La Ruptura (Crónicas de la Ruptura 1) Capítulo 7 — Verath #3
50%

Capítulo 7 — Verath #3

—Adentro con nosotros, Demian —ordenó Kael sin dudar un segundo—. Necesitamos tus ojos para leer las distorsiones de la cámara.

*    *    *

El interior de la primera torre de Verath era la arquitectura de una fiebre.

No porque estuviera decorada con símbolos ni altares: era mucho peor porque carecía por completo de cualquier propósito comprensible para un ser vivo de este planeta.

Era un túnel ascendente que parecía haber sido vaciado en la roca negra por una criatura que no conocía el concepto de línea recta, de piso horizontal ni de gravedad constante.

Los ángulos donde se unían las paredes no medían noventa grados ni seguían ninguna simetría: al mirarlos de frente parecían agudos y al dar dos pasos hacia ellos parecían obtusos, obligando al cerebro humano a realizar un esfuerzo continuo y doloroso para no perder el sentido de la verticalidad y caer de rodillas con vértigo.

Y las paredes de obsidiana viva hacían algo que Demian no había visto nunca con la luz de las Armaduras Celestiales: no la reflejaban.

Afuera, el resplandor blanco y plateado de Kael y Lyra iluminaba cincuenta metros a la redonda.

Aquí adentro, la oscuridad de la piedra parecía beberse los fotones a tres metros de las placas, atenuando el fulgor hasta convertirlo en una penumbra pálida y opresiva, como si la torre misma fuera un organismo vivo que rechazaba la presencia de aquella energía en sus arterias.

Avanzaron en formación cerrada por la rampa espiral durante quince minutos que parecieron dos horas. Kael en punta; Darek y Vael cubriendo la retaguardia; Lyra a la derecha de Demian en el centro.

Para Demian, cada paso hacia el corazón de la aguja era caminar contra un vendaval invisible que sólo él sentía.

La cosa en su pecho estaba completamente despierta, erguida contra la puerta interna con todas sus fibras tensas. Porque allá arriba, al final de la rampa, el cristal de anclaje de Verath estaba llamando .

No era un sonido que entrara por los tímpanos.

Era una vibración baja, colosal y antiquísima en la frecuencia exacta de la esquirla que llevaba en el corazón: la llamada de un nodo central hacia un fragmento suelto de su misma estirpe, tirando de su sangre hacia adelante con una gravedad propia que Demian tenía que resistir apretando los dientes hasta sentir dolor en las raíces de las muelas.

Al doblar el último recodo de la espiral, el túnel se abrió a la cámara central de la torre.

Y lo que los esperaba en el centro de la bóveda no tenía nada que ver con lo que habían dicho los informes de los Altos Mandos.

Los informes hablaban de un estratega débil en combate directo que se escondía detrás de sus tropas. Lo que se erguía frente al gran cristal de anclaje era una entidad cuya sola escala redefinía todo lo que el escuadrón creía saber sobre los señores de la invasión.

Verath medía más de cuatro metros y medio de altura.

Su torso superior emergía de una base de seis extremidades inferiores articuladas como pilares de basalto vivo, y de sus hombros nacían cuatro brazos larguísimos terminados en manos de seis dedos de obsidiana afilada.

Su piel no era carne ni quitina: tenía la textura densa y absorbente de la materia oscura sólida, surcada por grietas incandescentes que mostraban un interior hueco lleno de fuego carmesí.

Y en su rostro alargado y sin boca no brillaban ojos rojos como los de la tropa menor: había dos cuencas profundas de un negro tan absoluto, tan desprovisto de pupila, de esclerótica y de fondo, que mirarlos era mirar dos agujeros perforados directamente en el tejido de la realidad hacia el vacío exterior.

Detrás de él, suspendido en el aire a dos metros del suelo entre haces de tendones de piedra negra que subían hasta el techo de la aguja, flotaba el cristal de anclaje: un octaedro irregular del tamaño de un hombre adulto, de un rojo venoso y oscuro que latía con un estruendo grave que hacía temblar toda la montaña de obsidiana.

Cuando los cinco combatientes cruzaron el umbral de la cámara, Verath detuvo el movimiento de sus cuatro brazos y giró lentamente el cráneo hacia ellos.

Entonces habló.

Para Kael, Darek y Vael —según dirían después—, lo que llenó la bóveda fue un chirrido sub-sónico e inarticulado, similar al crujido de placas tectónicas rozándose bajo el mar, que les produjo un dolor agudo en las sienes pero no formó ninguna sílaba comprensible.

Pero el cerebro de Demian, conectado a la frecuencia de la torre a través del horno negro de su propio pecho, tradujo aquella vibración en palabras tan claras y heladas como si hubieran sido pronunciadas a un centímetro de su oído:

— Reconocemos las cáscaras de luz robada que visten los cuatro primeros —resonó la voz cavernosa de Verath en la mente de Demian—. Pero a uno de ustedes... a uno de ustedes lo reconocemos de otra manera. Llevas la sangre de la grieta bajo piel prestada.

Y las dos cuencas sin fondo del general demoníaco ignoraron por completo las armaduras resplandecientes de Kael y Lyra para clavarse, durante dos segundos eternos, directamente en los ojos de Demian.