Capítulo 11 — La tercera Mano
La tercera Mano
La tercera torre era la mayor de toda la mitad norte del continente, y cuando Kael desplegó su perfil en la reunión de las seis de la mañana siguiente, lo hizo sin cambiar un ápice la neutralidad seca de su voz, que era la forma en que el comandante anunciaba las misiones de las que probablemente no volverían todos.
En los despachos de los Altos Mandos figuraba como la Torre de Rahael.
Junto al nombre impreso en la hoja de órdenes había un asterisco mecanografiado que no remitía a ninguna nota al pie de página ni a ningún anexo táctico.
Demian, sentado ahora junto a Lyra en el sector reservado a la unidad de choque central tal como ella le había anticipado la noche anterior, interpretó ese asterisco huérfano como la señal inequívoca de que ni siquiera la fuente secreta del Consejo sabía con certeza qué clase de entidad los esperaba adentro.
Cuando el convoy emergió de los túneles de las sierras al mediodía y asomó al valle de la antigua capital provincial, entendieron por qué no había notas al pie.
La Torre de Rahael se alzaba en lo que había sido la plaza cívica del centro histórico, superando los quinientos metros de altura —una aguja colosal de tres aristas retorcidas que perforaba la base misma de las nubes púrpuras—, pero lo que había absorbido a su alrededor no eran simplemente edificios de ladrillo como había hecho Nass.
Rahael había deformado la métrica del espacio .
A ochocientos metros de la base de la aguja, donde el tren blindado tuvo que detenerse porque los rieles de acero terminaban retorcidos hacia arriba como raíces arrancadas, la perspectiva visual comenzaba a fallar de una manera que producía náuseas instantáneas a quien miraba por los visores sin filtro.
Las distancias físicas entre las ruinas no coincidían con el tamaño angular que calculaba el ojo: una avenida derruida que a simple vista parecía medir cien metros de largo requería diez minutos de marcha pesada para ser cruzada, como si el espacio entre el punto A y el punto B hubiera sido estirado como una goma elástica invisible.
Por el contrario, una esquina que parecía lejana en el horizonte se presentaba de golpe a tres pasos de las botas al doblar un muro, haciendo que el tiempo y el movimiento perdieran toda relación lineal.
—El grupo central entra directo por el eje sur —ordenó Kael al pie de la rampa del tren, revisando el cierre de su mandoble—.
Los cuatro portadores y el sargento Demian en el centro de la cuña.
Presco, tú quedas al mando de las dos escuadras de infantería unificadas en el anillo exterior; sostengan la boca de la avenida estirada y no entren en la zona de distorsión profunda a menos que demos la señal.
Presco miró a Demian ajustándose las correas de la mochila junto a Lyra y Darek, y asintió con gravedad.
—Cuídate la espalda allá adentro, sargento —le dijo Presco al pasar, chocando su antebrazo con el de él—. Sin ti en el flanco vamos a tener que apuntar de verdad.
El avance comenzó a las doce y media del día, hora en que las lecturas térmicas de los drones indicaban que la actividad de la horda de Rahael disminuía un treinta por ciento por razones que nadie comprendía —y que nadie en la infantería cuestionaba, porque en campaña una ventaja táctica se aprovecha primero y se estudia después—.
Se notaba en cada movimiento que ya no eran el grupo heterogéneo que había salido del Bastión Sur una semana atrás.
Dos asaltos victoriosos a torres mayores habían limado todas las asperezas entre las escuadras: los relevos de fuego se ejecutaban sin gritar órdenes, los portadores de armadura y los fusileros de Presco medían los ángulos de cobertura de memoria, y cuando Demian señalaba un pliegue del terreno deformado donde el espacio era más corto para avanzar, Kael y Darek cambiaban la dirección de toda la cuña en medio segundo sin dudar de su criterio.
Habían aprendido a pelear como un solo cuerpo. Y Demian era plenamente consciente del filo de doble corte que tenía esa confianza: esa gente dependía de él tanto como él empezaba a depender de ellos.
A trescientos metros de la base de la aguja, donde las calles del centro histórico se retorcían bajo la sombra de los quinientos metros de obsidiana, les salió al paso la infantería de Rahael.
Y en los primeros treinta segundos de contacto cercano, presentaron una anomalía que hizo que el combate fuera psicológicamente mucho más perturbador que cualquiera de los anteriores.
Algunos de ellos hablaban .
No con el bramido sub-sónico y mental que solo Demian había podido traducir en la cámara de Verath, sino usando cuerdas vocales físicas y articulando palabras en español perfectamente comprensible para cualquier oído humano, aunque pronunciadas con una cadencia mecánica, hueca y desfasada, como una grabación reproducida por gargantas que habían pertenecido a hombres y mujeres antes de la noche de la Ruptura y que aún conservaban restos de memoria fonética en el tejido mutado.
