Capítulo 9 — Nass
Nass
La segunda torre era distinta de la primera en casi todos los aspectos que importaban para un asalto militar.
La Torre de Verath había sido una presencia vertical y monolítica, una lanza de obsidiana clavada en medio de la llanura hacia la que se podía disparar con artillería desde ochocientos metros de distancia.
La segunda aguja —que en los despachos cifrados de los Altos Mandos figuraba bajo el nombre de Torre de Nass— había crecido de manera horizontal y cancerígena sobre las márgenes del río Gris.
Era más baja que la primera, apenas ciento sesenta metros en su cúspide central, pero de su base brotaban docenas de nervaduras monumentales de piedra negra y tejido cartilaginoso que se extendían a ras del suelo como las raíces de un manglar invertido, engullendo tres manzanas enteras de lo que había sido un distrito fabril y residencial de media densidad.
Los edificios absorbidos por la biomasa de la torre no se habían derrumbado: habían perdido el derecho a sus propios ángulos rectos.
Cuando el convoy blindado se detuvo a un kilómetro del borde exterior de la mancha negra al amanecer del sexto día de campaña, Demian observó el objetivo a través de los binoculares de trinchera desde el techo del vagón y sintió que el estómago se le contraía.
Las fachadas de hormigón de los bloques de departamentos de ocho pisos se inclinaban unas sobre otras formando arcos ojivales retorcidos, unidos entre sí por membranas de materia oscura traslúcida que palpitaban lentamente con el viento húmedo del río.
Las ventanas de las viviendas se habían cerrado sobre sí mismas como párpados cicatrizados; el asfalto de las avenidas interiores se había levantado en crestas esponjosas y las antiguas calles entre manzana y manzana ya no eran vías públicas, sino conductos tubulares en penumbra: arterias de tránsito que la torre había digerido e integrado como parte de su propio sistema digestivo.
—El cañón de ciento cinco milímetros no nos sirve de nada aquí —dijo Kael durante la reunión táctica previa al despliegue, señalando el mosaico de fotografías tomadas desde el periscopio del tren—.
La estructura exterior absorbe la energía cinética de los proyectiles explosivos como un colchón de caucho y no existe una cámara central única en el eje vertical.
Según el análisis de resonancia que enviaron los Altos Mandos, el cristal de anclaje de Nass no es un monolito: está fragmentado en una red de nodos secundarios interconectados a través de las tres manzanas absorbidas.
—¿Cuántos nodos tenemos que romper para que caiga el enlace? —preguntó Lyra, apoyando ambas manos en el borde de la mesa metálica.
—El Consejo estima entre cuatro y seis nodos activos, con el margen de error habitual por la interferencia del río —respondió Kael—.
Si destruimos uno solo y dejamos el resto intacto, la red redistribuye la carga en diez minutos y regenera el nodo perdido.
Tenemos que entrar en los conductos urbanos, localizar cada foco de emisión y fracturarlos en una ventana de tiempo menor a dos horas antes de que el general cierre el laberinto sobre nosotros.
El «margen de error habitual» de los informes de los Altos Mandos, había aprendido ya Demian, solía tener el tamaño de un cementerio y siempre se inclinaba en contra de la infantería que caminaba abajo.
—Dividiremos la fuerza en tres columnas de penetración simultánea —ordenó Kael, marcando tres vectores sobre el plano de las manzanas deformadas—.
Los cuatro portadores entraremos por la avenida central hacia el núcleo mayor para fijar a Nass.
El sargento cabo Rojas llevará la segunda escuadra por el sector derecho junto al cauce del río.
Demian, tú y Presco entrarán por el conducto izquierdo con cinco efectivos: busquen los nodos periféricos y destrúyanlos a medida que avancen hacia el centro.
Mantengan enlace de radio cada cinco minutos; si las paredes cortan la señal de ultra-alta frecuencia, usen bengalas de humo blanco por las chimeneas de ventilación.
El asalto comenzó a las siete de la mañana bajo una neblina espesa y fétida que subía de las aguas estancadas del río Gris, y desde el primer paso dentro del perímetro resultó infinitamente más sucio y traicionero que la batalla abierta de Verath.
Aquí el terreno mismo era un enemigo activo.
Demian encabezó la marcha de su grupo de siete hombres internándose por lo que cinco meses atrás había sido la calle Comercio: ahora era una galería semicerrada de seis metros de ancho cuyos muros laterales eran las fachadas derretidas de dos edificios de oficinas, unidas a diez metros de altura por un techo de cables petrificados y costras de obsidiana porosas que goteaban un líquido tibio y viscoso con olor a amoníaco.
Avanzaban en fila india escalonada, cubriendo las alturas y los sótanos, con las linternas tácticas de los fusiles apagadas para no delatar su posición en la penumbra grisácea.
