La Ruptura (Crónicas de la Ruptura 1) Capítulo 9 — Nass #3
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Capítulo 9 — Nass #3

—¡Kael, ataca al del frente ahora! —gritó Demian mientras salía disparado desde el costado del camión hacia la quinta figura de Nass que cerraba la retaguardia del pentágono.

Kael confió ciegamente en la orden y descargó un tajo a dos manos sobre el cuerpo frontal de Nass.

En la milésima de segundo en que el cuerpo frontal se volvió humo para transferir la masa hacia el quinto cuerpo en la retaguardia, Demian llegó a la espalda de esa quinta figura, no intentó cortarle el torso —que habría disipado el golpe—, sino que hundió su espada de aleación negra verticalmente a través de los dos pies fusionados de la entidad hasta clavarlos veinte centímetros en el basalto del suelo, dejando escapar por la hoja un pulso brevísimo e indetectable de su propia energía oscura para bloquear la transferencia dimensional durante un latido.

La quinta figura quedó anclada al piso medio segundo. Los cinco hilos invisibles se tensaron en el aire como cuerdas de violín a punto de cortarse, inmovilizando el nexo central en un punto fijo a tres metros del suelo.

—¡Ahí, Lyra! —rugió Demian aguantando el latigazo de mercurio negro que le abrió la manga del brazo izquierdo.

Lyra ya estaba en el aire.

Había saltado desde el camión con un impulso perfecto, trazando una parábola plateada por encima de las cabezas de las marionetas, y en el cenit de su salto hundió las dos manos con la punta de su lanza celestial directamente en el espacio aparentemente vacío a tres metros del suelo.

La punta de plata chocó en mitad del aire contra algo duro como el diamante con un estampido sónico que reventó los tímpanos de todos en la plaza.

En el punto de impacto se hizo visible de golpe el sexto nodo: un corazón facetado de obsidiana y venas púrpuras que intentó contraerse para escapar, pero la descarga a quemarropa de la armadura de Lyra corrió como fuego blanco por los cinco filamentos transparentes al mismo tiempo, quemando la conexión de raíz.

Las cinco marionetas de mercurio negro soltaron un chillido simultáneo en cinco octavas distintas, perdieron su forma humanoide de golpe como cera hirviendo y se desplomaron sobre las baldosas en charcos inertes de escoria gris.

En el aire, el sexto nodo se partió en cuatro pedazos carbonizados que cayeron humeando a los pies de Lyra cuando ella aterrizó con elegancia felina en el centro de la plaza.

Nass se había disuelto.

Y en ese mismo segundo, al morir el cerebro que mantenía unida la red de las tres manzanas, las membranas de materia oscura del techo de la plaza se secaron y se abrieron dejando entrar por primera vez la luz gris del cielo exterior.

Alrededor de ellos, los edificios de ocho pisos que llevaban meses inclinados en ángulos imposibles empezaron a crujir con el gemido colosal de miles de toneladas de hormigón recordando de golpe las leyes de la gravedad terrestre.

—¡La estructura urbana está cediendo! —ordenó Kael, levantando a Vert por debajo del brazo sano mientras Presco lo sostenía del otro lado—. ¡Rojas, saca a tus hombres por el cauce seco del río! ¡Todos afuera a paso de carga!

Salieron de las tres manzanas absorbidas corriendo entre una lluvia de mampostería y vigas oxidadas mientras, a sus espaldas, la segunda Mano de Lucifer y todo el distrito parasitado se hundían sobre los cimientos podridos en una nube de polvo gris que cubrió ambas orillas del río.

*    *    *

El regreso al convoy blindado aquella tarde no tuvo risas ni anécdotas de trinchera como la primera salida en el Bastión.

Vert tenía una fractura expuesta de peroné que Sera inmovilizó con clavos quirúrgicos en la enfermería del tren y que lo dejaría fuera de las escuadras de asalto a pie durante semanas, relegado a las consolas de comunicación y logística del vagón de mando.

Pero lo que pesaba como una losa sobre el cuarto vagón eran los tres asientos vacíos en los bancos metálicos: Gómez, Torres y el soldado Paz de la escuadra de Rojas.

Antes de que el convoy encendiera las calderas para alejarse del río Gris, Kael formó a todos los sobrevivientes en el pasillo central del vagón de operaciones, sacó su libreta negra manchada de ceniza y leyó en voz alta los tres nombres completos, sus rangos y las fechas en que se habían unido al Bastión Sur.

Luego cerró la libreta y guardó diez segundos de silencio. Nada más. Sin discursos sobre el sacrificio heroico ni promesas de que sus nombres serían recordados en estatuas futuras.

Era todo lo que podían permitirse darles, y al mismo tiempo resultaba terriblemente poco frente a los tres fusiles sin dueño asegurados en el armero del fondo.

Aquella noche, mientras el tren acampaba en una meseta elevada a quince kilómetros de las ruinas de Nass, Demian y Lyra volvieron a coincidir en el techo del vagón de suministros.

Esta vez ninguno de los dos intentó iniciar una conversación.

El cansancio acumulado de dos torres en seis días y el silencio de las tres bajas habían cambiado la textura del aire entre ellos: ya no era el silencio exploratorio de dos desconocidos que se miden con cuidado, sino el silencio habitado y hondo de dos personas que han aprendido a respirar en el mismo espacio sin necesidad de llenarlo con palabras.

Llevaban media hora sentados mirando la negrura de la llanura cuando Lyra dejó caer levemente el peso de su hombro izquierdo contra el hombro derecho de Demian.

Fue un contacto mínimo a través de la tela gruesa de los abrigos de campaña, apenas el peso de alguien que confirma que el otro sigue ahí después de que se cayera el techo del mundo.

Demian no se apartó ni tensó los músculos. Permaneció inmóvil, sosteniendo ese contacto leve bajo el cielo sin estrellas.

Y dentro de su pecho, por primera vez después de haber estado expuesto a la ruptura de dos nodos demoníacos en una misma mañana, la tormenta oscura no arañó la puerta ni pidió más sangre: se quedó completamente quieta bajo el calor tranquilo de aquel hombro apoyado en el suyo.

Eso, pensó Demian mirando la oscuridad de las vías, era en sí mismo el dato más extraordinario y más peligroso de toda la jornada.