La Ruptura (Crónicas de la Ruptura 1) Capítulo 8 — Ceniza y lo que persiste #2
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Capítulo 8 — Ceniza y lo que persiste #2

La onda expansiva no fue de metralla física: fue un tsunami esférico de energía dimensional desencadenada que barrió la cámara a trescientos sesenta grados.

El estruendo sonó como si el cielo mismo volviera a rasgarse dentro de la montaña.

Kael, Vael y Darek fueron lanzados de espaldas contra los muros perimetrales y cayeron de rodillas con sus armaduras parpadeando en rojo por la saturación electromagnética; Lyra, que estaba a medio metro del epicentro, iba a recibir de lleno el latigazo de radiación oscura que salía del núcleo roto cuando Demian se interpuso medio paso delante de ella.

Para proteger a Lyra sin levantar un escudo visible, Demian hizo la única cosa que podía hacer en esa centésima de segundo: entreabrió su compuerta interna hacia adentro y dejó que el vórtice hambriento de su propio pecho absorbiera la cresta principal de la onda oscura que iba dirigida hacia el cuerpo de ella, desviando el resto con el lomo de su espada negra.

Una bocanada de fuego líquido y memoria ajena entró en su torrente sanguíneo como un hierro candente.

En el centro de la sala, Verath se detuvo en mitad de su zancada con los cuatro brazos extendidos hacia ellos.

Sin el cristal de anclaje que sostenía su masa en este plano de la realidad, las leyes físicas de la Tierra reclamaron su deuda de golpe: los bordes del cuerpo de cuatro metros del general empezaron a deshilacharse como humo negro arrastrado por un huracán invisible; sus seis piernas de basalto se agrietaron en ceniza gris; y de sus cuencas vacías brotó un último grito sin voz que se apagó cuando el torso entero se desmoronó sobre sí mismo en una lluvia de escoria inerte.

Alrededor de ellos, las cinco columnas colosales de trescientos cincuenta metros de la Torre de Verath perdieron su cohesión estructural y comenzaron a desplomarse desde la cúspide hacia adentro con el rugido apocalíptico de un terremoto grado ocho.

Demian había caído sobre una rodilla junto al pedestal destruido, apoyando todo su peso sobre el fusil doblado mientras apretaba los dientes con tal fuerza que un hilo de sangre le corrió por la barbilla.

Dentro de su tórax, el fragmento oscuro acababa de crecer con la energía devorada del cristal roto y golpeaba las paredes de su mente con una potencia nueva y salvaje que casi le hizo perder el conocimiento allí mismo.

Adentro , ordenó Demian en medio del derrumbe, clavándose los dedos en el pecho y forzando la compuerta de acero a cerrarse milímetro a milímetro sobre el monstruo alimentado. No hoy. No delante de ellos.

—¡La estructura está colapsando sobre el eje central! —gritó Kael, levantándose del suelo y cargando a Darek por el brazo sano—. ¡A la rampa de salida, ahora! ¡Corran!

Demian se puso de pie de un tirón, tomó a Lyra del antebrazo cuando ella tropezó por el mareo de la descarga energética y los cinco corrieron rampa abajo entre una lluvia de bloques de obsidiana que caían del techo abovedado, saltando grietas que se abrían en el piso espiral y saliendo disparados por el pórtico triangular exactamente seis segundos antes de que los trescientos metros superiores de la aguja se hundieran sobre su propia base en un volcán de polvo negro y humo carmesí que oscureció el cielo entero.

*    *    *

Afuera, a cuatrocientos metros de la nube de escombros que seguía asentándose con estruendos sordos, el grupo de asalto y las dos escuadras de los flancos se reunieron junto a las vías del tren blindado.

Al caer el cristal de anclaje, tal como habían anticipado los informes, los doscientos demonios menores y medianos que aún peleaban en el perímetro habían perdido su coordinación instantáneamente: algunos habían caído al suelo convulsionando mientras sus cuerpos se deshacían en ceniza por falta de enlace dimensional, y el resto había sido barrido en cinco minutos por las torretas de treinta milímetros del convoy.

El costo del primer asalto era pesado pero no letal: seis soldados de infantería con heridas de garras y metralla de piedra —ninguno en riesgo de muerte—, Presco con un tajo profundo en el muslo derecho que Sera ya estaba suturando sobre una caja de munición con su eficiencia imperturbable, Vert con dos costillas fisuradas por el golpe de un mediano pero de pie junto a su fusil, y Darek con la clavícula rota y el escudo abollado.

Demian, sentado sobre el estribo metálico del cuarto vagón con el uniforme desgarrado y negro de hollín, no tenía ni una sola herida abierta que mostrarle a Sera.

Lo cual, en sí mismo, empezaba a ser un problema cada vez más difícil de disimular.

Kael se acercó caminando entre la ceniza que caía como nieve sucia del cielo. Se detuvo a dos metros de Demian, miró primero la mole humeante de trescientos metros de escombros que media hora antes había sido la primera Mano de Lucifer, y luego bajó sus ojos oscuros hacia el sargento.

