Capítulo 7 — Verath #2
Los tres proyectiles entraron por el mismo hueco de tres centímetros como un cincel neumático, perforaron la pleura y reventaron el ganglio energético interno.
El gigante blindado se detuvo en seco con el brazo todavía en alto, soltó un gorgoteo de brea hirviendo por la hendidura de la boca y se desplomó de bruces a tres metros de las botas de Demian mientras las placas de materia oscura se desprendían del cadáver desintegrado con un ruido de loza rota.
—¡Así! —gritó Presco a su derecha, ajustando el tiro de su propio fusil junto con el tirador de apoyo para tumbar al segundo cuando giró la cadera en los escombros—. ¡Aguanten el tiro hasta que abran el ala! ¡Por parejas, fuego!
La escuadra encontró la cadencia. Lo que dos minutos antes parecía una muralla invulnerable pasó a convertirse en un duelo metódico de nervios de acero: esperar el paso, aguantar el aliento, disparar al pliegue abierto, rodar hacia el siguiente parapeto antes de que cayera el cuerpo.
En doce minutos abatieron a catorce medianos en el corredor oeste, sosteniendo el flanco sin perder un solo hombre.
En el centro de la explanada, a doscientos metros de allí, los cuatro portadores de Armadura Celestial ya habían alcanzado los escalones de obsidiana al pie de la Torre de Verath.
A través de los huecos entre las paredes bombardeadas, Demian vio el espectáculo imponente de las cuatro armaduras desplegadas a plena potencia en medio de la penumbra cenicienta: Lyra se movía como un relámpago de plata líquida en la vanguardia, su lanza trazando arcos de luz blanca que partían por la mitad las placas de materia oscura sin necesidad de buscar costuras; Kael avanzaba medio paso a su derecha como un rompehielos humano, derribando medianos con el filo luminoso de su mandoble; Darek y Vael cerraban los costados en una formación de diamante cerrado que ya estaba a treinta metros del arco de entrada de la aguja.
Estaban a punto de entrar. El plan estaba saliendo limpio.
Y entonces el suelo frente a la base de la torre no explotó: se abrió .
Fue un fenómeno que hizo que hasta los cañones del tren blindado detuvieran el fuego un instante por puro desconcierto visual.
El pavimento y la roca madre a veinte metros de los cuatro portadores se agrietaron en una estrella geométrica perfecta de seis puntas que brilló desde abajo con un fulgor violeta enfermizo.
Las losas de piedra se plegaron hacia abajo como trampillas de carne y, desde la fosa sin fondo que quedó expuesta, emergieron seis entidades que no se parecían en nada a los menores ni a los medianos acorazados.
Era la guardia personal directa de Verath.
Cuando terminaron de subir a la superficie, la mente militar de Demian sintió por primera vez ese malestar nauseabundo y antiguo de enfrentarse a algo cuya sola anatomía violaba las reglas de la cordura terrestre.
No tenían forma humanoide ni animal: eran masas flotantes de tres metros de altura formadas por anillos concéntricos de hueso negro, tendones tensos y espejos de obsidiana que giraban lentamente alrededor de un núcleo de ojos múltiples y extremidades articuladas como patas de araña de dos metros de largo.
No caminaban sobre la tierra; se deslizaban diez centímetros por encima de la ceniza deformando la luz a su alrededor, de modo que quien las miraba de frente las veía en un lugar distinto al que ocupaban realmente por medio metro de desfase óptico.
Las seis aberraciones cerraron el círculo alrededor de Kael, Lyra, Darek y Vael antes de que pudieran cruzar el umbral de la torre.
El primer choque fue devastador. Darek levantó su escudo de bronce celestial para bloquear el embate del primero, pero debido al desfase visual de la criatura, tres lanzas óseas entraron medio metro a la izquierda de donde sus ojos veían el golpe y lo impactaron de lleno en el costado del peto, lanzándolo diez metros hacia atrás sobre las piedras con las placas chisporroteando en cortocircuito.
Kael y Vael quedaron trabados de inmediato conteniendo a tres de las entidades que giraban como sierras circulares vivientes sobre ellos, mientras las dos restantes se abalanzaban simultáneamente desde el ángulo muerto hacia la espalda de Lyra, que acababa de clavar su lanza en el suelo para incorporarse tras la onda de choque inicial.
Estaba a ciento ochenta metros de la posición de Demian.
Ningún fusil de infantería tenía ángulo de tiro limpio a través del humo y de las distorsiones espaciales que rodeaban a esas seis criaturas sin riesgo de herir a los propios portadores.
Y en tres segundos, las dos cosas iban a atravesar a Lyra por la espalda.
Demian no pidió permiso por radio ni calculó qué dirían los informes después.
Su cuerpo se lanzó por encima del parapeto de ladrillo antes de que su cerebro terminara de dar la orden.