Y lo que decían mientras se lanzaban sobre las bayonetas y las lanzas no eran gritos de guerra ni amenazas vacías. Eran datos. Nombres de calles, recuerdos robados a los convertidos de la ciudad, y verdades dirigidas con precisión de francotirador.
— Tu hermana tardó cuatro minutos en asfixiarse bajo la piedra negra, cuarta portadora —chilló un demonio de dos metros con medio rostro humano deformado al saltar sobre el escudo de Lyra en el borde de la avenida.
Lyra no dijo una palabra; le atravesó el cráneo con la lanza de un golpe seco y siguió avanzando, aunque Demian sintió el temblor fugaz de ira en la luz de sus placas.
Medio minuto más tarde, cuando la línea de infantería de Presco se adelantó por el flanco izquierdo para limpiar una barricada de autobuses calcinados y quedó a menos de cuatro metros de la posición de Demian, un demonio mediano de extremidades alargadas saltó desde el techo de un autobús directamente sobre la espada negra del sargento.
Las hojas chocaron a veinte centímetros de la cara de Demian, bloqueadas en cruz. El demonio clavó sus cuatro ojos rojos en el ojo derecho de Demian, aspiró el aire a un palmo de su cuello y sus mandíbulas partidas articularon con una claridad atroz que superó el estruendo de los disparos cercanos:
— Olemos lo que escondes en el pecho, híbrido. Llevas nuestra sangre y nos matas con su hierro. Rahael te conoce. Rahael te está esperando arriba.
Demian giró la muñeca izquierda con una velocidad fulminante, le hundió el cuchillo de trinchera por debajo de la mandíbula hasta atravesarle el cerebro para callarlo en el acto y de un revés de la espada negra le decapitó el torso antes de que cayera al suelo.
Pero el silencio que dejó esa cabeza cortada a su izquierda fue ensordecedor.
Porque a tres metros y medio de distancia, detrás del capó del autobús, Presco acababa de bajar el cañón de su fusil humeante. Tenía la cabeza girada hacia Demian, los oídos perfectamente sanos y había escuchado cada sílaba de aquella frase con total nitidez.
Durante un segundo entero, en medio del humo y los gritos de la batalla, los ojos veteranos de Presco y los de Demian se encontraron a través del espacio.
Presco no abrió la boca. No era el lugar ni el momento; tres demonios más venían cargando por la acera rota. El viejo infante de marina apretó las mandíbulas, giró el fusil hacia el frente y continuó disparando para cubrir el paso del grupo central hacia el pórtico de la torre.
Pero la palabra había caído entre los dos como una granada sin espoleta.
Demian no miró atrás. Corrió junto a Kael, Lyra, Darek y Vael hacia el interior de la tercera Mano.
* * *
Si la torre de Verath había sido una geometría de ángulos imposibles y la de Nass un laberinto urbano digerido, el interior de la Torre de Rahael era, en la única descripción que la mente de Demian logró formular mientras ascendían, el interior del tórax de un dios muerto que seguía respirando por reflejo.
Las paredes de la gigantesca cavidad vertical no eran de piedra fría: tenían una textura fibrosa, cálida y elástica de color púrpura negruzco que se dilataba y se contraía cada ocho segundos con un sonido húmedo de fuelles colosales, bombeando corrientes de aire denso cargado de esporas luminiscentes hacia las alturas.
El suelo bajo sus botas estaba formado por arcos de hueso calcificado que cruzaban el vacío como costillas ciclópeas sobre un abismo sin fondo, y la distorsión espacial aquí adentro era tan extrema que mirar hacia arriba o hacia abajo producía la ilusión de estar caminando por una pared vertical hacia el centro de la tierra.
Para no vomitar ni caer al vacío por el engaño de los ojos, Demian tuvo que hacer exactamente lo que había temido la noche anterior: apagar por completo el cálculo visual humano y guiar sus pasos exclusivamente con los sentidos del lado no humano de su naturaleza.
Tardaron cuarenta minutos de ascenso penoso y combates breves contra centinelas alados entre los puentes de hueso en alcanzar la bóveda del corazón, a trescientos metros de altura sobre el nivel de la calle.
Y allí estaba el tercer cristal de anclaje.
Era descomunal. Tenía el volumen de un vagón de ferrocarril o de un blindado pesado, suspendido en el centro del vacío por decenas de arterias de obsidiana flexible que latían e inyectaban torrentes de luz carmesí directamente hacia la cúspide de la torre, donde la aguja tocaba las nubes de la grieta.
En el instante en que los cinco pisaron la plataforma central a veinte metros del coloso mineral, la resonancia que golpeó el pecho de Demian fue de una magnitud tan salvaje que le cortó la respiración en seco y le hizo ver todo el recinto teñido de rojo sangre.
Este cristal no zumbaba ni susurraba como los dos anteriores.
Este cristal recordaba .