Capítulo 7 — Verath
Verath
El plan de ataque de Kael para la primera torre era deliberadamente simple, porque quince años de mando le habían enseñado que las maniobras complejas de manual son las primeras en desmoronarse en cuanto cae el primer muerto, y aquí estaban entrando en un matadero del que ningún ejército regular había regresado con vida.
—El convoy permanece oculto en este corte de terreno a ochocientos metros como base de fuego pesada —explicó Kael junto a la rampa trasera abierta del vagón blindado, mientras los veinticuatro combatientes terminaban de ajustar cascos, correas y baterías de armadura bajo la llovizna de ceniza fría—.
Las dos torretas de treinta milímetros y el cañón de ciento cinco milímetros de la plataforma delantera abrirán fuego de supresión sobre la base de la estructura en sesenta segundos para atraer al grueso de la horda exterior hacia el sector sur.
Kael trazó dos flechas rápidas en la tierra húmeda del suelo con la punta de su vaina.
—Dos escuadras de infantería de diez efectivos cada una avanzarán en abanico por los flancos este y oeste entre los escombros del viejo pueblo para fijar a los demonios perimetrales e impedir que rodeen el centro.
Los cuatro portadores de Armadura Celestial entraremos en cuña directa por la brecha frontal hasta el núcleo de la aguja.
Nuestro único objetivo real es el cristal de anclaje de Verath.
Todo lo demás es geometría de acceso: no se detengan a limpiar nidos laterales, no persigan demonios en retirada.
Si el cristal cae, la horda exterior pierde cohesión y colapsa sola.
—Las armaduras tienen resonancia destructiva directa contra la matriz de los cristales —añadió Darek, golpeando el borde de su pesado escudo de bronce contra el suelo con un sonido sordo—.
Una descarga sostenida de nuestras lanzas o espadas activadas en el segundo umbral basta para fracturar el núcleo.
El problema no es la piedra; el problema es que el general de la torre nunca se aleja de su ancla.
—¿Qué sabemos exactamente de Verath en combate cercano? —preguntó Demian mientras comprobaba que la hoja negra se deslizara sin roce en los primeros cinco centímetros de su vaina.
Kael consultó por última vez el parte impreso que llevaba en el bolsillo del pecho.
—En la jerarquía de invasión, Verath figura como un arquitecto de asedio y comandante táctico antes que como un duelista puro —dijo Kael—.
Utiliza centenares de menores como carne de cañón para agotar la munición y la carga energética del atacante antes de mostrar el rostro.
Su guardia personal está compuesta por demonios medianos con modificaciones estructurales de caparazón.
—¿Qué clase de modificaciones estructurales? —preguntó Presco, frunciendo el ceño mientras se colgaba una bandolera extra de granadas de cuarenta milímetros.
—El informe del Consejo no especifica el detalle anatómico —respondió Kael con sequedad—.
Lo averiguaremos sobre la marcha. Demian, tú y Presco llevan la escuadra del flanco izquierdo.
Mantengan el corredor de entrada despejado para que no nos cierren la puerta por la espalda cuando estemos adentro. Posiciones.
Treinta segundos después, el cañón de ciento cinco milímetros del tren blindado rugió por primera vez.
El estampido sacudió el suelo bajo las botas de la infantería y levantó una nube de polvo blanco alrededor de los vagones.
Un segundo más tarde, tres proyectiles de alto poder explosivo impactaron contra las raíces de obsidiana de la base de la torre a ochocientos metros de distancia, levantando flores de fuego anaranjado y humo negro contra la pared oscura, seguidos de inmediato por el martilleo incesante y furioso de las torretas de treinta milímetros barriendo la explanada frontal.
La torre respondió como un avispero monumental pateado desde abajo.
De las grietas inferiores de la estructura y de los sótanos inundados de sombras de las casas derruidas alrededor brotó una marea viviente de cuerpos negros y ojos rojos: trescientos, cuatrocientos demonios menores lanzándose a la carrera sobre el terreno abierto hacia el origen de los cañonazos, tal como Kael había previsto.
—¡Flancos, avancen! —ordenó Kael por la radio—. ¡Portadores, conmigo!
La primera media hora del asalto funcionó con la precisión despiadada de un reloj militar bien aceitado.
La escuadra de Demian avanzó a paso de carga por el sector izquierdo, atravesando lo que habían sido las calles comerciales del pueblo ferroviario: hileras de casas de dos plantas con los techos hundidos, esqueletos de galpones de ladrillo y camiones volcados que ofrecían parapetos sólidos cada diez metros.
Demian iba en punta junto a Presco, con Vert y siete infantes más escalonados detrás en formación de tiradores.
Cobertura tras un muro de hormigón. Tres pares de disparos sobre la primera ola de rastreros que intentaba flanquear por el callejón lateral.
