La Ruptura (Crónicas de la Ruptura 1) Capítulo 6 — Tierras sin nombre
41%

Capítulo 6 — Tierras sin nombre

Tierras sin nombre

El primer ataque en ruta llegó a las cuatro de la tarde del segundo día de marcha, cuando el convoy atravesaba una depresión de colinas bajas y fábricas químicas abandonadas que en los mapas antiguos tenía nombre de municipio, pero que ahora era simplemente el kilómetro sesenta y ocho de la zona muerta.

Demian lo sintió cuarenta segundos antes de que los radares de barrido corto de las torretas detectaran el menor eco.

Estaba sentado cerca de la puerta estanca limpiando el cerrojo de su fusil cuando la presión atmosférica dentro de sus propios oídos cambió de golpe.

No fue un sonido físico; fue esa caída brusca de temperatura bajo la piel de las muñecas y un hormigueo eléctrico en la cicatriz de su pómulo derecho, mucho más nítido y punzante que en los galpones del Bastión.

La cercanía progresiva de la primera torre —todavía oculta detrás de la línea del horizonte a veinticinco kilómetros— estaba actuando como una caja de resonancia que amplificaba el alcance del radar oscuro en su pecho.

Cerró los ojos medio segundo y dejó que la percepción se extendiera cien metros más allá de las paredes blindadas del tren: sintió el calor rabioso de más de treinta cuerpos corriendo en paralelo a las vías detrás de los taludes de tierra a ambos lados del corte ferroviario, convergiendo hacia los vagones centrales a una velocidad de setenta kilómetros por hora.

Demian encajó el cargador en su fusil con un golpe seco y se puso de pie en mitad del vagón en movimiento antes de que sonara un solo timbre.

—Contacto en los dos flancos —dijo en voz alta y clara, colgándose la correa táctica sobre el hombro—. Escuadra uno, a las escotillas superiores.

Dos segundos y medio después, las sirenas de alarma de combate del convoy estallaron en un aullido rojo intermitente que inundó todos los vagones y la voz del artillero de la torreta dos gritó por el altavoz interno: «¡Múltiples hostiles saliendo de los taludes a las tres y a las nueve! ¡Se están subiendo al lomo del tren!»

En el banco de enfrente, Presco —que ya tenía el casco puesto y tiraba de la palanca de carga de su arma— clavó los ojos en Demian durante un segundo entero mientras subía la escalerilla hacia el techo.

—Dos segundos antes que el radar Doppler, sargento —masculló Presco entre dientes, sólo para que lo oyera él—. Algún día me vas a contar qué clase de antenas te pusieron en esa enfermería.

No hubo tiempo para responder. Demian destrabó el volante de acero de la escotilla cenital, empujó la pesada tapa blindada hacia atrás y emergió de medio cuerpo afuera, subiendo al techo del cuarto vagón en plena marcha.

El viento helado de sesenta kilómetros por hora, mezclado con el humo negro de las chimeneas de la locomotora y el hollín de la llanura, le golpeó la cara como una bofetada de lija.

El techo del convoy era una pasarela plana de acero antideslizante de dos metros y medio de ancho, bordeada apenas por un guardacuerpo bajo de veinte centímetros para enganchar arneses y sacos terreros improvisados en los puestos de tiro.

Adelante y atrás, las dos torretas automáticas de treinta milímetros ya habían girado hacia los terraplenes laterales y escupían ráfagas ensordecedoras de proyectiles trazadores que iluminaban la penumbra gris con líneas de fuego amarillo, levantando géiseres de tierra, roca y miembros negros despedazados a ambos lados de la vía.

Pero la manada era demasiado rápida y el corte del terreno entre las colinas les daba ventaja de altura: no estaban corriendo desde abajo para alcanzar las ruedas; estaban saltando directamente desde las crestas de los taludes de seis metros de altura sobre el techo de los vagones en movimiento.

Eran demonios menores de caza —más estilizados y largos que los rastreros urbanos, con cuatro extremidades terminadas en uñas ganchudas capaces de perforar la chapa de acero del techo para no ser barridos por el viento de la marcha— y operaban con la coordinación feroz de una jauría de lobos dirigida desde arriba.

No atacaban las láminas blindadas de los costados; iban directamente hacia las cúpulas de las torretas y las rejillas de admisión de aire de la locomotora para dejar al tren ciego y detenido en medio del desfiladero.

—¡Aseguren las líneas de vida al riel central!

—gritó Demian por encima del rugido de los cañones de treinta milímetros mientras enganchaba el mosquetón de su cinturón al cable de acero longitudinal del techo—.

¡Presco, Vert, cubran el enganche con el vagón tres!

¡Que no lleguen a la base de la torreta delantera!

El combate sobre el lomo de dos mil toneladas de acero lanzadas a toda velocidad a través de un cañón de roca fue una pesadilla de equilibrio, humo y fuego a quemarropa que duró once minutos interminables.

El tren se sacudía violentamente cada vez que el espolón de la locomotora trituraba un tronco petrificado o un bloque de hormigón caído sobre las vías, amenazando con lanzar al vacío a cualquiera que no tuviera las piernas flexionadas como resortes.