Cada paso exigía vencer una resistencia antinatural.
En largos tramos del conducto, la materia oscura de la torre había penetrado el pavimento hasta los cimientos y había transformado el suelo en una corteza elástica y negra que cedía dos centímetros bajo el peso de las botas, amortiguando el ruido de las pisadas pero produciendo una sensación física profundamente incorrecta, como caminar sobre el vientre tenso de un animal gigantesco que fingía estar dormido.
Las paredes tampoco eran fiables: cuando Vert apoyó el hombro contra lo que parecía una columna sólida de ladrillo para cubrir una esquina, la superficie cedió como cartílago blando y exhaló un soplo de aire caliente que lo hizo retroceder de un salto con el fusil encarado.
—No toquen los muros laterales ni pisen las venas rojas del suelo —advirtió Demian en un susurro apenas audible, sintiendo a través de las suelas de sus botas cómo la presión de sus pasos enviaba pequeñas ondas de información por las raíces de la estructura—.
La torre entera funciona como una telaraña sensorial.
Si pisan una nervadura activa, lo que sea que cuide este sector va a saber cuántos somos y cuánto pesamos antes de que doblemos el codo.
A los veinte minutos de avance silencioso por el laberinto de oficinas deformadas, las radios de corto alcance empezaron a escupir estática muerta; la densidad mineral de los techos absorbidos acababa de cortar el enlace con el tren y con la columna de Kael. Estaban solos.
Y cinco minutos más tarde conocieron a la guardia de Nass.
No salieron cargando de frente ni dando alaridos como las hordas de Verath.
Eran más pequeños —apenas el tamaño de un hombre delgado encorvado—, de piel gris mimética idéntica a la textura del hormigón corrompido y extremidades largas provistas de ventosas óseas que les permitían desplazarse cabeza abajo por los techos o escurrirse por los huecos de los ascensores sin hacer caer una sola piedra.
No peleaban por instinto animal: peleaban como guerrilleros urbanos que conocían cada centímetro de su madriguera.
El primer ataque duró cuatro segundos: tres criaturas se descolgaron simultáneamente desde los huecos de las ventanas del segundo piso sobre el centro de la fila, disparando dardos de hueso negro desde sus antebrazos antes de volver a trepar hacia las sombras superiores.
Demian vio la contracción del aire arriba media décima de segundo antes del salto, empujó a Vert contra el suelo con la mano izquierda y abatió a uno de los emboscadores en pleno vuelo con dos tiros secos de su fusil, mientras Presco hería al segundo en el hombro con una ráfaga rápida; pero el tercero logró escurrirse por una grieta del techo antes de que los soldados de retaguardia pudieran alinear sus miras, dejando al soldado Gómez con un dardo de hueso clavado en el costado del chaleco de kevlar que por milímetros no le perforó el pulmón.
—¡No los persigan hacia los huecos! —ordenó Demian, manteniendo al grupo en círculo defensivo bajo el dintel de una marquesina de hierro—. ¡Están tratando de romper la cohesión del grupo para cazarnos de a uno en los pasillos ciegos! ¡Mantengan intervalos de dos metros y fuego corto!
Tardaron cuarenta minutos de avance sangriento, metro a metro, despejando emboscadas en escaleras caracol retorcidas y vestíbulos inundados de niebla negra, hasta que el radar interno en el pecho de Demian captó el latido inconfundible del primer nodo de cristal.
Estaba alojado en lo que había sido la sala de juntas del tercer piso de un banco comercial, cuyo suelo se había hundido en forma de embudo hasta conectar con el segundo nivel.
Cuando Demian, Presco y el resto de la escuadra irrumpieron en la sala tras abatir a cuatro centinelas miméticos que custodiaban la puerta acorazada, se encontraron frente a una esfera irregular de metro y medio de diámetro empotrada directamente en la columna maestra del edificio como un quiste mineral.
A diferencia del cristal rojo brillante de Verath, el nodo de Nass era de un negro aceitoso, casi opaco, recorrido por una red densa de venas color púrpura oscuro que latían con un ritmo rápido y arrítmico, similar al corazón fibrilante de un ave.
Y su resonancia con la presencia alojada en el pecho de Demian fue radicalmente distinta a la de la primera torre: no era un llamado general al vacío; era un susurro agudo, íntimo e invasivo que se clavó directamente en el nervio óptico de su ojo derecho en cuanto se acercó a menos de tres metros de la esfera.
Durante los tres segundos que Demian tardó en sacar dos cargas explosivas plásticas de su mochila y adherirlas a las venas principales del nodo, el cristal le habló sin palabras a la sangre que corría por sus carótidas.