La Ruptura (Crónicas de la Ruptura 1) Capítulo 9 — Nass #2
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Capítulo 9 — Nass #2

No lo trató como a un intruso que venía a destruirlo.

El nodo lo escaneó con una familiaridad helada y transmitió a su mente una sola imagen nítida: la visión de sí mismo desde afuera, caminando entre los humanos como una larva de fuego oscuro envuelta en un capullo de barro frágil que tarde o temprano tendría que romperse desde adentro.

El cristal no le temía; lo reconocía como algo que compartía su mismo origen.

Demian sintió un asco frío en el fondo de la garganta.

Antes de que la comunicación del nodo pudiera profundizar un milímetro más o despertar del todo a la bestia en sus costillas, desenvainó la espada negra, hundió la punta hasta el centro del quiste mineral para abrir una fisura conductora, activó el temporizador de cinco segundos de las cargas plásticas sobre la grieta y saltó hacia atrás por el hueco de la escalera junto con Presco.

La detonación reventó las paredes interiores del banco y esparció una lluvia de grava negra y humo púrpura por todo el tercer piso.

En el instante en que el primer nodo se fragmentó, la energía liberada por la esfera rota no subió hacia el techo: buscó por ley de afinidad el receptor compatible más cercano y se precipitó como un látigo invisible por el pasillo directamente hacia el pecho de Demian.

Él tuvo que apoyar el hombro contra la pared del rellano, oculto por la nube espesa de polvo de ladrillo de la explosión, y apretar los dientes hasta casi partirse el esmalte mientras la puerta interna recibía el embate.

Sintió cómo una fracción de aquella corriente helada se filtraba por las bisagras de su voluntad y se sumaba al horno bajo su esternón, haciendo que sus dedos temblaran de sobrecarga durante cinco segundos antes de lograr dominarla.

Uno menos , pensó, secándose un hilo de sudor frío de la sien con el dorso del guante. La puerta sigue cerrada.

Pero la destrucción del primer nodo alteró el comportamiento de toda la colmena.

Las paredes de los tres bloques urbanos gimieron con un sonido orgánico de tripas gigantescas contrayéndose, y de los conductos superiores comenzaron a bajar decenas de guardias de Nass que ya no jugaban al desgaste: atacaban en oleadas suicidas desde tres niveles a la vez para impedir que las columnas humanas llegaran a los nodos restantes antes de que se cumpliera el ciclo de regeneración.

Las dos horas siguientes fueron un descenso al infierno en cámara lenta a través de las entrañas del distrito absorbido.

A los setenta minutos, mientras cruzaban un pasaje aéreo cubierto de membranas negras entre el primer y el segundo bloque para destruir el segundo nodo que Demian había localizado, el piso mismo del puente se abrió hacia abajo como una boca dentada mientras ocho demonios miméticos atacaban desde el techo.

El soldado Gómez y el cabo Torres —dos veteranos que habían sobrevivido a la defensa del Bastión desde el primer mes— cayeron por la abertura hacia el foso de espinas de obsidiana diez metros más abajo antes de que nadie pudiera agarrarlos de las correas; Presco vació medio cargador hacia el foso para ahorrarles la agonía de ser absorbidos vivos por las raíces de la torre, con la mandíbula rígida como piedra y sin decir una sola palabra, y el grupo siguió corriendo hacia adelante porque detenerse diez segundos a llorar a los muertos significaba que nadie saldría vivo de allí.

Eran las primeras bajas mortales del escuadrón desde que Demian había subido al tren. Y el peso de esos dos cascos vacíos se pegó al aire húmedo de los conductos como plomo.

El tercer nodo lo volaron en el sótano inundado de una fábrica textil quince minutos después.

Para cuando Demian y los cuatro sobrevivientes de su escuadra rompieron el último tabique de cartílago mineral y emergieron en la gran plaza central techada donde convergían las tres columnas del asalto, el cuarto nodo estaba justo frente a ellos, incrustado en el pedestal de una fuente seca, y la columna de los portadores ya estaba combatiendo a veinte metros de distancia en medio de un caos indescriptible.

Lyra se desprendió del combate central al verlos salir del conducto izquierdo y corrió hacia el cuarto nodo al mismo tiempo que Demian.

Entre los dos abatieron a los tres guardias que protegían la fuente: Lyra clavó su lanza de plata en el centro de la esfera negra y Demian descargó un tajo profundo con su espada oscura en la vena principal del cristal hasta que el cuarto nodo estalló en un surtidor de chispas violetas.

Cuando la cuarta onda de energía residual golpeó el pecho de Demian a menos de un metro de distancia, el sargento sintió que la rodilla izquierda le flaqueaba medio segundo por la saturación acumulada de dos nodos seguidos y tuvo que apoyar la mano libre contra el borde de piedra de la fuente rota, bajando la visera del casco para ocultar el destello carmesí que ardió un instante en su ojo derecho.

—¿Estás bien? —preguntó Lyra a su lado, respirando con fuerza tras retirar la lanza humeante, con una mano apoyada cerca del hombro de él.