—¡Presco, sostén este sector con el grupo! ¡Voy al centro! —ladró Demian al pasar.
—¡Demian, espera, estás a campo abierto! —gritó Presco detrás de él, seguido por la mirada atónita de Vert.
Demian corrió.
Allí, en los ciento ochenta metros de tierra de nadie cubierta de humo negro, cráteres humeantes y ceniza en remolinos que separaban el flanco izquierdo de la base de la torre, nadie podía medir con un cronómetro la velocidad exacta de sus piernas entre la niebla de la batalla.
Soltó la correa del fusil para que quedara cruzado a la espalda, desenfundó la espada negra con la derecha y el cuchillo pesado con la izquierda, y dejó que la energía contenida en sus músculos impulsara cada zancada como el pistón de una locomotora.
Ciento ochenta metros que a un infante con equipo completo le habrían tomado treinta y cinco segundos a todo pulmón, Demian los devoró en nueve segundos rasantes entre el humo, saltando cráteres de tres metros sin perder inercia y guiándose no por lo que veían sus ojos —que mentían por la distorsión óptica de la guardia de Verath—, sino por el radar infalible de su propio pecho, que sentía el núcleo real de cada una de las seis aberraciones con precisión milimétrica.
Llegó al anillo de combate en la fracción de segundo exacta en que las seis patas falciformes del quinto guardián descendían sobre la nuca de Lyra.
La criatura estaba orientada por completo hacia la energía celestial luminosa de los cuatro portadores; para sus sentidos dimensionales, un humano sin armadura que no emitía luz blanca era poco más que una piedra en el suelo hasta que fue demasiado tarde.
Demian saltó desde un bloque de basalto roto a la izquierda de la entidad, ignoró la imagen falsa que proyectaba medio metro más adelante y descargó los cuatro kilos y medio de la espada negra con ambas manos directamente sobre el anillo óseo superior donde el radar de su pecho marcaba el eje real del monstruo.
El filo de aleación oscura atravesó el hueso negro con un crujido ensordecedor de porcelana gruesa haciéndose añicos y cortó dos de los tendones centrales que sostenían la levitación de la criatura.
La aberración soltó un chillido agudo en dos frecuencias distintas, perdió su camuflaje óptico de golpe y cayó pesadamente de costado sobre las losas a medio metro de las botas de Lyra.
Esos dos segundos de sorpresa táctica desde el flanco fueron todo el margen que los portadores necesitaban para recuperar la iniciativa.
Lyra giró sobre sí misma en el suelo al oír el impacto, vio a Demian cubriéndole la espalda con la espada negra humeando y, sin perder un latido, impulsó su lanza plateada cargada al máximo umbral directamente hacia el centro de ojos del guardián que él acababa de derribar, haciéndolo estallar en una lluvia de ceniza violeta.
—¡No miren sus contornos exteriores, la luz alrededor de ellos está desplazada medio metro hacia el sentido de giro de sus anillos!
—gritó Demian a todo pulmón hacia Kael y Vael mientras rodaba bajo el zarpazo del sexto guardián y le hundía el cuchillo en la articulación inferior para obligarlo a retroceder—.
¡Apunten medio metro detrás del reflejo negro!
Kael escuchó el dato, corrigió el ángulo de su mandoble cuarenta centímetros hacia la izquierda de lo que le decían sus propios ojos y descargó un golpe horizontal a plena carga celestial.
Esta vez la hoja no cortó el aire vacío: partió en dos el núcleo central de la segunda entidad en un estallido de luz blanca y humo negro.
Con el truco óptico al descubierto y Demian trabajando como una sombra letal en los bordes del círculo —cortando tendones de apoyo, desviando extremidades desde los ángulos ciegos y conteniendo con un esfuerzo titánico la marea oscura en su pecho cada vez que una garra le rasgaba la tela del uniforme sin lograr abrir su piel endurecida—, la balanza se inclinó en menos de tres minutos.
Vael y Darek abatieron al tercero y al cuarto; Kael aplastó al quinto contra las escalinatas de la torre; y entre Lyra y Demian acorralaron al último contra el pilar del arco principal hasta que la lanza de plata y la espada negra le atravesaron el centro desde lados opuestos al mismo tiempo.
Cuando el sexto guardián se desintegró en el aire, el gran pórtico triangular en la base de la Torre de Verath quedó completamente despejado ante ellos.
—¡Las escuadras de los flancos tienen contenido el perímetro exterior por diez minutos, comandante! —informó Presco por la radio entre ráfagas de ametralladora—. ¡Si van a entrar a romper esa piedra, háganlo ahora!
Kael, con la armadura humeante pero intacta, miró a Demian parado junto a Lyra en los escalones de obsidiana.
La camisa de combate del sargento tenía tres tajos largos en el costado derecho por donde asomaba la piel limpia sin una sola gota de sangre, cubierta convenientemente por el polvo negro de los demonios abatidos.