Capítulo 8 — Ceniza y lo que persiste
Ceniza y lo que persiste
El combate en la cámara central de la primera torre no tuvo líneas de frente ni pausas para respirar: fue un torbellino de fuerza bruta desatada en una bóveda cerrada de treinta metros de diámetro donde cada error de medio segundo se pagaba con huesos rotos.
Verath no esperó a que los portadores desplegaran su formación.
Con un desplazamiento lateral que desmintió su masa de varias toneladas, el general de cuatro metros barrió el suelo con sus dos brazos inferiores mientras lanzaba los dos superiores como arietes de obsidiana directamente hacia el centro del grupo.
Kael y Darek adelantaron sus aceros y el escudo magnético al segundo umbral de activación para recibir la embestida.
El impacto levantó una onda de choque blanca y carmesí que arrancó lascas de piedra del suelo y obligó a Demian a clavarse con las botas en una grieta de la roca para no salir despedido contra el muro.
Darek aguantó el primer golpe con los pies enterrados dos centímetros en el basalto, pero el tercer brazo de Verath entró por arriba del escudo de bronce y descargó un mazo descendente que hizo saltar chispas azules de las hombreras del portador, partiéndole la clavícula debajo de la coraza y enviándolo rodando hasta la base de la columna derecha.
—¡No intenten bloquear sus cuatro brazos de frente, tiene demasiada masa!
—gritó Kael mientras desviaba a duras penas una estocada de garras que dejó un surco humeante en su propio peto gris—.
¡Vael, Lyra, ataquen las articulaciones de las piernas traseras para quitarle base de apoyo! ¡Rotación continua!
Durante los siguientes diez minutos, Demian vio por primera vez de qué eran realmente capaces los portadores de Armadura Celestial cuando peleaban por sus vidas al límite absoluto de sus núcleos.
No tenían nada que ver con los ejercicios medidos del Bastión Sur.
Kael se convirtió en un bastión móvil e irreductible: absorbía impactos directos que habrían reducido un camión blindado a chatarra, escupía sangre por una comisura del labio cada vez que la vibración traspasaba el acolchado neural de su peto y devolvía el golpe un microsegundo después con su mandoble envuelto en fuego blanco, abriendo tajos profundos en los antebrazos de materia oscura de Verath.
Vael se deslizaba a ras del suelo entre las seis piernas colosales del general, cortando tendones de apoyo con sus hojas dobles y obligando a la mole a girar constantemente sobre su eje; mientras que Lyra saltaba entre los pilares de piedra de las paredes a diez metros de altura, usando el impulso de sus grebas plateadas para caer en picada con su lanza sobre los hombros y la nuca de la bestia, dejando cicatrices incandescentes en la dermis negra cada vez que tocaba carne.
Demian trabajó en el único espacio donde un hombre sin armadura luminosa podía sobrevivir y ser letal en esa sala: en las sombras de transición entre un ataque y otro.
Para Verath, las tres armaduras activas eran tres soles molestos y ardientes que acaparaban el noventa por ciento de sus reflejos defensivos.
Demian, en cambio, mantenía su compuerta interna rigurosamente sujeta a tres cuartos —usando solo la velocidad sobrehumana de sus piernas y la lectura anticipada de su ojo derecho sin dejar escapar ni una chispa de energía oscura que delatara su naturaleza ante sus compañeros— y se movía como un bisturí silencioso por los ángulos muertos del general.
Cada vez que Verath levantaba sus brazos derechos para aplastar a Kael, la hoja de aleación negra de Demian aparecía desde abajo y se hundía hasta la guarda en el pliegue blando detrás de la rodilla izquierda del monstruo; cada vez que una de las manos de seis dedos iba a atrapar a Vael en un giro ciego, una ráfaga a quemarropa del fusil de Demian en las cuencas sin fondo del rostro de Verath lo obligaba a desviar el golpe diez centímetros, exactamente los diez centímetros que salvaban la vida de la portadora.
Pero Demian no estaba peleando para matar a Verath con cortes de espada. Sabía que a ese ritmo de desgaste, las baterías neurales de las armaduras de Kael y Lyra se agotarían antes de que pudieran desmembrar cuatro metros de materia oscura que se regeneraba con el pulso del cristal.
Demian estaba midiendo el camino hacia el octaedro rojo que flotaba detrás del general.
Cada treinta segundos, la red de tendones de piedra que sostenía el cristal de anclaje enviaba una ola de energía hacia la espalda de Verath, cerrando las heridas blancas que la lanza de Lyra y el mandoble de Kael habían abierto un minuto antes.
Mientras el cristal siguiera entero, Verath era inmortal dentro de su propia cámara.
—¡Lyra! —gritó Demian al pasar a dos metros de ella después de esquivar un barrido bajo que partió en dos una columna de basalto—. ¡Se está regenerando cada vez que el cristal pulsa! ¡No vamos a ganarle por desgaste! ¡Necesito dos segundos con el frente despejado para llegar al núcleo!