Cambio de posición de quince metros mientras el segundo grupo cubría con fuego automático.
Granada de fragmentación al interior de un sótano del que salían chillidos metálicos. Avance de nuevo.
Los demonios menores eran veloces y feroces individualmente, pero carecían de disciplina táctica frente a una unidad que mantenía sus sectores de fuego cruzados y no cedía al pánico.
Las ojivas perforantes de calibre 7.62 y el plomo pesado de las ametralladoras ligeras del pelotón convertían el callejón izquierdo en una picadora de carne humeante donde las criaturas caían en montículos de ceniza negra a veinte metros de las botas de los soldados.
Pero a los treinta y ocho minutos de iniciado el avance, cuando la escuadra de Demian ya había cubierto seiscientos metros y tenía la base colosal de la Torre de Verath a menos de doscientos metros de distancia, el sonido que salía de las entrañas de la aguja cambió de octava.
Los chillidos agudos de los menores cesaron de golpe, como cortados por una orden mental simultánea, y el pavimento de las calles empezó a vibrar bajo el paso acompasado de algo mucho más pesado.
—¡Segunda oleada saliendo de los arcos inferiores! —advirtió la voz de Vael por el canal general desde el centro del campo—. ¡No son menores! ¡Son medianos acorazados!
De la penumbra de las grietas basales emergieron cuarenta figuras que caminaban erguidas sobre dos piernas gruesas como troncos de roble.
Medían dos metros y medio de altura y se movían con una lentitud deliberada e implacable, sin correr ni buscar cobertura.
Eran demonios de rango medio, pero tenían adheridas a la carne viva aquellas «modificaciones» que el informe de los Altos Mandos había mencionado al pasar: placas asimétricas de materia oscura solidificada —del mismo material negro mate que las paredes de la propia torre— injertadas directamente sobre el cráneo, el tórax, los hombros y los muslos como una corteza mineral crecida a la fuerza sobre el hueso.
Cuando los primeros ocho doblaron la esquina de la plaza destruida frente a la escuadra de Demian, los diez fusiles del grupo abrieron fuego concentrado al mismo tiempo a cincuenta metros de distancia.
Una lluvia de más de cien proyectiles perforantes de núcleo de tungsteno golpeó los pechos y las cabezas de las criaturas.
Las balas sacaron chispas violetas y esquirlas de humo negro al chocar contra las placas de materia oscura, pero rebotaron hacia los costados con un silbido agudo sin detener el paso de los monstruos ni medio segundo.
Los medianos ni siquiera levantaron los brazos para cubrirse la cara; simplemente bajaron los hombros acorazados y aceleraron la marcha para aplastar el parapeto de ladrillo detrás del cual disparaba el pelotón.
—¡El calibre siete sesenta y dos no penetra las placas frontales! —gritó Vert a la izquierda de Demian, mientras cambiaba el cargador con las manos manchadas de pólvora—. ¡Rebotan como si fueran de blindaje de tanque!
Demian no disparó al bulto. Apoyó el codo izquierdo sobre el muro derruido y dejó que su ojo derecho —con un cuarto de la compuerta interna entreabierta bajo la sombra de la visera del casco— leyera la anatomía energética de la mole que tenía a treinta metros.
Las placas de materia oscura eran impenetrables, sí, pero eran rígidas: no habían nacido con el demonio, habían sido soldadas sobre su piel por la voluntad de Verath.
Y para que un cuerpo de dos metros y medio pudiera caminar y levantar los brazos con una coraza rígida encima, las placas tenían que separarse unos centímetros cada vez que la articulación se extendía.
—¡No disparen al centro del pecho ni al cráneo!
—rugió Demian por encima del tableteo de las armas, señalando al líder de la fila enemiga—.
¡Son placas injertadas, no flexibles! ¡Esperen a que levanten el brazo para golpear o giren el torso al dar la zancada: ahí se abre una costura de cuatro dedos debajo de la axila y en el pliegue del cuello! ¡Fuego por parejas a las costuras!
Era un trabajo de cirugía balística bajo una presión demencial, porque para ver abrirse la costura del costado había que dejar que una bestia blindada de cuatrocientos kilos se acercara a menos de quince metros y levantara el brazo armado con una cuchilla ósea.
Demian marcó el ritmo con los dos primeros.
Esperó inmóvil tras el parapeto mientras el primer mediano cubría los últimos veinte metros haciendo temblar las baldosas rotas.
Doce metros. Diez metros. Ocho metros. La criatura alzó su brazo derecho acorazado para descargar un tajo vertical sobre el muro.
En esa fracción de segundo en que el hombro se elevó, las dos placas pectorales se separaron tres centímetros a la altura de la tercera costilla, dejando al descubierto una franja de carne grisácea y venas rojas brillantes.
Demian apretó el gatillo tres veces en un tercio de segundo.