La Ruptura (Crónicas de la Ruptura 1) Capítulo 10 — Lo que no se dice
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Capítulo 10 — Lo que no se dice

Lo que no se dice

El convoy permaneció detenido tres días completos en la meseta situada a mitad de camino entre la cuenca del río Gris y el valle donde los mapas marcaban la tercera torre.

Las razones tácticas eran de peso: los heridos del laberinto de Nass necesitaban setenta y dos horas de estabilización antes de entrar en combate de nuevo; el núcleo de la armadura de bronce de Darek había sufrido una fisura en los conductos de enfriamiento secundario durante el choque con las marionetas de mercurio y requería una recalibración delicada que los ingenieros del tren realizaban siguiendo instrucciones enviadas por radio desde el Bastión; y, sobre todo, el trazado ferroviario hacia la tercera Mano atravesaba la antigua capital provincial, un territorio del que no existían mapas posteriores al primer mes de la Ruptura y que exigía vuelos nocturnos de los dos últimos minidrones de reconocimiento que les quedaban.

Demian empleó esos tres días de tregua forzosa para enfrentar en privado una realidad que ya no podía seguir postergando: la contabilidad exacta de lo que le estaba ocurriendo cada vez que se rompía un cristal de anclaje.

Lo abordó con la frialdad analítica de un oficial de inteligencia que redacta el informe sobre un arma enemiga, aunque en este caso el arma estuviera alojada detrás de sus propias costillas.

Sentado a solas en un puesto de vigía entre las rocas a doscientos metros del tren, desglosó el fenómeno en tres fases que se habían repetido con intensidad creciente entre Verath y Nass.

La primera fase ocurría en el instante de la fractura: la energía dimensional liberada por el cristal roto no se disipaba al azar, sino que identificaba la esquirla dentro del pecho de Demian como un vaso de su misma naturaleza y se precipitaba dentro de él para no extinguirse.

Con cada absorción, la reserva de fuerza y velocidad disponible detrás de su compuerta interna aumentaba de forma notable, pero también aumentaba la presión constante sobre el cerrojo de su voluntad.

La puerta que en el Bastión cerraba con un pensamiento ahora requería mantener un músculo mental apretado las veinticuatro horas del día.

La segunda fase duraba los diez o quince minutos posteriores al combate: sus sentidos quedaban expandidos en un espectro donde la materia física perdía opacidad y empezaba a percibir las corrientes de energía del mundo antes que las formas sólidas.

Además, cuando se miró esa mañana en un trozo de vidrio roto detrás de las rocas a plena luz del día, comprobó que el iris de su ojo derecho ya no recuperaba del todo su color castaño original: alrededor de la pupila había quedado un cerco permanente del color del cobre oxidado al fuego que solo pasaba desapercibido si mantenía la cara en sombra.

Pero la tercera fase era la que lo mantenía despierto en la madrugada.

En esos breves lapsos de percepción expandida tras romper los nodos de Nass, las visiones de la red ya no habían sido simples destellos pasivos.

Había visto con claridad meridiana las cinco torres restantes erguidas sobre la geografía del continente, unidas bajo tierra por arterias de luz negra que bombeaban hacia una herida central mucho más profunda que cualquiera de las agujas individuales.

Y en el segundo exacto en que cayó el sexto nodo de Nass, Demian había sentido que algo en el otro extremo de esa red —algo inmenso, inmóvil y frío que gobernaba las últimas torres— detenía su pulso durante tres segundos y miraba hacia el punto exacto del mapa donde estaba él.

La red ya no solo notaba que faltaban dos cristales.

La red sabía que quien los estaba devorando se acercaba en línea recta por los rieles del norte.

La noche del segundo día de descanso en la meseta, a las once y media, Demian se dirigió al único lugar del convoy donde nunca iba nadie: el vagón de cola.

Era un furgón corto de blindaje inclinado que cerraba la formación detrás del depósito de combustible; no tenía literas ni calefacción, solo cajas de herramientas de vía, rollos de cable de acero y una ventanilla trasera de cristal grueso que miraba hacia los rieles que ya habían dejado atrás.

La única iluminación era una lámpara de emergencia de filamento rojizo en el techo que zumbaba débilmente.

Llevaba veinte minutos sentado en el banco de chapa lateral, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en la oscuridad de la vía muerta, cuando sintió que el picaporte de la puerta estanca delantera giraba despacio.

Reconoció la cadencia del paso y la vibración limpia del aire medio segundo antes de que la puerta se abriera.

Lyra entró en el furgón de cola cerrando la escotilla tras de sí sin hacer ruido.

No llevaba puesta la Armadura Celestial —la había dejado en los soportes de carga del vagón central—, sino únicamente el pantalón táctico negro y un jersey de lana gris oscura de cuello alto con las mangas remangadas hasta los codos.

Caminó los tres metros del furgón y se sentó en el banco metálico justo enfrente de Demian, a menos de un metro de sus rodillas, bajo el halo tenue de la lámpara roja.

