Capítulo 6 — Tierras sin nombre #2
—Destraba el cerrojo y cubre las tres en punto, soldado —dijo Demian con voz firme y tranquila, tirando de él hacia arriba como si nada extraordinario hubiera pasado—. Todavía quedan cuatro en el talud derecho.
Vert parpadeó, tragó saliva con fuerza, asintió en silencio y tiró de la manija de carga de su arma para expulsar la vaina trabada.
Demian archivó esa mirada en su lista interna de riesgos acumulados. Uno más que veía una grieta en la máscara.
Tres minutos después, cuando el convoy dejó atrás el estrechamiento de la refinería y salió de nuevo a la llanura despejada, los últimos cuatro cazadores que intentaban seguir el ritmo del tren cayeron abatidos por las torretas de treinta milímetros y el fuego concentrado de la escuadra.
El silencio relativo regresó al techo, roto únicamente por el viento frío y el traqueteo constante de los rieles.
—¡Despejado en los dos flancos! —anunció la voz de la torreta uno por la radio—. ¡Buen trabajo allá arriba, infantería! ¡Reingresen al vagón antes de que baje más la temperatura!
Demian fue el último en bajar por la escotilla cenital después de verificar que bajaran al cabo Miranda en camilla hacia el puesto médico de Sera y de revisar que no quedaran garras ni restos ácidos adheridos a las juntas del techo.
Cuando sus botas tocaron los peldaños inferiores de la escalerilla metálica dentro del corredor del cuarto vagón, encontró a Lyra esperando al pie de la abertura.
Ella había salido del vagón central al escuchar la alarma por si hacía falta el refuerzo de los portadores, aunque la velocidad con que la escuadra de Demian resolvió el abordaje había hecho innecesario que subiera.
Cuando él bajó del último peldaño con el rostro manchado de hollín y pólvora, ella le tendió la mano derecha —desnuda de guantelete en ese momento, aunque las placas de plata le cubrían el antebrazo hasta la muñeca— para ayudarlo a estabilizarse tras el salto desde la escotilla.
Fue un gesto puramente práctico, de camaradería entre combatientes.
Pero en el instante en que la palma callosa y todavía ardiente de Demian se cerró sobre la mano de Lyra, ambos lo sintieron.
A través de la piel desnuda del contacto directo, sin el filtro del aire entre ellos, un pulso brevísimo y nítido recorrió el brazo de Lyra desde su Armadura Celestial en reposo y chocó con la energía que aún vibraba bajo la epidermis de Demian tras el combate del techo.
No fue un chispazo visible para nadie más en el pasillo; fue una vibración interna, profunda y cálida, como dos diapasones idénticos que al rozarse en la oscuridad entran en resonancia armónica inmediata.
Dentro del pecho de Demian, la tormenta oscura —que todavía estaba agitada por la sangre derramada arriba— no se erizó: se aquietó de golpe ante el tacto de ella, como si aquella frecuencia luminosa fuera la única mano capaz de calmar su fiebre.
Los dedos de Lyra se tensaron apenas una fracción de segundo alrededor de la mano de Demian al percibir ese eco imposible bajo la piel del sargento. Sus ojos claros subieron rápido hacia los de él.
Luego soltó su mano con la misma naturalidad fluida con que la había tomado, sin dar un paso atrás ni mostrar alarma ante el resto de la tropa que pasaba hacia los bancos.
—Buen trabajo allá arriba —dijo ella en voz baja, sólo para él—. Estaba siguiendo el combate por el periscopio del vagón central. Salvaste a Vert cuando se le trabó el arma.
—El viento del norte me empujó a favor en el salto —respondió Demian con un hilo de voz neutra—. Ángulos favorables.
El viento soplaba de frente a sesenta kilómetros por hora, en contra del salto, y los dos lo sabían perfectamente.
Lyra sostuvo su mirada un instante y, por primera vez desde que Demian la había conocido en el patio de ceniza del Bastión, una sonrisa pequeñísima —apenas una curva leve en la comisura de los labios, de esas que no buscan ser vistas por nadie pero que ocurren igual— suavizó la dureza de su rostro.
—Siempre los ángulos contigo, Demian —murmuró ella, y dio media vuelta por el pasillo metálico de regreso hacia el vagón de los portadores.