—Sí —dijo Demian, enderezándose en un segundo y obligando a su voz a sonar limpia—. Inhalé polvo del cristal al romperse. Quedan dos nodos: el quinto lo acaba de volar la escuadra de Rojas en el sector del río; acabo de sentir la vibración en el suelo. El sexto tiene que estar pegado a Nass.

Lyra aceptó la excusa del polvo sin discutirla en medio del fuego, pero sus ojos claros permanecieron un segundo adicional sobre el perfil derecho de Demian —justo donde la sombra del casco cubría su cicatriz— antes de girarse hacia el centro de la plaza.

Allí, rodeado por Kael, Darek y Vael, combatía el general Nass.

Y Nass era el reverso exacto de Verath tanto en anatomía como en método de guerra.

Donde Verath había sido un coloso único de cuatro metros de fuerza bruta frontal, Nass no tenía un cuerpo único: era un sistema distribuido .

En el centro de la plaza se movían cinco figuras esbeltas de dos metros y medio de altura, de facciones idénticas y sin rostro, moldeadas en una sustancia parecida al mercurio negro solidificado que cambiaba de densidad a voluntad.

Los cinco cuerpos no peleaban como cinco individuos coordinados, sino como los cinco dedos de un solo cerebro invisible que los conectaba a través del espacio.

Cada vez que el mandoble luminoso de Kael alcanzaba el torso del cuerpo número uno para partirlo en dos, la masa y el impacto cinético del golpe desaparecían del cuerpo uno en el instante del contacto y salían despedidos por el brazo del cuerpo número tres a diez metros de distancia, desviando el ataque de Vael; cada vez que Darek embestía con su escudo al cuerpo dos, ese cuerpo se volvía intangible como humo negro durante medio segundo mientras los cuerpos cuatro y cinco aparecían simultáneamente a su espalda con cuchillas curvas que abrían surcos profundos en las placas traseras de los portadores.

Estaban peleando contra una ecuación geométrica que usaba el laberinto de columnas y membranas de la plaza como una extensión de su propio sistema nervioso, redirigiendo el daño entre sus partes para que ninguna recibiera jamás el golpe letal.

En la periferia de la plaza, mientras cubrían con fuego de fusil la llegada de la maltrecha escuadra de Rojas —que también había perdido un hombre en los conductos del río—, un escombro proyectado por uno de los cuerpos de Nass golpeó de lleno a Vert en la pierna derecha, partiéndole el peroné con un chasquido seco que lo tumbó detrás de un parapeto junto a Presco.

—¡No podemos fijarlo! —gritó Kael por el comunicador general después de que su mandoble atravesara el pecho de una de las figuras como si fuera agua oscura sin hacerle daño real—. ¡El sexto nodo está dentro de él, pero lo transfiere de un cuerpo a otro cada vez que atacamos!

Fue Lyra quien encontró la llave del acertijo.

Llevaba tres minutos completos sin lanzar un solo ataque directo desde que habían destruido el cuarto nodo en la fuente: permanecía de pie sobre el capó aplastado de un camión militar a diez metros del círculo, con la lanza en guardia baja, siguiendo los desplazamientos de las cinco figuras de mercurio negro con esa concentración implacable suya que procesaba patrones matemáticos antes de gastar un gramo de fuerza.

Demian se colocó al pie del camión para cubrirle los flancos con su espada y vio cómo las pupilas de Lyra no seguían a los cinco cuerpos, sino al espacio vacío que quedaba en el baricentro geométrico entre los cinco cada vez que transferían un golpe.

—¡Demian! —dijo Lyra sin bajar la vista del combate—. ¡Cuando Kael golpea al de la izquierda y la fuerza sale por el de la derecha, el aire tiembla en un punto fijo a tres metros del suelo en el centro del pentágono que forman! ¿Tu vista lo capta?

Demian enfocó su ojo derecho hacia el punto exacto del aire vacío que ella indicaba.

Con la percepción expandida por los dos nodos que acababa de resistir, Demian vio lo que ningún visor óptico normal mostraba: a tres metros de altura, en el centro geométrico entre las cinco marionetas de mercurio negro, flotaba un nexo diminuto del tamaño de un corazón humano —el sexto nodo real—, unido a las espaldas de las cinco figuras por cinco filamentos transparentes de tensión dimensional.

Las cinco figuras no eran Nass; eran las extremidades de Nass.

El verdadero general era el nexo invisible en el aire que las conectaba.

—¡Lo veo! —confirmó Demian al instante—. ¡Hay cinco hilos de tensión que salen de un núcleo invisible a tres metros de altura, justo encima de la alcantarilla central! ¡Pero el nexo se desplaza un metro hacia la derecha cada vez que uno de los cuerpos se vuelve intangible!

—¡Entonces impide que el quinto cuerpo se mueva durante un segundo! —dijo Lyra, flexionando las rodillas sobre el techo del camión mientras las placas de plata de su armadura se encendían de golpe con todo el resplandor blanco del segundo umbral—. ¡Clávalo al suelo cuando Kael ataque al primero!