—Kael va a darte una orden nueva mañana en la reunión de las seis —dijo ella sin preámbulos, mirándolo directamente a los ojos.

—¿Qué orden?

—Va a sacarte del mando de la escuadra del flanco izquierdo y va a integrarte de forma permanente en el grupo central de los cuatro portadores para el asalto a la tercera torre —dijo Lyra—. No en la periferia. En el núcleo de choque con nosotros desde el primer minuto.

Demian procesó la noticia en silencio. Entrar con las escuadras de infantería por los flancos le daba humo, cobertura, callejones sin testigos y distancia respecto a los visores térmicos de las armaduras.

Ir encadenado al centro mismo del diamante con Kael, Darek y Vael frente a la tercera torre —la más grande de la región— significaba pelear bajo cuatro reflectores vivientes donde cualquier movimiento por encima del límite humano quedaría expuesto a dos metros de los ojos del comandante.

—¿Por qué el cambio? —preguntó Demian.

—Porque en la primera torre fuiste tú quien leyó el desfase óptico de la guardia y abrió la brecha del cristal, y en la segunda fuiste quien localizó cuatro de los seis nodos antes que los sensores y vio el nexo invisible de Nass en el aire —dijo Lyra con sencillez—.

Kael es un comandante pragmático: cuando encuentra una pieza que resuelve los problemas que las armaduras no pueden leer a tiempo, la pone en la punta de la lanza.

No suele pedir opinión antes de hacerlo.

—Ya noté esa costumbre suya —dijo Demian.

Lyra inclinó levemente la cabeza, estudiando las facciones en sombra de él bajo la luz rojiza del techo.

—¿Vas a aceptar el puesto mañana?

—¿Tú qué harías en mi lugar?

Ella consideró la pregunta con esa seriedad honesta que le dedicaba a todo lo que importaba.

—Diría que sí sin pensarlo y entraría a esa torre con todo lo que tengo —respondió Lyra. Y luego bajó el volumen de su voz medio tono—: Pero yo no tengo las mismas razones que tienes tú para medir cada paso que doy cuando alguien me está mirando.

El furgón quedó en un silencio tan absoluto que se escuchó el enfriamiento del metal de las vías afuera en la helada nocturna.

Era la primera vez que Lyra dejaba de rodear el perímetro y ponía el pie directamente sobre la línea que Demian llevaba un mes defendiendo con uñas y dientes.

No había reproche en su voz, ni el tono de un oficial que acorrala a un sospechoso; había una calma abierta y desarmada que resultaba mucho más difícil de esquivar que un interrogatorio de Kael.

—¿Qué razones crees que tengo para cuidarme, Lyra? —preguntó Demian, manteniendo su voz serena aunque su corazón de treinta y ocho pulsaciones acababa de dar un golpe seco contra sus costillas.

Ella no apartó los ojos de los suyos ni un milímetro.

—No conozco los detalles exactos —dijo Lyra—.

Pero sé que hay algo dentro de ti que no figura en ningún legajo del ejército.

Sé que cada vez que salimos de una torre te sientas solo lejos del tren con los puños cerrados como si estuvieras sosteniendo una pared que se te cae encima.

Y sé que llevar eso tú solo te está costando un precio que los demás no ven porque están demasiado ocupados agradeciendo que les salves la vida.

Demian miró las manos de ella apoyadas sobre sus rodillas y luego volvió a subir la vista hacia su rostro.

Podía mentirle una vez más. Podía darle otra respuesta técnica sobre el estrés postraumático de la guerra del sur o el cansancio del coma, y sabía que Lyra era lo bastante respetuosa como para no volver a tocar el tema jamás.

Pero si mañana entraba con ella al corazón de la tercera Mano —donde la presión de la red iba a ser el doble que en las dos anteriores—, mantener esa mentira entre los dos podía costarle la vida a ella si él fallaba medio segundo.

—El núcleo de tu armadura —dijo Demian despacio, probando el agua por última vez—. Cuando se activa cerca de mí, o cuando me diste la mano al bajar de la escotilla el otro día... ¿qué es lo que sientes exactamente?

Lyra no contestó enseguida. Eligió cada palabra con precisión quirúrgica.

—Las Armaduras Celestiales son ciegas a las personas comunes; para el metal, un soldado humano es neutrónicamente invisible —dijo ella—.

Solo reaccionan ante energías que no pertenecen a la biología terrestre: se erizan con rechazo térmico ante la materia de los demonios, y vibran en armonía cuando tienen cerca a otra armadura.

Pero contigo... contigo pasa algo que no figura en los manuales de los Altos Mandos.

Cada vez que estoy a menos de dos metros de ti, el núcleo de mi pecho emite una frecuencia baja y cálida que no es ni alarma de ataque ni resonancia estándar.

Es como si tocara algo que tiene las dos polaridades fundidas en el mismo sitio.

—¿Y eso no te da miedo?