Demian avanzó por el centro de la pasarela superior con el centro de gravedad bajo, absorbiendo el cabeceo del vagón con las rodillas mientras su fusil cantaba en pares cortos y letales.

Dos impactos al pecho de un cazador que acababa de clavar las garras en el borde del vagón cinco.

Giro de noventa grados: tres disparos a la garganta de otro que saltaba desde el talud izquierdo en pleno vuelo, haciendo que su cadáver inerte rebotara contra el borde del techo y cayera bajo las ruedas de hierro del convoy con un crujido húmedo que hizo saltar el bogie trasero.

Durante los primeros siete minutos, Demian mantuvo su actuación dentro de los parámetros estrictos de un tirador de élite: reposicionamiento constante, cambio de cargador a cubierto detrás del respiradero metálico, cobertura cruzada para los cuatro soldados de su escuadra que disparaban rodilla en tierra.

El problema ocurrió en el minuto ocho, cuando el convoy entró en una curva cerrada entre los tanques oxidados de la vieja refinería química y doce cazadores saltaron al mismo tiempo sobre los vagones tres y cuatro desde una pasarela aérea derrumbada.

El impacto simultáneo de doce cuerpos de cien kilos sobre el techo metálico resonó dentro del vagón como una lluvia de mazas.

Dos de ellos cayeron directamente sobre el puesto de tiro de la izquierda: el primero derribó al cabo segundo Miranda, rasgándole el chaleco de kevlar de un zarpazo antes de que Presco le volara la cabeza con una ráfaga a dos metros; el segundo pasó por encima del cuerpo caído y se lanzó con las fauces abiertas hacia el cuello descubierto de Vert, a quien se le acababa de encasquillar un casquillo vacío en la ventana de expulsión de su fusil a cuatro metros de Demian.

En el mismo segundo, otros dos demonios aterrizaron a espaldas de Demian, cortándole el paso sobre la pasarela estrecha.

Un soldado humano, atado por un cable de un metro y medio a un techo que se inclinaba quince grados en plena curva, tenía dos opciones: dispararle al que iba a degollar a Vert y dejar que los dos de atrás le abrieran la columna vertebral, o girarse para defender su propia vida y ver morir al chico de diecinueve años.

Demian no aceptó ninguna de las dos.

Con un movimiento tan veloz que el ojo apenas registró un borrón gris entre el humo de la locomotora, soltó el seguro del mosquetón de su cable con la mano izquierda, disparó su fusil con una sola mano desde la cadera hacia los dos demonios que tenía detrás —clavando dos proyectiles en el centro exacto del cráneo del primero para que su cuerpo cayera sobre el segundo y lo frenara medio segundo— y, en ese mismo impulso imposible, dio un salto de cuatro metros hacia adelante contra el viento de sesenta kilómetros por hora, desenvainando la espada negra en el aire.

Aterrizó entre Vert y la bestia cuando las mandíbulas negras estaban a diez centímetros de la yugular del joven.

El tajo ascendente de la hoja negra no solo detuvo el salto del demonio: lo partió limpiamente en diagonal desde la clavícula izquierda hasta el hombro derecho con un silbido de aire cortado que superó el estruendo de los fusiles, lanzando las dos mitades humeantes fuera del tren antes de que una sola gota de icor tocara la cara de Vert.

Y sin pausa para recuperar el equilibrio tras el aterrizaje, Demian giró ciento ochenta grados sobre la planta de su bota derecha, dio dos pasos que ningún hombre sin apoyo habría podido dar sobre una plancha de acero engrasada en plena curva y hundió treinta centímetros de acero negro en el pecho del segundo demonio que se levantaba a su espalda, arrancando la hoja de un tirón lateral antes de volver a enganchar el mosquetón de su cinturón al cable central.

Todo el movimiento, desde que soltó el cable hasta que volvió a engancharlo, había durado menos de dos segundos y medio.

Presco, cinco metros más adelante, tenía la cabeza gacha ayudando al cabo Miranda a comprimir su herida del pecho y no vio la secuencia. Los artilleros de las torretas seguían disparando hacia los taludes exteriores.

Pero Vert, tendido de espaldas contra el guardacuerpo del techo con el fusil encasquillado entre las manos, tenía los ojos clavados exactamente en el lugar donde Demian acababa de moverse.

El muchacho no dijo una palabra. Tenía las pupilas dilatadas y la boca entreabierta, mirando primero el espacio vacío donde el demonio había sido partido en dos en una fracción de segundo, luego la longitud imposible de cuatro metros que Demian había cubierto de un solo salto contra el viento sin carrera previa, y finalmente el rostro inmóvil del sargento que ya le tendía la mano izquierda para levantarlo.

En los ojos de Vert no había miedo hacia Demian —le acababa de salvar la vida—, pero sí el impacto mudo de quien acaba de presenciar algo que rompe las leyes de la física que le enseñaron en la escuela y decide, por pura lealtad de trinchera, tragarse la pregunta y no abrir la boca.