonaba el crujido de los vidrios rotos bajo sus botas y el jadeo lejano de los heridos.
Finalmente, Presco habló en voz baja, mirando al frente mientras caminaba:
—Lo que te dijo ese mediano en la barricada de los autobuses antes de que le cortaras la cabeza.
—Lo escuché —dijo Demian, sin girar el rostro ni acelerar el paso.
—Yo también lo escuché, sargento. Tengo cuarenta y dos años y un oído medio sordo por los morteros, pero a tres metros de distancia escucho perfectamente cuando una de esas cosas llama híbrido a un hombre y dice que lleva su sangre en el pecho.
Caminaron otros veinte pasos en silencio bajo la ceniza que caía del cielo.
Demian mantuvo la mano derecha cerca de la hebilla del cinturón, no para atacar a Presco, sino esperando el momento en que el viejo suboficial desenfundara su pistola reglamentaria o llamara a Kael a los gritos para cumplir con el protocolo de cuarentena.
Presco no tocó su funda.
—Llevo veintidós años poniéndome uniformes y viendo cómo la gente que manda desde atrás escribe reglamentos en blanco y negro para cosas que en el barro siempre son grises —dijo Presco con su voz rasposa de garganta cortada—.
En los depósitos del Bastión podías haberte quedado detrás del vagón y saliste a matar seis rastreros tú solo.
En el techo del tren te soltaste el cable de vida en plena curva para que no degollaran al muchacho Vert.
Y ayer en los conductos de Nass me sacaste dos emboscadores de encima cuando se me trabó el cargador.
—Hizo una pausa larga—. No te voy a preguntar qué te pasó la noche que caíste ni qué tienes metido debajo de las costillas, Demian.
No es asunto mío ni de los médicos del Consejo.
Presco giró entonces la cabeza hacia él y le sostuvo la mirada con unos ojos cansados, duros y completamente desprovistos de miedo o de juicio fácil: los ojos de un perro viejo de trinchera que juzga a los hombres por lo que hacen bajo el fuego y no por lo que dice un papel.
—Pero tengo catorce soldados a mi cargo en este tren a los que les prometí que iba a hacer todo lo posible por devolverlos vivos a casa —añadió Presco en voz muy baja y firme—.
Así que si en algún momento eso que llevas adentro empieza a ganar la pulseada y se convierte en un peligro para el equipo...
necesito tu palabra de soldado de que me vas a avisar antes de que sea demasiado tarde para frenarte.
Demian sostuvo la mirada del suboficial durante tres segundos. En medio de toda la oscuridad que había tragado esa tarde en la cámara de Rahael, la lealtad áspera y directa de aquel hombre le pareció algo casi sagrado.
—Si llega el momento en que no pueda controlarlo y sea un peligro para el escuadrón —dijo Demian con voz grave y limpia—, tú mismo vas a tener mi arma cargada para disparar primero, Presco. Te doy mi palabra.
Presco asintió una sola vez, satisfecho con el trato, y dio una palmada breve en el antebrazo de Demian antes de adelantar el paso para reunirse con sus fusileros al pie de la rampa del tren.
Era suficiente. Por ahora, era todo el margen que necesitaba para seguir respirando.
Tres Manos de Lucifer habían caído en ceniza. Quedaban cuatro en el horizonte del norte.
Y en el fondo de la red subterránea que temblaba bajo las vías, lo que gobernaba las últimas agujas ya no solo sabía que el híbrido venía en camino: acababa de medir exactamente cuánta fuerza tenía.