—Buen trabajo abriendo el flanco de la guardia exterior y quebrando la coraza del cristal —dijo Kael con su voz grave y medida—. Sin ese hueco debajo del brazo de Verath, habríamos perdido la carga de las armaduras antes de llegar al pedestal.

—El flanco derecho era el único camino abierto cuando él levantó la guardia ante Lyra, comandante —respondió Demian, manteniendo la vista baja mientras limpiaba con un trapo seco el cañón doblado de su fusil inservible.

Kael asintió muy despacio. Lo observó dos segundos más —como si estuviera a punto de preguntar cómo había sabido exactamente dónde estaba el eje real de las aberraciones ópticas o cómo había aguantado de pie a un metro de un cristal de anclaje al estallar— y finalmente decidió guardarse la pregunta.

En la guerra de extinción, no se interroga al hombre que te acaba de entregar la primera victoria real en cinco meses.

Cuando Kael se retiró para transmitir el parte al Consejo, Demian caminó hasta un muro bajo de ladrillo derruido a veinte metros de los vagones, lejos del bullicio de los mecánicos y los heridos, y se sentó en un extremo para dejar que el temblor interno de sus manos terminara de apagarse.

Un minuto después, Lyra cruzó la ceniza con la armadura ya desactivada y cubierta de marcas de hollín, y se sentó en el otro extremo del mismo muro bajo, a dos metros de él, sin pedir permiso ni decir nada al principio.

Permanecieron en silencio mirando cómo los restos de la primera torre terminaban de acomodarse en un cráter humeante.

—En el pedestal —dijo ella finalmente en voz muy baja, sin girar la cabeza hacia él, mirando la punta de sus propias botas plateadas—.

Cuando el cristal estalló, la onda de radiación oscura venía directa hacia mi pecho porque mi armadura estaba descargada por el golpe de la lanza.

Te pusiste delante en el último cuarto de segundo.

—Estabas en mi línea de salida del pedestal —dijo Demian con tono neutro—. Era el ángulo de cobertura natural.

Lyra guardó silencio durante cuatro segundos.

—Nadie cubre una explosión de núcleo dimensional con el cuerpo y sale caminando sin un rasguño, Demian —susurró ella, girando apenas el rostro para mirarlo de perfil—.

Sentí cómo la onda se partió en dos antes de tocarme, como si algo entre tú y el cristal se hubiera tragado la mitad de la fuerza. —Hizo una pausa breve—. Gracias.

Demian no negó ni confirmó lo que ella había sentido. Simplemente levantó la vista hacia el horizonte gris del este, más allá de las llanuras muertas.

La primera Mano había caído.

Quedaban seis. Y dentro de su pecho, alimentada por el primer fragmento devorado, la sombra ya sentía el latido distante de la segunda.

*    *    *

El convoy permaneció estacionado cuarenta y ocho horas en una vía muerta a dos kilómetros de las ruinas de la primera torre.

Había motivos logísticos ineludibles para esa parada: los mecánicos necesitaban reemplazar veinte planchas de blindaje reactivo dañadas en el flanco sur del tren, los núcleos de las cuatro Armaduras Celestiales requerían treinta y seis horas de ciclo de recarga lenta conectados a los generadores de la locomotora tras haber operado en el segundo umbral, y Sera necesitaba estabilizar la fractura de Darek y las suturas de los heridos antes de someterlos de nuevo al traqueteo de las vías rotas.

Demian utilizó esos dos días de quietud para hacer lo único que mantenía su cordura a flote: estudiar con frialdad militar qué había cambiado dentro de su organismo después de absorber el pulso del cristal de Verath.

Se aisló durante las guardias diurnas en un puesto de observación sobre el techo de un silo abandonado a trescientos metros del tren y anotó mentalmente las tres secuelas que habían aparecido desde el estallido en la cámara central.

La primera era física y permanente: su ritmo cardíaco en reposo había bajado de sesenta pulsaciones por minuto a treinta y ocho, un latido lento, denso y potente que bombeaba una sangre un grado más fría de lo normal, y su sentido del gusto casi había desaparecido; la ración caliente de carne sintética y lentejas que había comido esa mañana le había sabido exactamente a cartón húmedo y ceniza.

Solo el olor del ozono y la cercanía de la energía despertaban algo parecido al apetito en su estómago.

La segunda secuela era la expansión de su rango sensorial: cuando cerraba los ojos en lo alto del silo, ya no solo sentía los corazones de los soldados en el tren a trescientos metros; sentía una calma extraña en la atmósfera de toda la comarca, como si al romper el cristal de Verath hubieran apagado un interferidor de radio gigantesco.

Pero la tercera secuela era la que realmente le helaba la sangre.

Cada vez que el cansancio lo vencía y cerraba los ojos durante más de diez minutos seguidos, la energía asimilada del cristal de Verath proyectaba detrás de sus párpados fragmentos de algo que no eran sueños propios.

Eran impresiones sensoriales ajenas, fogonazos de una red subterránea que conectaba las seis torres restantes a través de la corteza del continente como los ganglios de un único sistema nervioso colosal.