Lyra aterrizó sobre una rodilla a su lado, con el rostro cubierto de sudor y ceniza y las placas de su brazo izquierdo parpadeando por la sobrecarga, pero sus ojos claros entendieron el cálculo táctico al instante.
—¡Si entras tú solo al radio del cristal sin armadura, la descarga defensiva te va a detener el corazón! —le gritó ella por encima del bramido de Verath.
—¡Tú ábreme la línea y sígueme medio paso atrás con la lanza cargada! —replicó Demian clavando sus ojos en los de ella—. ¡Ahora, antes de que acorrale a Kael!
Lyra no dudó ni medio segundo.
—¡Kael, Vael, fijen sus brazos inferiores al suelo a mi señal!
—ordenó Lyra por el comunicador mientras canalizaba toda la reserva energética restante de su núcleo hacia la punta de su lanza y hacia las grebas de sus piernas, haciendo que su silueta entera brillara como una estrella blanca en medio de la penumbra—. ¡Tres, dos, uno... ahora!
Kael y Vael se lanzaron al unísono sobre las patas delanteras de Verath, clavando sus hojas luminosas a través de los tarsos de piedra negra contra el suelo de la cámara para inmovilizar el giro de la bestia.
Y en ese mismo instante, Lyra se impulsó de frente, en línea recta a la altura del pecho del general, como un proyectil de plata apuntando directamente a sus ojos sin fondo.
El ataque frontal era tan directo y luminoso que Verath hizo exactamente lo que su instinto de conservación le dictaba: cruzó sus cuatro brazos gigantescos delante de su rostro y su torso superior en un muro cerrado de obsidiana para bloquear la lanza de la portadora.
Al levantar los cuatro brazos hacia arriba y al centro, dejó un hueco de ochenta centímetros por debajo de su axila derecha inferior.
Demian ya estaba corriendo antes de que los brazos de Verath terminaran de cruzarse.
Se deslizó a ras del suelo de piedra a una velocidad que le quemó la tela de las rodillas, pasó como una flecha por el hueco de ochenta centímetros debajo del flanco del monstruo —sintiendo el calor de fragua que desprendía el cuerpo de Verath a diez centímetros de su cara— y emergió del otro lado, frente al altar suspendido.
Allí, a menos de dos metros de distancia, flotaba el cristal de anclaje de la primera Mano de Lucifer.
Estar frente a él sin barreras físicas entre ambos fue como pararse desnudo frente a la puerta abierta de un reactor nuclear en fusión.
El octaedro rojo de dos metros de altura no era piedra muerta: dentro de sus facetas translúcidas giraba una tormenta líquida de sombras y relámpagos carmesíes, y en cuanto Demian pisó el círculo basal, el cristal reconoció la esquirla que él llevaba en el pecho.
Un pulso gravitacional brutal golpeó el tórax de Demian.
Por media fracción de segundo, los bordes visuales de la cámara se disolvieron en su mente y escuchó un coro de miles de voces superpuestas llamándolo desde el otro lado de la grieta dimensional, invitándolo a abrir la puerta interna, a tocar la piedra con la mano desnuda y beber toda la potencia de la torre para convertirse en señor de ese territorio.
La cosa en su pecho rugió de hambre, empujando hacia sus ojos y sus manos para aceptar el vínculo.
No , dijo Demian con todo el peso del recuerdo de su padre muerto sobre los vidrios del salón. Yo no soy tuyo.
Invirtió su fusil de asalto de acero macizo, sujetándolo por el cañón con ambas manos, saltó sobre el pedestal de roca negra y descargó el talón reforzado de la culata con toda la fuerza sobrehumana de sus brazos —potenciada en el último centímetro del impacto por un latigazo invisible de su propia energía interna contenida en los nudillos— directamente sobre el vértice ecuatorial del cristal, donde su ojo derecho veía el nudo de tensión principal de la matriz.
¡CRAC!
Uno, dos, tres golpes demoledores en el mismo punto exacto en menos de un segundo. Una red de grietas blancas apareció en la superficie roja del octaedro, escupiendo chorros de vapor negro.
Detrás de él, Verath sintió el dolor directo en su propio núcleo vital, soltó un bramido que hizo caer bloques del techo y apartó a Lyra de un revés para girarse a aplastar al humano que estaba profanando su ancla.
Pero Lyra no cayó al suelo: usó el propio impulso del revés de Verath para girar en el aire, aterrizó sobre el pedestal junto a Demian medio segundo después y, viendo la grieta que él acababa de abrir en la coraza del cristal, hundió la punta de su lanza celestial sobrecargada directamente en el centro de la fractura.
—¡Suelta toda la carga! —gritó Demian, apoyando su propia mano enguantada sobre el asta de la lanza de ella para ayudarla a sostener el retroceso.
El choque entre la energía celestial pura de la lanza de Lyra y el corazón expuesto del cristal demoníaco produjo un segundo de silencio absoluto en el que toda la luz de la cámara fue succionada hacia adentro de la gema.
Y al segundo siguiente, el cristal de anclaje de la primera Mano estalló en mil fragmentos.