Demian se quedó quieto durante tres segundos junto a la escalerilla de la escotilla, escuchando el traqueteo rítmico de los rieles bajo sus botas y sintiendo cómo el eco tibio del contacto de la mano de ella tardaba mucho más de lo normal en disiparse de su palma derecha.
Había demasiadas cosas en ese tren que un hombre con una bomba de tiempo en el pecho no tenía derecho a sentir.
Lo cual, por supuesto, no evitaba que las sintiera cada vez con mayor claridad.
* * *
Aquella segunda noche en ruta, mientras el convoy rodaba con las luces exteriores apagadas para no atraer bandadas nocturnas, Demian durmió apenas dos horas y media en total, repartidas en fragmentos de cuarenta minutos que su cuerpo cobraba sentado en el banco metálico sin consultar a su conciencia.
En los intervalos en que permanecía despierto en la penumbra rojiza de las lámparas de emergencia del vagón, escuchaba la respiración pesada de Presco, el quejido ocasional del cabo Miranda desde el compartimento médico contiguo y el compás incesante del acero sobre el acero.
A ratos, la presencia alojada entre sus costillas permanecía tan inmóvil y silenciosa que Demian llegaba a preguntarse si todo habría sido un delirio febril de su coma; y en el segundo exacto en que formulaba esa duda, la sombra respondía con un latido lento y grave contra su corazón humano, como susurrando en la oscuridad: aquí estoy; aquí estuve siempre; ya falta poco .
A las seis de la mañana del tercer día, los frenos neumáticos del convoy soltaron un silbido largo y el tren redujo su marcha hasta avanzar a paso de hombre.
Demian abrió los ojos en el acto, antes de que nadie hablara, se inclinó hacia la mirilla blindada de su sector y limpió el vaho del cristal con el dorso del guante.
Allá afuera, emergiendo de la niebla baja de la llanura a menos de cinco kilómetros de las vías, se alzaba la primera Mano de Lucifer.
Verla de cerca no tenía absolutamente nada que ver con verla en las pantallas periscópicas del Bastión ni en el dibujo de tiza de la pizarra.
Desde lejos, las torres parecían estructuras arquitectónicas o formaciones geológicas; de cerca, el cerebro humano comprendía con un escalofrío visceral que no eran edificios: eran presencias clavadas en la carne viva del mundo.
La Torre de Verath se elevaba más de trescientos cincuenta metros sobre las ruinas aplastadas de lo que había sido una estación de clasificación ferroviaria y un pueblo agrícola.
Su tronco no era cilíndrico ni simétrico: estaba formado por cinco gigantescas columnas retorcidas de obsidiana viva y roca basáltica fusionada que se estrechaban hacia la cúspide como los dedos rígidos y entreabiertos de una mano colosal que hubiera perforado la corteza terrestre desde abajo para agarrar las nubes.
Por las hendiduras verticales entre dedo y dedo circulaban ríos lentos de una bruma carmesí que no subía ni bajaba con el viento, sino que latía cada seis segundos exactos, enviando ondas concéntricas de estática púrpura hacia el cielo encapotado.
Pero su escala real no era solo vertical: irradiaba hacia el terreno circundante en un espectro que los ojos normales solo percibían como una distorsión borrosa del aire, pero que Demian sentía directamente en los dientes y en la médula de los huesos.
En un radio de tres kilómetros alrededor de la base de la aguja, la gravedad y la temperatura parecían enfermas.
La escarcha del suelo no era blanca, sino de un gris plomizo que crecía en agujas cristalinas orientadas todas hacia la torre; el silencio exterior era tan denso que ni siquiera el motor diésel de la locomotora parecía sonar con su timbre normal, apagado por un frío que no pertenecía a la meteorología terrestre sino al vacío entre planos.
Y en lo más profundo del pecho de Demian, al entrar en el radio directo del cristal de anclaje de Verath, la tormenta abrió los ojos por completo.
No golpeó la compuerta con violencia esta vez. Hizo algo mucho más inquietante: se puso de pie detrás del acero mental, tensa, alerta y silenciosa, como un lobo que huele en el viento el rastro de la manada de la que se separó hace mil años.
Demian apretó las mandíbulas, reforzó el cerrojo interno de su mente hasta sentir un hilo de sabor metálico bajo la lengua y se puso de pie para revisar los cierres de su chaleco de combate.
El convoy acababa de detenerse tras el talud de una colina baja a ochocientos metros de la base de la aguja.
La hora del asalto había llegado.